lunes, 29 de marzo de 2010

Los enemigos de la prensa

El arresto temporal del dueño mayoritario del canal venezolano de noticias Globovisión, quien ha asumido una actitud muy crítica hacia el gobierno de Hugo Chávez, es una cruda advertencia del mandatario a quienes se atreven a alzar la voz en su contra.
Si se limitara a eso: un arresto temporal, una incomodidad, un susto, no estaríamos viendo nada nuevo en Latinoamérica. Al igual que dictadores anteriores -la mayoría vestidos de militares o arropados con la ideología de la derecha- Chávez no estaría comportándose de manera muy distinta a la practicada en una vieja tradición de amenaza a los periodistas y el apretar y aflojar en la censura de acuerdo a las circunstancias. Pero hay más, mucho más.
Primero los hechos. Agentes de la inteligencia militar detuvieron a Guillermo Zuloaga el jueves, en el aeropuerto del estado de Falcón, Venezuela, cuando pretendía viajar a la isla caribeña de Bonaire para unas vacaciones de Semana Santa. Fue puesto en libertad horas más tarde, tras comparecer en una corte, de acuerdo a una información de la AP.
El canal Globovisión es el único que mantiene una línea crítica hacia el mandatario venezolano tras el cierre en el 2007 del canal de cable RCTV.
Zuloaga fue detenido como parte de una pesquisa sobre supuestas declaraciones ``ofensivas'' que hizo contra el presidente venezolano durante una reunión de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), efectuada el fin de semana en la isla caribeña de Aruba, afirmó la fiscal general Luisa Ortega.
En una emocionada crónica, el periodista Rui Ferreira, del diario español El Mundo, narra como en la reunión de la SIP Zuloaga se ``defendió de las viejas acusaciones de una supuesta participación en el golpe de estado que los militares llevaron a cabo contra Chávez en el 2002, en cuya lista de culpables el mandatario lo ha involucrado desde entonces''.
El empresario dijo que no hay pruebas de su participación porque ``no se puede probar lo que no existe'', agrega Ferreira, quien menciona que el objetivo de Zuloaga fue denunciar que los periodistas de las emisoras favorables a Chávez no se encontraban en la reunión de la SIP para informar, sino para crear ``hechos políticos'': la misión era conseguir la frase que sirviera para incriminarlo, llevarlo a la cárcel. Lo lograron en buena medida.
Varios mandatarios latinoamericanos están empeñados en una campaña contra la prensa, que no sólo transita por la vía tradicional de la intimidación y censura, practicada por los caudillos, y que a veces se acerca a la represión burda, típica de los regímenes totalitarios, sino que también recurre a diversas prácticas capitalistas, desde la adquisición de la mayoría de las acciones de una empresa -en su caso mediante la utilización de recursos públicos- hasta la edificación de máquinas privadas de propaganda, colocadas en manos de testaferros.
Uno de los argumentos más socorridos, para justificar este empeño, por parte de los gobernantes latinoamericanos, es mencionar las deficiencias y desigualdades de los medios de prensa privados.
Si bien es cierta la existencia de limitaciones en los medios privados, éstas no se combaten con el cierre, el acoso y el no otorgamiento de las licencias correspondientes. Tampoco es negativa la existencia de canales públicos de televisión y radio. Todo lo contrario. Siempre que no se subordinen a los intereses políticos de un determinado gobierno, que en la práctica se reduce a lo que beneficia a un gobernante y su camarilla.
En última instancia, cabe la sospecha de que a lo que aspiran estos gobernantes latinoamericanos es a ejercer un control absoluto sobre la prensa, al estilo del gobierno cubano. A la utilización de la información para una herramienta más para mantenerse en el poder, y a justificar la manipulación de la noticia como un principio idelógico y no como un mal intencionado fin político. La desinformación convertida en un derecho de Estado. El tratar de impedir que los ciudadanos puedan sacar sus propias conclusiones. La conspiración cotidiana opuesta a un pensamiento independiente.
No es que la tergiversación y la censura se practiquen sólo en la Caracas de Chávez o en la Cuba de Castro. En muchas ocasiones, en Miami la labor de ``informar'' a la población se limita a un ejercicio en apariencia compasivo: se dice sólo que ésta quiere escuchar, ver y leer. Tal tarea es propia de adulones y no de periodistas.
Lo que se hace en Cuba -bajo la premisa de que sólo sale a la luz pública lo que permite la censura- se practica en Miami, con distintos criterios pero iguales fines, bajo el amparo y beneplácito de corporaciones y políticos.
Esto ocurre con mayor fuerza dentro de la comunidad cubana. No hay que olvidar que los medios masivos aquí cumplen también una función catártica: es difícil aceptar todos los sinsabores y frustraciones de un exilio, sin un refugio emocional.
Sólo que en una sociedad democrática, por las razones más diversas, hay una mayor potencialidad para abrir canales alternativos de información, mientras que en las sociedades cerradas, como la cubana y la que quiere implantar Chávez en Venezuela, se dedican los mayores empeños a cerrar estos canales. Aquí radica una de las diferencias fundamentales entre La Habana y Miami. Lástima que Caracas no aspire a un mejor destino: alejarse de la situación de la prensa en ambas ciudades.

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