martes, 19 de enero de 2010

Los cubanos no creen en la sonrisa de Obama ni en las promesas de Raúl

ISABEL SANCHEZ/AFP
HABANA
Cuando Barack Obama entró en la Casa Blanca, Matilde, de 73 años, casi bailó ilusionada creyendo que al fin habría un cambio en la relación con Cuba. Un año después, cree que ''la fajazón'' con Estados Unidos ''no tiene arreglo'', un sentir muy extendido entre los cubanos.
''Yo estaba muy esperanzada. Vino con buenas intenciones, pero no gobierna solo, tiene que ajustarse. Su cara no es la misma. No ha hecho nada para que le dieran el Premio Nobel de la Paz, es pura fanfarria'', dice a la AFP esta educadora jubilada.
Aunque contenta porque Obama levantó algunas restricciones, no espera mucho más. ''Con Cuba empezó bien, pero se paró, también porque aquí el gobierno no cede. Todo va a seguir igual. Mucha ilusión y la realidad es otra'', añadió.
Desde canales estadounidenses captados en sus televisores con antena ilegal o en algunos hoteles o centros nocturnos, con TV cable, muchos cubanos como Matilde siguieron la histórica llegada de un negro a la presidencia de Estados Unidos, undécimo inquilino de la Casa Blanca que Cuba ve en 50 años de revolución.
La isla estaba volcada con Obama. Hasta el líder comunista Fidel Castro tomó partido cuando disputó las elecciones, lo elogió, y Washington y La Habana, sin relaciones diplomáticas desde 1961, dos años después del triunfo de la revolución, iniciaron una muy corta luna de miel.
Tres meses después de asumir el poder, Obama se ganó más aún simpatías cuando anunció una ''nueva era'' en la relación con Cuba y eliminó las restricciones al envío de remesas a la isla y a los viajes del millón y medio de cubanos que viven en Estados Unidos, sobre todo en Florida.
Washington quitó una pantalla de noticias en su misión diplomática en La Habana que irritaba a las autoridades cubanas. En correspondencia, el gobierno retiró el centenar de grandes banderas negras que puso para cubrirla.
Pero en los últimos tiempos, la confrontación volvió a subir de tono. Fidel lo acusó de ''hipocresía'' y ''cinismo, y su hermano Raúl, que lo relevó en 2006, de no renunciar ''a destruir la revolución'' y generar un cambio de régimen en la isla.
''Ha demostrado que no es el presidente del cambio. Su discurso no juega con sus acciones. Su sonrisa parecía sincera, pero no se le ve un interés verdadero en mejorar las relaciones con Cuba'', dijo Claudia Aguilar, que pronto ingresará a la universidad.
Desempleado de 43 años, Rogelio es también pesimista. ''Relaciones nunca van a existir, a ellos aquí y allá les conviene esta guerrita de amor. A estas alturas solo deseo que alivie la crisis por allá, así mi familia puede seguir ayudándome''.
Julio, de 39 años, quien trabaja en un puesto de meriendas en el popular barrio del Cerro, simplifica en cubano: ''¿Qué coño ha hecho? Es negro de piel pero blanco de alma. No me hables de Obama''.
La opinión de José Miguel, un afilador de tijeras de 63 años, está al día. "No me explico cómo dará 100 millones de dólares a Haití cuando está invirtiendo para la guerra, ni cómo le da participación en un fondo de ayuda a (el ex presidente George) Bush, que tuvo una política criminal. Todo es una farsa'', comentó.
Para Irene, médica alergista de 59 años, hay que entender que Obama "tiene que ir contra grandes monstruos'' en su país. ''Había en Cuba mucha expectativa, pero yo vivo con los pies en la tierra'', aseguró.
''Yo no veo voluntad ni con Obama ni con Raúl. Ya llevan en esto 50 años y van a seguir así hasta que venga la juventud y diga basta. Esta fajazón no tiene arreglo'', agrega Matilde.
''Fajazón'' es una guerra amor-odio. Y eso es lo que parece definir la visión de Estados Unidos que se tiene en Cuba, donde el american way of life entra no solo por la antena ilegal, sino también por la televisión estatal, con series como Grey's Anatomy, y en cuyas calles se ve a gente en camisetas con la bandera del ''imperialismo'' o uniformes de equipos de las Grandes Ligas de béisbol.
Fotografía: un perro con una camiseta puesta orina el martes 12 de enero de 2010 en La Habana (Alejandro Ernesto/EFE).

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