lunes, 12 de abril de 2010

La eternidad del presente

Desde la óptica del exilio, el proceso iniciado el 31 de julio del 2006, con lo que fue entonces la entrega temporal del mando del gobernante cubano Fidel Castro, ha tendido a verse con una óptica pendular, cuando la realidad y la historia cubana tienden al círculo o a la espiral. Durante meses -y hasta años- artículos de periódicos, programas de radio y televisión, comentarios en internet y blogs acumularon discusiones sobre dos conceptos supuestamente antagónicos: sucesión y transición.
Cuando los posibles cambios anunciados por el ahora gobernante Raúl Castro comenzaron a posponerse, y terminaron convertidos en parte de una nueva metafísica insular, la discusión giró hacia el estacancamiento y la posibilidad del caos y la catástrofe. En ese punto estamos todavía, entre la apatía y la violencia, a partir de la represión, la escasez y la corrupción, los tres pilares en que se fundamenta el gobierno cubano.
A la vez que el régimen de La Habana continúa exigiendo una actitud de aceptación absoluta e incondicionalidad a toda prueba -que no es más que abrir la puerta a oportunistas de todo tipo-, se aferra a un concepto medieval del tiempo: confundir el presente con la eternidad.
Dos son las actitudes que parecen determinar la conducta de quienes están al frente del gobierno cubano. Una es un afán desenfrenado en ganar tiempo, para mantenerse en el poder por lo que les queda de vida. Cae igualmente dentro de esta actitud su reverso: sobrevivir a la espera de la muerte natural de Fidel Castro, para a partir de ese momento establecer alianzas de todo tipo, las que incluso no excluyen a una parte de la comunidad exiliada, poder participar lo más posible dentro de un posible nuevo centro del poder.
La otra actitud parece ser el reflejo de un gran temor a mover lo mínimo, no vaya a ser que se tambalee todo. Una especie de efecto mariposa insular.
El general Raúl Castro aparenta estar interesado en lograr una mayor eficiencia en la economía. Pero tanto el limitado sector privado como el amplio sector de economía estatal están en manos de personas que conspiran contra esa eficiencia, por razones de supervivencia. La fragilidad de un socialismo de mercado es que su sector privado, si bien en parte está regulado por la ley y la demanda, en igual o mayor medida obedece a un control burocrático. Al mismo tiempo, ese control burocrático decide, en la mayoría de los casos, a partir de factores extraeconómicos, políticos e ideológicos principalmente.
Al ritmo que Raúl Castro está conduciendo los cambios, necesitaría vivir unos doscientos años para llevar a cabo una transformación en Cuba, y en ese caso limitada sólo a una mejora del nivel de vida de los ciudadanos. Así y todo, esta reforma estaría encerrada dentro de los parámetros dados por la necesidad inherente al régimen de mantener la escasez y la corrupción como formas de control.
De este modo, nada hay que decir del recién terminado IX Congreso de la Unión de Jóvenes Comunistas, en cuanto a la renovación de ideas y criterios. Tampoco es un resultado sorprendente, porque esa organización siempre ha ido a la zaga y no a la vanguardia, como se espera que hagan los jóvenes.
Por lo demás, el discurso del presidente Raúl Castro tampoco trajo sorpresa alguna, ni siquiera un aliento de tímidas reformas. La mención de apoyo al discurso de su hermano --hecha por Fidel Castro en una reflexión en la que de nuevo habla más de él que de cualquier otro asunto-- sólo llama la atención por la referencia a una cuestión nacional, algo que no es común en este tipo de escrito de quien aún es Secretario General del Partido Comunista de Cuba. Si Fidel cree necesario expresar su identificación total con las palabras de su hermano menor, no es por la necesidad de brindar un frente común, sino para darle un puntillazo a cualquiera que dentro de la isla tiene la esperanza de una apertura más o menos inmediata.
¿Tienen repercusión las palabras de ambos hermanos, para quienes persisten en plantear la necesidad de reformas y al mismo tiempo se manifiestan fieles al gobierno cubano? Salvo en el caso de que se produzca una fuerte represión en las próximas semanas, que busque invalidar o silenciar a quienes discrepan, no parece probable que el reclamo se interrumpa.
Ahora bien, lo que podría ayudar al desarrollo de estas posiciones, que hasta cierto punto podrían considerarse reformistas, es el desarrollo de un discurso dentro del exilio que rechace la confrontación, sin por ello renunciar a la denuncia de los abusos a los derechos humanos.
Mejor que dedicar tanto tiempo a la discusión de una transición que no llega -ni hay muchas posibilidades de que se produzca más o menos de inmediato-, sería apropiado dedicar mayor atención al análisis específico de una transformación lenta pero continua. Hay que tener en cuenta que a la hora de hablar de los famosos cambios se debe distinguir entre los espontáneos o naturales y los dirigidos. Los segundos son las esperadas reformas, que no acaban de concretarse. Los primeros ya están en la calle.
Para alentar estos cambios espontáneos, el exilio debe asegurar a los que viven en la isla que cualquier participación de la comunidad exiliada tendría entre sus objetivos el contribuir a buscar los medios necesarios para lograr el difícil equilibrio entre la justicia social y la libertad individual.

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