jueves, 14 de enero de 2010

Retórica de la reacción, en Miami y La Habana


El profesor Albert O. Hirschman dedica un libro, The Rhetoric of Reaction, a describir las tesis utilizadas por los pensadores reaccionarios para atacar las propuestas de avance social.
Tres son los recursos fundamentales que destaca este académico de Princeton:
La tesis de la perversidad, donde se sostiene que toda acción deliberada para mejorar el orden social, político y económico sólo sirve para agudizar la situación que se desea remediar. La tentativa de empujar a una sociedad en cierta dirección tendrá como resultado que se mueva efectivamente, pero en la dirección opuesta.
La tesis de la futilidad, la cual argumenta que los intentos para llevar a cabo reformas sociales serán nulos o de alcance limitado debido a su fragilidad teórica. Todo pretendido cambio es, fue o será en gran medida de superficie, de fachada, cosmético, y por tanto ilusorio, pues las estructuras “profundas” de la sociedad permanecen intactas.
La tesis del riesgo, que afirma que el costo político y social de las reformas propuestas sólo sirve para poner en peligro los logros precedentes. El cambio propuesto, aunque acaso deseable en sí mismo, implica costos o consecuencias inaceptables.
Lo curioso en el caso cubano es que estos tres argumentos han sido utilizados a la vez por el gobierno de La Habana y sus opositores. En este sentido, tanto los que a diario se les catalogan de “castristas”, como a otros que se les cuelga el cartel de “anticastristas”, difieren en objetivos y valores, pero en la formulación de sus discursos recurren a un esquema retórico similar.
Ello hace que en gran medida un ideal conservador estrecho defina hasta el momento la discusión sobre Cuba, y no sólo en el plano teórico sino igualmente en la toma de decisiones.
En última instancia, y pese a los reiterados llamados al “cambio” —una palabra de la que se ha abusado en ambas cosas del estrecho de la Florida—, el objetivo es la establidad, considerada como un estirar todo lo posible la situación vigente.
Encuentro que las tres tesis han sido usadas ampliamente para criticar a la revolución cubana, no sólo pero principalmente desde una posición conservadora. Estas constituyen el discurso diario que se escucha en Miami y son repetidas una y otra vez por los exiliados.
De esta forma, desde el exilio se argumenta que tras un largo proceso —cuyos triunfos más amplios se posponen siempre, dirigidos hacia un futuro y casi carente de resultados presentes—, la mayoría de los residentes de la isla se encuentran en peores condiciones de vida que antes del primero de enero de 1959.
La crítica a La Habana desde Miami enfatiza que los costos y consecuencias de contar con una cobertura médica y educación gratuitas —de por sí cada vez más deficiente en estos momentos—no compensa las limitaciones sociales y económicas a que se ven expuestos los cubanos.
La conclusión es que, al haber existido en la isla un cuerpo de leyes avanzado (Constitución de 1940), sindicatos, clínicas mutualistas y un desarrollo económico en marcha, no habían razones para el surgimiento de una revolución y ésta no fue más que el resultado de la conspiración de un grupo muy reducido, o el producto de la maldad de un hombre, con el único objetivo de apropiarse del poder.
Una conclusión que puede deducirse, al escuchar tales afirmaciones, es que la situación en Cuba, con anterioridad a la llegada de Fidel Castro al poder, era superior o al menos igual a la que se vive en la actualidad. Otra es que el exilio proyecta una visión de la isla que se fundamenta en una época anterior y sólo aspira a una vuelta al pasado.
La utilización de éstos y otros argumentos similares permiten al menos dos acotaciones:
La primera es que la retórica, que por lo común emplea el exilio para criticar al gobierno cubano, no se aparta en su formulación a los recursos verbales y al pensamiento propios de la reacción, incluso cuando son esgrimidos por quienes se niegan a ser catalogados de derechistas, reaccionarios o contrarrevolucionarios.
La segunda ejemplifica lo difícil que ha resultado y resulta que los motivos de los exiliados sean aceptados en otros países, al tiempo que pone de manifiesto el sentimiento de aislamiento que éstos enfrentan.
Lo que agrega mayor frustración a muchos exiliados es que, pese a que muchos de los argumentos anteriormente mencionados se encuadran en una retórica reaccionaria, son verdaderos. Quizá por ello una variante bastante local del pensamiento conservador, que no tiene mucho que ver con el verdadero conservadurismo norteamericano pero sí mucho con el extremismo derechista de una parte del Partido Republicano, tenga tantos adeptos en esta ciudad.
En muchas ocasiones, los exiliados se enfrentan al hecho de criticar un proyecto social que hace muchos años ha dejado de ser de avanzada, pero que se beneficia de una especie de persistencia de imagen, al utilizarse no como un valor en sí mismo, sino de referencia para criticar a la reacción representada por los poderosos, y en última instancia a Estados Unidos.
La paradoja es que muchos que nacieron sin propiedades y sin la más remota posibilidad de ser “explotadores” ―y ahora viven en Miami― son vistos como enemigos de un sistema que hace mucho tiempo no promulga una sola medida que implique el mejoramiento social y económico de la ciudadanía. Pero, al mismo tiempo, esta paradoja se sustenta en un hecho real: el dominio que ejerce el sector más retrógrado del exilio de esta ciudad sobre los medios de comunicación.
Basta invertir la ecuación y se pueden igualmente aplicar las tesis del pensamiento reaccionario a quienes se niegan a aceptar cambios en la isla.
La retórica “revolucionaria” que proclama el régimen no es más que un conjunto de tesis reaccionarias:
Quienes pretenden introducir cambios en Cuba sólo aspiran a lo contrario: traer una desigualdad mayor a la existente (reconocida como un efecto temporal debido al embargo y la desaparición de la Unión Soviética).
Cualquier acción de la disidencia y desde el exterior es incapaz de hacer mella al régimen, y obedece a ambiciones personales. Un argumento desarrollado con la intención de colocar a los promotores del cambio en una posición que los deje humillados, desmoralizados y con la población cuestionando la verdadera motivación de sus esfuerzos.
Los peligros de modificar al sistema actual superan las posibles ventajas, ya que abren una cuña por la cual podrían regresar quienes quieren “quitarles las casas” a los cubanos y explotar a los residentes de la Isla.
El socialismo cubano representa un sistema superior, avalado por la historia y las leyes del desarrollo social y económico. Modificarlo no sólo implica retroceder en el avance de la sociedad. Es dar macha atrás, lo que resulta imposible a menos de que quienes tienen el control del país caigan en ese error, y entonces no sería una modificación sino una destrucción de la nación.
Lo curioso aquí es que mientras La Habana aún mantiene un discurso revolucionario de cara al exterior, en el lenguaje dirigido a la población enfatiza las tesis reaccionarias en sus intentos de infundir temor ante el cambio, al tiempo que trata de realzar los argumentos en favor de que éste es imposible.
Asistimos entonces a una confrontación que se define fundamentalmente por las retóricas de la intransigencia (este es el título de la obra de Hirschman en español), donde casi nunca se escuchan las voces de un pensamiento opositor más avanzado, que se libre del estigma de ser considerado parte del pasado en lugar de promotor del futuro.

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