miércoles, 13 de enero de 2010

Tebas vuelta a visitar


Un aspecto interesante en el cortometraje Tebas (2008), de Maysel Bello y Luis Alejandro P. Méndez, es que en el discurso de los protagonistas hay un trueque en la actitud ante lo ocurrido, que hace que el victimario manifieste en ocasiones una visión más lúcida que la víctima. Esta paradoja, esta amalgama de espejos torcidos, es típica de la situación que se vive en la isla.
Realizado en Cuba, el documental se fundamenta en dos entrevistas, una realizada al escritor Antón Arrufat, autor de la obra de teatro Los Siete contra Tebas, y Félix Sautié, escritor, ex funcionario, ex comunista y ahora pensador católico, quien por la misma época era vicepresidente del Consejo Nacional de Cultura y por lo tanto tuvo su parte de responsabilidad en lo ocurrido. Ambos explican desde una óptica diferente lo ocurrido, y aunque hay puntos de contacto en sus relatos ―los dos rechazan la persecución de los intelectuales y critican el oportunismo imperante entonces y ahora en Cuba― difieren fundamentalmente en un punto de vista: Arrufat lo explica de la posición de la víctima que condena a su verdugo inmediato. Pone un ejemplo valiente ―porque menciona a la Alemania nazi y sabe que cualquier oyente puede establecer un vínculo entre el totalitarismo alemán y el cubano―, y destaca que un “general nazi le puede decir al que administra un campo de concentración que torture a todos los judíos las veinticuatro horas del día. Es muy probable que ese torturador, que no tiene una gran pasión por la tortura, los torture doce horas al día. Entonces hay que agradecerle, que el subalterno también introduzca un poco de libertad. No hay gobierno ni sistema, ni nada, donde el hombre no pueda ejercer su libertad, un fragmento de esa libertad”. Es decir, acusa a los “torturadores” de falta de benevolencia. ¿Pero no ha sido siempre así? ¿No se escoge a los verdugos entre los más despiadados?
“¿Y por qué no discutimos el sistema? … ¿Por qué no discutimos las orientaciones? …Porque entonces yo diría que habría que excluir también a la dirección del país que ordenó la política en aquel momento”, expresa Sautié. De forma consciente o no, está repitiendo la tesis de Hannah Arent en la Banalidad del Mal: ejecutar el mal como una función burocrática. Es significativo en este sentido que Sauté se refiere con frecuencia a los burócratas, mientras que Arrufat se limita más a mencionar a los oportunistas (un término que, por otra parte, también emplea Sautié).
Puede argumentarse que Sautié hace referencia al hecho de que las políticas represivas fueron creadas por la máxima dirección del gobierno como una patente de corso. Sabe que precisamente muchas de las víctimas de lo ocurrido no desean llevar la discusión a ese extremo. Sobre todos quienes han sido reivindicados, visto publicadas sus obras y galardonados con diferentes premios.
El profundizar el debate sobre lo ocurrido durante el mal llamado “quinquenio gris“ no estuvo entre los objetivos de muchos de los que participaron en el intenso debate por correo electrónico que mantuvieron a principios de 2007 intelectuales de dentro y fuera de la isla. Aunque hubo referencias a ello en más de un texto, ninguna de las partes consideraron conveniente o posible llevar la cuestión tan lejos. Creo que en lo fundamental, los intelectuales cubanos que participaron de la protesta lograron su objetivo: fue escuchada su queja por la reaparición de tres ex censores de la cultura, en la televisión oficial de la isla y les dieron una explicación. Se estableció que, en el caso particular de los homosexuales, no habría una vuelta atrás y el restablecimiento de medidas represivas y discriminatorias.
No obstante, reducir lo ocurrido a un rechazo hacia algunos de los ejecutores, algo que plantea Sautié, no pone punto final al asunto. Algo que, por otra parte, resulta imposible en la Cuba de hoy.
Tebas se limita a ofrecer ambas entrevistas con un contrapunto visual de la épica revolucionaria, en imágenes que inician un recorrido a los orígenes, un viaje a la semilla revolucionaria que llega a las primeras escenas en La Habana tras conocerse la huida de Batista. Desde los cubanos que en la actualidad caminan por las calles de La Habana, y una serie de referencias al mar para indicar el éxodo constante, a los días del Mariel, las movilizaciones militares, la invasión de Bahía de Cochinos, el corte de caña, el ataque al vapor La Coubre e incluso el fracaso de la “Zafra de los Diez Millones”. Es parte del panorama de la época, pero éste abarca otros aspectos que quedan fuera, como los actos de repudio, la constante presencia policial, la escasez y el deterioro de La Habana, por citar unos pocos.
En ese sentido, las imágenes expresan sólo un punto de vista, el gubernamental. Si las narraciones de los dos entrevistados marcan perspectivas diferentes, el referente visual no permite la divergencia al espectador. Lo que escucha es, en más de un sentido, un accidente o una desviación dentro del mundo que muestran esas imágenes, sin duda que un mundo violento, pero que una vez más repite la forma en que el gobierno cubano viene divulgando los hechos. Ahora bien, este desfile de imágenes fulgurantes termina ―o se inicia― con la pantalla en negro, mientras se escucha la voz de Antón Arrufat, quien anuncia que finalmente, cuarenta años después de haber escrito Los Siete contra Tebas, tras la humillación y el ostracismo, la obra llega a la escena cubana. El final como comienzo en la Cuba de hoy.

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