miércoles, 13 de enero de 2010

Debate periodístico


La posible desaparición de los periódicos impresos es un asunto que se debate cada vez con mayor preocupación en Estados Unidos.
Creo que en gran parte en el origen de este problema no está una crisis del periodismo, sino que la verdad radica en todo lo contrario. La cantidad de información periodística que se lee a diario es mayor que nunca. Sólo que, por una parte, ha cambiado la forma en que ésta se lee y se ha afianzado el criterio de adquirirla de forma gratuita. En ambos casos, el surgimiento de internet ha determinado que exista esta situación.
Por otra parte, las que sí están en crisis son las organizaciones periodísticas, dominadas en la actualidad por contadores públicos que por años, y con una mentalidad no superior a la de los vendedores de baratijas, hicieron lo posible por sacar más invirtiendo menos, mientras diversificaban sus ganancias —en los mejores momentos bastantes elevadas— en sectores por completo ajenos al ramo.
Sin embargo, de nada vale proclamar que el oficio no ha perdido valor cuando es imposible evitar que los dinosaurios nos arrastren en su caída. Más allá de historias aisladas de éxitos en determinados portales de internet y blogs, no sólo está en peligro la función social de la prensa, como órgano de vigilancia y denuncia, sino también la existencia de reportajes e investigaciones de fondo, que en muchos casos sirven precisamente para sacar a la luz violaciones de derechos, casos de corrupción y situaciones críticas, pero otros tienen el objetivo fundamental de aumentar nuestro conocimiento.
El problema —y lo sabemos todos— es que en este tipo de labor la relación costo/ganancia no está a la altura de las exigencias del mercado. Al mismo tiempo, poco importa cómo al catalogar estas exigencias. ¿De qué hablamos en realidad? ¿De eficiencia, productividad o avaricia? Poco importa en última instancia. El periodismo ha dejado de ser rentable, en buena medida, o perdido valor como intermediario entre compradores y vendedores. Es una de las consecuencias de vivir en una sociedad que mira sólo al presente. Lo que no rinde frutos de inmediato se desecha, como si solamente nos alimentáramos de helados.
Tampoco hay que dudar que este declive de la prensa impresa en Estados Unidos —que hasta el momento no tiene límite— afectará a todos. No importa si se encuentra un nicho. De nada vale refugiarse en un programa radial o un sitio en internet; incluso un blog que por puro milagro se convierta en rentable. La calidad del producto que se ofrece se verá fuertemente disminuida cuando no se pueda ir a buscar información a los grandes medios de prensa. No importa si la búsqueda sea para informarse o si se trata de analizar, copiar o señalar donde está la noticia.
Es por ello que el tema del apoyo del Estado a los medios de información está adquiriendo una intensidad que algunos años atrás nadie se hubiera atrevido a predecir. Considerado algo tabú en las democracias liberales, particularmente en Estados Unidos, ahora algunos estados de esta nación han comenzado a hablar del asunto. Y en Europa aún con mayor fuerza.
En Estados Unidos se habla además de otra fuente de ayuda, no estatal sino mediante la creación de corporaciones lucrativas, con fondos millonarios, logrados mediante donaciones, operados para contribuir al financiamiento de determinados periódicos.
La idea en principio no es mala, pero indudablemente abre un camino que algún momento llevará a un enfoque que tendrá que lidiar con los vínculos y dependencias adquiridos a través de las fuentes de financiamiento.
Un periódico, por ejemplo, ya no podrá decir, con igual tranquilidad, que se debe sólo a sus lectores. En un futuro no muy lejano veremos dos tipos de periódicos no lucrativos. Unos que han asumido este carácter de forma deliberada y otros que lo son porque no les queda más remedio.
Por supuesto que hay algunos puntos fundamentales que no pueden eludirse, o de lo contrario la discusión se puede tornar hipócrita. En la actualidad es ilusoria la afirmación de que determinado periódico se debe sólo a sus lectores, cuando hay una junta de accionistas que determina el tipo de ejecutivos que coloca al frente de la empresa. El modelo reducido a una familia propietaria o un dueño ―más o menos ignorante, siempre rico― que se opone o apoya al director del periódico es ahora sólo parte de la trama de las viejas películas, que se ven después de medianoche por televisión. Ese ejecutivo que tenía la responsabilidad de trazar el difícil y justo equilibrio entre la ganancia, la integridad, la denuncia y la información valiosa quedó al margen cuando se impusieron los recortes excesivos que terminaron por reducir a las salas de redacción en simples caricaturas de una maquiladora, donde las noticias se colocan como tornillos dentro de un artefacto cualquiera o pedazos de ropa que se cosen con prisa. En la actualidad, la mayor parte de los directores de periódicos son simples peones de la empresa, que recortan puestos de trabajo y reducen servicios a la mayor brevedad posible, temerosos de no poder conservar sus empleos.
Tampoco se pueden equiparar el Estado con las instituciones no lucrativas, que particularmente en Estados Unidos forman parte de esa famosa sociedad civil, encargada de funciones y objetivos que en otros países son cumplimentados en gran parte por organizaciones estatales.
Lo fundamental radica en que no es tanto la fuente del dinero como la transparencia en su uso lo que debe definir la independencia de un medio de prensa. Y en este sentido, las universidades norteamericanas tienen normas muy estrictas, que en la mayoría de los casos constituyen un paradigma a tener en cuenta: la libertad académica.
No hay duda que la tendencia actual —sin freno hasta el momento— representa un mayor peligro para la prensa que cualquier plan de ayuda, ya sea por parte del Estado o de organizaciones no lucrativas privadas. Desde los grandes periódicos para abajo, el recurso más socorrido en este país ha sido y sigue siendo el cerrar las oficinas en el extranjero, reducir el número de corresponsales y colaboradores en otros países, cortar páginas y secciones, suprimir servicios cablegráficos y de fotografías y despedir editores, redactores e investigadores. Este círculo vicioso sólo contribuye a que en general los periódicos sean cada vez más malos, se compren menos y se produzcan menos reportajes investigativos, para beneficio de políticos y empresarios corruptos.

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