martes, 24 de noviembre de 2009

Miami oportuna


Me es imposible lograr que Willy Chirino pueda dar un concierto en La Habana. Tampoco tengo la capacidad para conseguir que en la isla se realice el merecido homenaje a Celia Cruz. Bebo Valdés, qué más quisiera yo, no ha recibo los honores que merece en Cuba. Tampoco Guillermo Cabrera Infante y muchos otros, para no convertir esto en un inventario de deudas.
Y bien: ¿debo convertir mis quejas en un inventario de omisiones? Si el gobierno del presidente Barack Obama permite a los artistas cubanos residentes en la isla, a los que por casi una década no se les permitió viajar a Estados Unidos, visitar este país, ¿lo único que se me ocurre hacer convertirme en censor o aduanero y exigir un intercambio uno a uno, como si simplemente se tratara de prisioneros o esclavos?
Al irme de Cuba renuncié, voluntariamente o porque no me quedaba más remedio, a una serie de derechos y deberes. Cuando adopté la ciudadanía norteamericana, esta lista se amplió considerablemente. No he vuelto a Cuba. Considero que el gobierno cubano debe respetar mi decisión, a la hora de entrar al país de nacimiento, sobre la ciudadanía adoptada. Esto es un capítulo pendiente, pero no el único. En lo que respecta a Estados Unidos, donde creo, quizá con demasiada ilusión, que mi opinión tiene un mayor peso, considero:
1) Cualquier ciudadano norteamericano tiene el derecho de viajar a Cuba de turista, no porque se le considere o se espera de él que se convierta en un abanderado de la democracia sino por un simple derecho de ciudadanía. Lo demás es simplemente política de barrio, votos de legisladores comprados mediante contribuciones de campaña y falta de interés en el turismo en una isla caribeña.
2) Estados Unidos debe permitir la visita de artistas, escritores y académicos residentes en la isla sin exigir una reciprocidad a cambio. Queda en manos de las universidades y otros centros académicos de este país el asumir la responsabilidad y los gastos del viaje. Lo demás: exigir una reciprocidad, sacar a relucir antiguas cuentas o preguntarse por qué éste y no aquel corre por cuenta de resentidos de última hora. O lo que es peor, de los oportunistas de esquina que siempre están dispuestos a la censura.
¿Hasta cuándo se va a escuchar en esta ciudad el mismo argumento de la comparación fácil con el régimen de La Habana? Si Cuba censura, ¿por qué nosotros tenemos que hacer lo mismo? Si los cantantes de Miami no pueden actuar en la Plaza de la Revolución, ¿debemos aquí impedirles pasearse por las calles de Miami a los de allá? Pues no. Por una razón muy simple: quienes vivimos en esta ciudad estamos hasta la coronilla de censores y no queremos uno más. Si a usted le disgusta que el intercambio cultural sea en un sólo sentido, tiene todo su derecho a expresar su criterio, pero si quiere suprimirlo o se pone de parte de los censores, pues sencillamente no ha entendido lo que es vivir en democracia. O por conveniencia económica se pone de parte de quienes actúan igual que los funcionarios del gobierno cubano.
3)Quienes apelan a criterio de que se trata del dinero de los contribuyentes y de pronto se arropan con la bandera del erario público, para supuestamente defender que ni un solo dólar sea gastado en quienes vienen de Cuba utilizan pretextos peores que los que limitan su argumento a los temas ideológicos. O simplemente hipócritas. En la mayoría de los casos se limitan a pulsar una cuerda que en Miami siempre encuentra resonancia.
4)En la lista de los que bajo el disfraz de la ortodoxia anticastrista escalan para alcanzar posiciones merecen especial consideración quienes hasta ayer recibieron todos los privilegios del gobierno de La Habana, desde estudios en el extranjero hasta becas providenciales que le permitieron un día abandonar la isla sin tener que preocuparse por actos de repudio, el ostracismo sufrido por quienes declararon en Cuba su intención de marcharse o las humillaciones que siempre han implicado solicitar una salida definitiva del país.
Estos patriotas de la diáspora, a los que simplemente les bastó subirse a un avión, aterrizar en cualquier destino y declararse miembros del talibán anticastrista gritan a diario, protestando ante cualquier acercamiento con alguien que vive en la isla.
No importa si fueron músicos en Cuba, viajaron por cuanta nación propiciaba el intercambio con artistas revolucionarios y se anotaban en la primera fila a la hora de encontrarse con quienes desde Estados Unidos visitaban la isla. Ahora estos abanderados musicales del anticastrismo quieren decretar la censura más estrecha, el muro más impenetrable y que no llegue a La Habana una solo nota proveniente del exterior. ¿Piensan así derrocar al gobierno de Raúl Castro y lo que les concierne en el orden personal, borrar su pasado? Porque lo que están haciendo es todo lo contrario: no fueron colaboracionistas de un régimen totalitario, ni sería justo llamarlos de una manera tosca emisarios castristas. Pero con su afán de una verticalidad política, que no corresponde a un verdadero artista, empañan ellos mismos su historial.
En el caso de los escritores que en los últimos diez años han encontrado refugio en Estados Unidos y Europa, después de un pasado de saltimbanquis, profesores y autores de obras publicadas en la isla, el paso de una formación “castrista”—lo siento, pero no encuentro mejor palabra para quienes no se vieron libres de una instrucción académica estrecha, como fue particularmente la desarrollada en Cuba a partir de la década de 1970— a un desafuero neoliberal, ultraconservador y reaccionario no se explica sólo a partir del argumento clásico del movimiento pendular: de la ultraizquierda a la ultraderecha. Hay en ellos un acomodamiento al criterio imperante, un sentirse a tono con la circunstancia del momento y un conocimiento de las reglas del juego, que implica bailar al unísono con el tambor de los que tienen el poder, sea político o económico. Esta conducta puede ser definida como un oportunismo de raíz. Casi genético, si se fuera a creer en los determinantes biológicos.
5) Comentario aparte merecen quienes desde la infancia han vivido en Miami, sin lograr separar las ventajas y privilegios de esta ciudad de las limitaciones que implican el identificarse de forma excesiva con un ámbito estrecho, como es cualquier comunidad exiliada. No se trata de caracterizar a un grupo, sino a ciertos individuos dentro de un grupo: los que han escogido el camino más fácil y apelan al sentimiento minoritario para reclamar privilegios. Sin cultura y conocimientos que les permita trascender los límites del barrio, terminan en caricaturas que sólo en Miami encuentran su destino.
Fotografía: Festival de Música y Bellas Artes en la Calle Ocho, entre las avenidas 13 y 17, que se celebra el último viernes de cada mes, en esta foto del 30 de octubre de 2009.

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