lunes, 11 de enero de 2010

El oyente desinformado


Imagine a una persona que durante años ha conocido lo que ocurre en Estados Unidos, el país donde vive, en Cuba, la nación de que procede, y el resto del mundo mediante la información tergiversada que ofrece una emisora radial. Piense también que ese oyente ha escuchado mentiras repetidas, sobre lo que ocurre en la isla en la isla, y las ha aceptado, puesto que se trata de un servicio aprobado por las leyes de una sociedad democrática, donde supuestamente se vela por el cuidado de la divulgación de noticias y no se permite la diseminación de rumores, las calumnias y las mentiras. Añádale a lo anterior que además de los servicios noticiosos, esa estación también brinda espacios a un delincuente convicto y se dedica a exaltar a terroristas. Agregue a lo anterior que cada participante en la elaboración de los diversos programas ―desde los comentaristas políticos hasta quienes opinan sobre temas culturales y de entretenimiento― se ajusta con pasividad o entusiasmo a una agenda estrecha, donde no se puede decir nada que atenta a la línea fijada por el director. Un director que responde a los intereses de determinados grupos de interés, los objetivos de una facción de un partido político y la visión retrógrada que más que a favor de una ideología está hecha acorde a un afán oportunista, característica del historial de alguien que siempre ha estado dispuesto a ponerse de parte de los peores gobernantes. Piense que todo esto se hace con el beneplácito de una prestigiosa cadena, a la que pertenece la emisora, sin que ningún alto ejecutivo de ésta se preocupe por el descrédito que significa poner en función de grupos de poder e intereses comerciales locales un órgano entre cuyos objetivos debe estar brindar un beneficio público, y que en función de ese objetivo disfruta de privilegios negados a otras instituciones. Por último, sepa que ese director general es una persona reconocida en esta comunidad por su falta de cultura, su dificultad en expresar una idea coherente y su pobre dominio de la lectura. Pregúntese si en otra ciudad de Estados Unidos es posible que un engendro como Radio Mambí se mantenga inalterable. Deténgase, por un minuto, a concebir un espacio igual, donde tengan cabida tanta mentira y engaño. Reportajes sin la menor credibilidad, locutores que al leer las noticias añaden adjetivos despectivos y participantes que mienten con una impunidad total. ¿Está usted de acuerdo en que esto es conveniente para el futuro de Cuba?

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