domingo, 22 de noviembre de 2009

La soledad del gobierno cubano


El presidente venezolano, Hugo Chávez, invitó el sábado a Fidel Castro, a participar en el congreso de su Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), con el argumento de que el evento requiere con "urgencia política'' de su "incalculable experiencia'', informó la agencia Efe.
''Quiero invitarte al Congreso Extraordinario del PSUV que arranca hoy y va a extenderse hasta marzo'', dijo Chávez al leer una carta que enviará en breve a Fidel Castro.
En la carta de Chávez hay más que un reclamo una llamada de urgencia. La invitación venezolana "tiene el más fraterno de los sentidos, pero también responde a una clara urgencia política desde mi filiación cristiana, que conoces bien, lo digo, (...) en esta hora, se requieren tu presencia y tu figura en Venezuela y el ejemplo de rigor y entrega que personificas tan admirablemente'', dijo el mandatario venezolano.
Tal pareciera que sin la presencia de Fidel Castro, no sólo el congreso chavista corre peligro, sino también la propia existencia de Venezuela.
De nuevo Chávez se refirió a Fidel Castro como "padre, hermano, camarada''. Lo calificó de "maestro de la estrategia perfecta'', y agregó: ''Venezuela te espera (...) te seguimos necesitando en la primera fila de batalla''.
Por supuesto que es muy poco probable que Fidel Castro acuda a la cita. Lo más seguro es que le envíe una carta a Chávez o le dedique una de sus ''reflexiones''. Todo quedará como una payasada más del gobernante venezolano, al que la Plaza de la Revolución le admite estos exabruptos teatrales porque necesita del crudo que Caracas le envía.
Hay, sin embargo, un elemento importante que se debe destacar en todo ello.
Que el principal aliado de La Habana sea un gobernante histriónico debe causar incomodidad en los altos mandos de la isla. No es que el gobierno castrista se deje guiar fácilmente por un aliado poderoso, la historia demuestra todo lo contrario, pero en el caso de Chávez se sabe que poco vale la influencia que brinda su petróleo, menos ahora que los precios están en baja, más allá de ciertos países latinoamericanos. Caracas puede ser un factor a tomar en consideración en Latinoamérica, pero podo importa su opinión a nivel mundial, al menos para Washington. Es un problema que hasta el momento Estados Unidos puede tratar dentro de un área limitada. A esto se añade que se ha producido una involución de la influencia venezolana, y que Chávez está utilizando un supuesto diferendo con Colombia, al que quiere otorgarle categoría continental, para ocultar su cada vez más graves problemas económicos y sociales locales.
Así que en la ecuación Washington-La Habana poco tiene que hacer Caracas.
Si Venezuela no cuenta, no hay nación alguna que en estos momentos ocupe el lugar que por décadas ocupó la desaparecida Unión Soviética.
Cuando hace pocos días el presidente Barack Obama viajó a China, se encontró con un país poderoso que enmarcó cualquier conversación dentro del marco de nación prestamista a otra deudora, con la plena ventaja de Pekín. De hecho, el interés chino en problemas propios de Estados Unidos, como la reforma de salud, es puramente bancario: tener la seguridad de que él en otra época poderoso imperio norteamericano pueda ahora cumplir con los compromisos contraídos en la enorme deuda heredada de la administración de Bush y la desastrosa invasión y reconstrucción de Irak.
Pero al mismo tiempo, y en lo que respecta a Cuba, Pekín se limita mayormente al papel de inversionista. Y si bien este hecho no deja de ser un cubo de agua fría para los que depositan alguna esperanza en que la isla adopte el ´´modelo chino´´, también deja al gobierno cubano huérfano de un tutelaje que podría resultar embarazoso, pero a la vez conveniente.
De hecho, la influencia china es mayor en zonas de Asia, Africa e incluso países latinoamericanos que en Cuba.
La Habana ha tratado de compensar esta falta de un padrino con una ofensiva diplomática que ha rendido sus frutos. Pero la ampliación de nexos diplomáticos no garantiza un apoyo incondicional.
El gobierno cubano está menos aislado que nunca, pero al mismo tiempo más sólo que en cualquier otro momento de sus cinco décadas de existencia.

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