martes, 19 de enero de 2010

Por un cambio real


Si hoy los demócratas pierden el escaño senatorial de Massachusetts, sería la señal para que los votantes con ideas de izquierda (sí, sé que la expresión es casi anatema en esta ciudad y en este país, pero no por ello dejan de existir millones que piensan así, con independencia de cómo clasificarlos) comiencen a pensar en poner en marcha un movimiento de masas parecido al Tea Party, pero sin el populismo y el fanatismo que caracteriza a éste. Incluso es posible que este sea el momento para comenzar a pensar en el establecimiento de algo similar a un partido socialdemócrata.
La división entre dos partidos, que por tanto tiempo ha existido en esta nación, se fractura cada vez más. Y la fractura es ideológica. Quienes ahora reclaman la dirección del movimiento conservador norteamericano, en realidad no son verdaderos conservadores.
Desde que terminó la Segunda Guerra Mundial, el conservadurismo en Estados Unidos ha girado hacia lo que sería mejor considerar como una fuerza de inspiración y objetivos anti conservadores.
Lo que se conoce como movimiento conservador norteamericano tiene su origen en las ideas del pensador y político inglés Edmund Burke, quien a finales del siglo XVIII postulaba que el gobierno debía nutrirse de una unidad “orgánica” que mantenía cohesionada a la población, incluso en los tiempos de revolución. El conservadurismo de Burke no se sustentaba en un conjunto particular de principios ideológicos, sino más bien en la desconfianza hacia todas las ideologías. En este sentido, el debate conservador se ha situado entre los que se mantienen fieles a la idea de Burke de enmendar la sociedad civil, mediante un ajuste de acuerdo a las circunstancias imperantes en cada momento, y quienes buscan una contrarrevolución revanchista. Y una y otra vez, han ganado los contrarrevolucionarios. Son esos contrarrevolucionarios quienes tuvieron su momento de gloria durante el gobierno de George W. Bush, los que ahora admiran a Sarah Palin y quienes se ha agrupado alrededor del movimiento Tea Party.
Lo que buscan estos contrarrevolucionarios es destruir todas las leyes, principios y normas que llevaron a la creación de una sociedad con servicios de seguridad social, asistencia pública y beneficios para los más necesitados, y volver al ancien régime, en este caso la época del capitalismo más salvaje de la década de 1920, existente antes del establecimiento del Nuevo Trato/Trato Justo de las décadas de 1930 y 1940 y de la puesta en práctica años después del concepto de la Nueva Frontera/Gran Sociedad de los años 60.
Una de las razones del avance de estas ideas contrarrevolucionarias es que han sido elaboradas por ex marxistas, quienes cambiaron de la izquierda a la derecha, pero que no pudieron superar tanto el famoso movimiento pendular de los extremos —advertido por Hannah Arendt— como la sensación de que estaban viviendo tiempos revolucionarios, por lo que debían mantener en alto su fervor absolutista. Para ellos, el pensamiento marxista fue sustituido por una política maniquea del bien y el mal, que todavía proclaman.
En la actualidad, los mejores exponentes de este celo contrarrevolucionario son los neocons, y en sus orígenes más allá de un pensamiento marxista clásico destaca la idea trotskista de la revolución permanente, con los postulados de llevar la democracia por el mundo, con la fuerza de los cañones, que imperó durante el mandato de Bush, de una forma abierta a partir de los ataques del 9/11 y hasta que la situación en Irak, luego del derrocamiento de Sadam Husein, adquirió dimensiones catastróficas.
Estos derechistas han ido tan lejos en sus posiciones, que no sólo abandonaron cualquier vestigio de los planteamientos de Burke, sino que se convirtieron en una especie de comunistas a la inversa, colocando la lealtad al movimiento —en este caso muchos de los postulados puestos en práctica por el gobierno de Ronald Reagan—por encima de sus responsabilidades civiles durante la recién concluida administración de Bush.
El triunfo de Barack Obama significó no la victoria de un candidato ultraliberal o del ''más izquierdista de los presidentes norteamericanos'', sino la llegada al poder de un líder conservador, más comprometido con llevar a la práctica los principios de Burke, que cualquier otro político de la derecha republicana. Y eso es precisamente lo que no le perdonan quienes dentro del Partido Republicano pretenden alzarse con la bandera del conservadurismo más rancio, los autoproclamados defensores de la pureza ideológica del movimiento conservador.
Lo bueno de esta situación, para quienes no simpatizan con el Partido Republicano, es que esta institución política se mantiene en una crisis permanente. Lo malo para el país es que los movimientos populistas tienden a crecer en época de crisis y los legisladores republicanos tienen tanto miedo, o por oportunismo o convicción están comprometidos con las fuerzas más reaccionarias y explotadoras, que están haciendo lo posible por empeorar la crisis. Que esto es anti patriótico no creo que preocupe a muchos de ellos.
De esta manera, Obama se enfrenta a dos rechazos. Uno es de quienes piensan que no ha ido demasiado lejos, otro es de aquellos que quieren atarle las manos. Si no enfrenta este problema con un mayor liderazgo, se consume en menos de dos años y tendremos una de las presidencias con consecuencias más desastrosas para las ideas progresistas de la historia de Estados Unidos. Un gobierno más nefasto aún, en este sentido, que el de Jimmy Carter.
¿Cuál sería la solución? ¿Apoyar a Obama y su gestión conservadora, dejar que su noción del cambio sea la misma que expone Lampedusa en El Gatopardo?
Para quienes tienen ideas más avanzadas que las manifestadas por la reacción ultraderechista o los comunistas arrepentidos metidos a neoliberales, resulta necesario comenzar un apoyo más dinámico y crítico al gobierno de Obama, y si ello no resulta, comenzar a plantearse la opción de crear grupos de acción política que, dentro o fuera del Partido Demócrata, aboguen por los cambios reales que necesitan llevarse a cabo en esta sociedad.

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