lunes, 22 de marzo de 2010

Apatía y volencia

Cuando años atrás las cazuelas sonaron en Buenos Aires, en horas barrieron con el gobierno de Fernando de la Rúa. No ha sucedido lo mismo en la Venezuela de Hugo Chávez, donde las protestas han indicado un grado de desacuerdo con el mandatario a veces creciente, pero sin llegar al grado de una revuelta popular.
En La Habana, sin embargo, las marchas de las Damas de Blanco han logrado una amplia difusión en la prensa extranjera, pero también la incapacidad de la población de la isla para apoyar una queja y convertirla en un reclamo masivo. A esta ciudadanía que aún permanece en calma van dirigidos los actos de repudio, las contramanifestaciones, los golpes, los insultos y las obscenidades.
Varios factores conspiran para que en Cuba no ocurra lo que sucede en Argentina y Venezuela. El primero es que ya ocurrió y la represión fue total, durante los primeros años del proceso revolucionario. El segundo es que más allá de las simples turbas controladas que de nuevo se han visto en acción en los últimos días, el régimen cuenta con tropas adiestradas y vehículos antimotines, listos para poner fin a cualquier manifestación popular. A ello se une la existencia de una fuerza paramilitar, que ha demostrado su rapidez y capacidad represora en otras ocasiones.
Pero otro importante factor que demora o impide un movimiento espontáneo de protesta masiva es la apatía y desmoralización de la población. La inercia y la falta de esperanza de los habitantes del país. Su falta de fe en ser ellos quienes produzcan un cambio. El gobierno de los hermanos Castro ha matado --o al menos adormecido-- el afán de protagonismo político, tan propio del cubano, en buena parte de los residentes de la isla.
Hay, sin embargo, un temor creciente, por parte del gobierno cubano, de que un estallido popular pueda ocurrir. La táctica del silencio, utilizada en otras ocasiones, de ignorar las actividades de la disidencia, ha sido sustituida por una campaña nacional e internacional para desvirtuar el conjunto de actos y protestas por la muerte del disidente preso Orlando Zapata y la huelga de hambre y sed del psicólogo y periodista Guillermo Fariñas.
Como en otras ocasiones, La Habana enmascara la situación. Sólo en la gramática universal de la infamia se puede llamar ''campaña mediática contra Cuba'' a la denuncia de los abusos contra mujeres indefensas, muchas de ellas de edad avanzada, y la tozudez e intransigencia a las peticiones de varios opositores pacíficos y prisioneros de conciencia.
El no ceder una pulgada, el no admitir siquiera la necesidad de reconsiderar una política de represión feroz que no admite la menor disidencia, no es algo nuevo en Cuba. Ello no exime a esa actitud de ser una muestra de debilidad del sistema.
En gran medida, esa debilidad es consecuencia de los tres pilares en que se fundamenta el gobierno cubano: represión, escasez y corrupción.
El exigir una posición incondicional es abrir la puerta a oportunistas de todo tipo, quienes a su vez se desarrollan gracias a la escasez generalizada.
Si La Habana admitiera un mínimo de cordura, y diera muestras de superar el encasillamiento que ha mantenido por décadas, el peligro de un estallido social disminuiría. De lo contrario, lo único que hace es alimentarlo a diario.
Mientras el gobierno cubano se empeñe en definir su estrategia entre la apatía y la violencia, corre un peligro permanente de caos e ira que hasta el momento ha podido controlar, pero no se sabe hasta cuándo.
Si ha resultado una táctica errónea e inhumana el intentar utilizar un agravamiento general de la situación económica como detonante social -ya sea mediante el embargo, las restricciones al envío de remesas y los viajes familiares-, es igualmente irracional, y un ejemplo de afán desmedido de poder, el no ceder un ápice en las libertades y garantías ciudadanas.
Detrás de este control extremo, que no permite manifestación alguna de los derechos humanos, hay un fin mezquino. El mantenimiento de una serie de privilegios y prebendas. La represión política actúa como un enmascaramiento de una represión social que ha penetrado toda la sociedad. En última instancia, el régimen sabe que el peligro mayor no es la posibilidad de que la población se lance a la calle pidiendo libertades políticas, sino expresando sus frustraciones sociales y económicas.
De producirse un estallido social en Cuba, el régimen lo reprimirá con firmeza. No hacerlo sería la negación de su esencia y su fin a corto plazo. Imposible no usar la violencia. En cualquier caso lleva las de perder. La habilidad del gobierno castrista radica en evitar las situaciones de este tipo. El ``maleconazo'' de 1994 logró sortearlo con una avalancha de balsas hacia la Florida. Esa salida está agotada.
La represión en su forma más desnuda -arrestos y muertos- no conlleva necesariamente el inmediato fin de un régimen totalitario, pero en el peor de los casos lo tambalea frente a un precipicio. Ningún dictador tiene a su alcance un manual que lo guíe, sino ejemplos aislados: los hay tanto de supervivencia, el caso de China, como de desplome, el de Rumania. El régimen de La Habana cuenta con una sagacidad a toda prueba. Pero, ¿por qué empeñarse en creer que es invencible?

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