miércoles, 15 de julio de 2009

Cubanos en Madrid

Esta es mi columna semanal, que apareció el lunes en El Nuevo Herald:

Asombra un poco la presencia tenue de los cubanos en Madrid. Algún que otro libro de Guillermo Cabrera Infante y Pedro Juan Gutiérrez en los estantes de las mejores librerías; un ”arroz a la cubana“ que se añade de vez en cuanto a los menús de las cafeterías y la ocasional presentación literaria en Casa de América, a la que acuden casi exclusivamente los conocidos del autor y que es sobre todo un encuentro de amigos. Hablo de literatura y cocina por vocación y gusto, pero se conoce que la política española hacia la isla siempre ha dependido poco de los exiliados que viven en España.
El asombro, por supuesto, es para alguien que viene de Miami, esa ciudad que uno nunca acaba de comprender si es una provincia de Cuba, un reducto norteamericano perdido en el continente o un estado libre asociado que no se atreve a declararse.
La diferencia entre ese sentir de la presencia cubana, en Madrid y Miami, define un destino. Es también un claro indicador de que desde hace años la isla torció su camino de forma irreparable hacia Estados Unidos. La gran inmigración española del siglo pasado, tras la Guerra de Independencia, culmina una época. Ni siguiera la “Ley de Nietos” va a cambiar ese rumbo. Muy pocos nietos se convertirán en españoles, relativamente, frente a la presencia de tantos hijos, nietos y biznietos nacidos en Estados Unidos. Decir que el acercamiento entre Cuba y Estados Unidos es inevitable es un lugar común, que si acaso expone a la ligerea el hecho de que este proceso nunca se ha interrumpido, ni siquiera en los momentos de mayor fervor ”antiimperialista“. Es posible que alguien quiera ver en este párrafo un mensaje de loa o alabanza. No lo es. Pero la realidad no se adecua a las simpatías.
Cabe preguntarse si esta distancia que Madrid ha guardado siempre hacia el exilio cubano ha sido lo mejor para unos y otros. Alguien crítico a casi todas las actitudes y comportamientos de los legisladores cubanoamericanos podría encontrar más de una justificación en el proceder español. A primera vista podría parecer que hay una resaca de antigua metrópoli en todo esto. Sin embargo, el compromiso español hacia los cubanos en general, la empatía y fuerza de una relación emocional que se manifiesta en un compromiso sostenido hacia los nacidos en la isla, supera con creces cualquier resabio. Pensar de otra manera sería ser injusto con España. En la medida de que el concepto de nacionalismo decimonónico va extinguiéndose —y la diáspora cubana ha contribuido considerablemente a este fin— tiende a valorarse un poco más el compromiso con la tierra de adopción y un poco menos la nacionalidad. En resumidas cuentas, un buen número de cubanos que vivimos regados por el mundo somos algo más, o mucho más, que cubanos.
Ese plus a veces cobra mayor importancia que el certificado de nacimiento. Muchos cubanos han podido superar la insularidad. Ninguna ciudad les es extraña. O puede que todas les resulten tan ajenas como La Habana actual y tan lejanas como cualquier pueblo de provincia en que nacieron. Estos verdaderos ciudadanos del mundo trascienden los esquemas a los que estábamos acostumbrados hasta hace apenas un par de décadas. Por lo general dominan varios idiomas, han incorporado a sus vidas los hábitos y modos de vida del lugar en que radican e incluso ejercen profesiones, al igual que lo hacían en Cuba y con iguales méritos que los nacidos en los lugares que los han acogido. No por ello han dejado de ser cubanos, sino que han extendido el concepto. Convertidos en desterrados universales, su vida cotidiana es alemana, española o norteamericana, pero su hogar es cubano.
En el caso de España, todo es hasta cierto punto más fácil por la herencia familiar. Cien años de disputa que en ocasiones se echa atrás con una decisión personal, desplazando combates y patriotas por un acto legítimo de satisfacción individual. La patria a veces se reduce a una ciudad, un barrio, apenas unas cuantas cuadras, un restaurante o dos, un grupo de amigos. Y es mejor así.
Tres pintores cubanos exponen en Madrid y dan ejemplo de esa herencia y ese acercamiento íntimo, coloquial por momentos. En la muestra Tres cubanos entre rías, ―que por estos días se presenta en la Casa de Galicia— hay intimidad y humor, pero también un afán logrado por apresar la trascendencia dejada por los gallegos, quienes desde la primera mitad del siglo XIX marcaron con mayor fuerza la presencia española en Cuba.
La ironía, de forma explícita, corre a cuenta de Ivonne Ferrer. El toque íntimo, de jardín interior en patio central, es obra de Pepe Herrera. Hay que agregar que es Aldo Menéndez quien logra la mezcla —a veces casi explosiva, en ocasiones pura burla— donde lo gallego se cubaniza para universalizarse. La Venus gallega de la Habana es un buen ejemplo de ello, y la mejor obra de la exposición.
En una ciudad que este verano se define por dos exhibiciones extraordinarias —Matisse en el Thyssen-Bornemisza y Sorolla en El Prado― estos tres cubanos logran con decoro en sus cuadros el enfrentar el reto de representar el sentir, la naturaleza y la leyenda de Galicia.
Lo que en cierto sentido quizá viene a desmentir el primer párrafo de esta columna: la presencia cubana no es tan tenue en Madrid como aparenta a primera vista. La cultura, una vez más, hace de las suyas.
En la sobria biblioteca personal de Miguel de Unamuno, en Salamanca, en el lugar en que vivió el escritor mientras fue rector de la Universidad, y donde no pudo morir tras ser expulsado por Franco y esos falangistas que despiertan simpatías en Miami —pese a lo cual el sitio ahora y por siempre es La Casa de Unamuno―, se encuentra un ejemplar de los escritos de José Martí sobre Estados Unidos. Otra señal cubana que sale al paso, y también un rastro de trascendencia.

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