martes, 9 de junio de 2009

El Piano de Mascaró


Esta crónica sobre el pianista cubano Silvio Rodríguez Cárdenas, que falleció recientemente en la Florida, fue enviada a Cuaderno de Cuba por Juan Antonio Rodríguez Menier.

Leyendo sobre la defunción de Silvio Rodríguez Cárdenas, no solamente el pianista más elegante de Cuba, sino también uno de sus mejores y más amables, del baúl de los recuerdos me viene una anécdota.
En 1975 estaba en La Haya esperando que el Ministerio de Comercio Exterior, Mincex, abriera sus oficinas en la Alemania Federal para establecerme allí como representante comercial de la empresa Tractoimport. Mataba el tiempo donde podía, y un funcionario de apellido Mascaró, en ese entonces el Consejero Comercial saliente de Holanda, esperaba su relevo para ocupar un puesto de jefatura en el Mincex, por lo que no trabajaba mucho y por eso yo frecuentaba a menudo su oficina. Mascaró era el ejemplar típico de “La Esquina del Pulóver”, como algunos cubanos llamaban al edificio del Mincex, situado en La Rampa. Su único objetivo en la vida era sobrevivir en aquella jungla de intrigas y mentiras a como fuera. Sus pensamientos empezaban y terminaban en esa problemática. Como yo no era miembro de esa tribu, sino que era independiente porque Tractoimport no pertenecía a su ministerio y como, además, me mantenía apartado de esas intrigas, me cogió para el trajín y me daba mucha muela, cosa que yo apreciaba porque no tenia donde invertir mi tiempo y así ahorraba dinero para cuando llegara mi familia de Cuba. Estando en su oficina una tarde lluviosa el radista de la embajada le entregó un cable cifrado. Después de leerlo se me quedó mirando.
-¿Tú conoces a Silvio Rodríguez?-
-Claro que sí, un genial trovador. ¿Quién no lo conoce?-
Volvió a leer el cable.-He oído hablar de ese Silvio, pero me extraña que sea el mismo, a no ser que se hayan vuelto locos en La Habana.-Le interrogué con la mirada.-Aquí dice que mañana llega en un vuelo de Air France de París, y que debo recogerlo, hospedarlo y ayudarlo personalmente en sus gestiones. Dice el cable: tratamiento de primer nivel.
-Bueno, parece que al final la cultura se ha abierto paso en el patio. Me alegro mucho de que traten a Silvio así. Ya era hora.-
Al día siguiente, lluvioso también, fui con Mascaró al aeropuerto de la ciudad. De todos los viajeros, el único que tenia pinta de cubano era un hombre bajito, enjuto, de pelo muy negro, piel trigueña, y muy elegantemente vestido.
-Ese no es Silvio Rodríguez, pero creo que debemos preguntarle por si acaso-le aconsejé a Mascaró, que ni lerdo ni perezoso, abordó al viajero.
-Sí, no se ha equivocado, soy Silvio Rodríguezpero Cárdenas, y no tocó guitarra,-dijo muy sonriente.
Me cayó bien desde el primer momento. Montamos el flamante Mercedes Benz que estaba a disposición de Mascaró y fuimos a un excelente hotel, creo que Le Méridien Hotel Des Indes. Dejamos allí el equipaje de Silvio y nos dirigimos a una dirección que traía escrita en un papelito. El chofer de Mascaró era un holandés muy ducho en el tráfico de la ciudad y pronto nos encontramos frente a una modesta tienda de pianos. Entramos y Silvio habló en francés con el dueño y fueron hacia un piano. Silvio le pasó la mano por encima, como acariciándolo, después se sentó y deslizó sus dedos suavemente por el teclado. A mí me sonó a una escala, aunque mis conocimientos musicales son limitados. Silvio se levantó, le preguntó el precio al dueño y se despidió diciéndole que al otro día le informaría su decisión. Fuimos a otra dirección, esta vez una tienda de más nivel, y Silvio repitió la misma operación que en la primera con otro piano. Al terminar era hora de comer.
Saboreando el capuchino, Silvio dijo:
-Vamos a comprar el Steinway de la primera tienda. Es el mejor.
-¿Vamos?-Mascaró detuvo su cucharita en la taza del capuchino.
-Sí. ¿No recibió usted un aviso de mi cuñado?
-No, recibí un cable de mi jefe en el Mincex.
-Bueno, viene a ser lo mismo. El señor de la tienda está pidiendo 30,000 guldenes, pero ofrézcale solamente 25,000. Estoy seguro que aceptará.
-Oiga, Silvio, no es por nada, pero en el cable no decía nada de comprar un piano tan caro.
-Caro no, Señor Mascaró, de calidad. Es el mejor Steinway que he visto últimamente. Y si el cable no decía nada de comprarlo, tendré que llamar a mi cuñado para que le autoricen la compra.-
-Si no es indiscreción, ¿quién es su cuñado?
-Fidel Castro Ruz.
La cara de Mascaró fue un poema diversificado. Pasó del franco estupor, a la recuperación, para terminar con una enorme sonrisa. Compró el piano y lo envió a París, siguiendo las instrucciones de Silvio, que regresó a la Ciudad Luz al día siguiente.
En el aeropuerto, cuando el visitante se perdía en el túnel de entrada al avión, dijo Mascaró:
-En nuestro cabrón país no se gana para sustos. Un dichoso piano que vale 25,000 guldenes por poco me cuesta mi puesto.
Un año después tuve el privilegio de asistir a un concierto que dio Silvio en uno de los castillos que pertenecieron a la dinastía de los Hohensollener.
Muchas gracias, Silvio, por las gentilezas que tuviste con mi familia y conmigo. Descansa en paz.
Juan Antonio Rodríguez Menier.
Cuaderno de Cuba agradece a Juan Antonio Rodríguez Menier el envío de esta colaboración.
Fotografía: Vista general de una zona de La Habana, frente al Malecón, el 8 de junio de 2009 (Alejandro Ernesto/EFE).

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