lunes, 10 de mayo de 2010

En defensa de San Pedro de Macorís

Si en esta hora luminosa, en este instante infinito, en este minuto que pasa, en este momento que transcurre, me pregunto por qué amo a San Pedro de Macorís, la respuesta que acude a mi mente ―de forma muy espontánea― no es mía, sino de George Bataille; no, de Pierre Klossowski; no, de Roger Callois; no, de Roland Barthes; no, de Marguerite Yourcenar: la arena que brota y seduce las formas, que va transformando esa gran urbe romana que ahora muchos se empeñan en difamar, en burlar, en ocultar la grandeza que corre por sus calles.
Esos testaferros de la pluma, esclavos del escarnio y amantes del putiferio insisten en llamarle Mosquitisol, nombre que si bien todavía existe en una de las calles de un barrio (Miramar), por cierto, de los más antiguos de la urbe y la provincia, no refleja para nada la condición cosmopolita de la magnificación de ese poblamiento real, que comenzó su desarrollo vertiginoso e imparable en la margen occidental del caudaloso río Higuamo, corriente de agua que figura en todas las geografías que se precien de su Sapiencia.
La vulgaridad, hay que reconocerlo querido lector, con dolor en el alma, carnosidad en las manos y peso sobre los hombros de los hombres, se ha envanecido en el medio. Lo ha hecho con un ruido infernal de charanga y pandereta, que desprecia este sentimiento trágico de la vida, esculpido con el docto dolor de ese maestro, ese sabio, ese rector de almas que fue Don Miguel de Unamuno.
Porque si vamos a recorrer esos barrios ilustres, que se extienden de la Loma de Buena Vista a la Loma de los Castillos, según nos cuenta doña América Bermúdez en su libro Manual de Historia de San Pedro de Macorís, no podemos menos que asombrarnos de ese no sé qué que tenían esos moradores, que pusieron todo su empeño, todo su fervor, en ir mucho más allá de pergeñar un nombre, y así lograron dar lustre a un empeño tan ilustre, que mereció ser cantando en una ópera de Wagner, una novela de Víctor Hugo o un poema del Divino Dante
Así lo cuenta doña América, repito, que agrega que con el acelerado ritmo con que iba floreciendo la economía, la imagen de la aldea fue desdibujándose y adquiriendo los lineamientos de un poblado civilizado, lo que inspiró a sus moradores a dotarlo de un nombre que lo distinguiera, por los que volvían a dirigirse a El Seybo, aldea de la cual dependía Macorís, para solicitar que el vocablo Macorís le fuera antepuesto el nombre de San Pedro, petición que fue acogida con simpatía.
Sin embargo, simpatía no es lo que anida en los corazones de esos dignos émulos de Bouvard y Pécuchet, que no encontrarán un Flaubert de pluma abrillantada que los dibuje. Tampoco habrá un Joseph Roth que los una a una marcha Radetzky, ni un Jünger que los convide a un encuentro peligroso. Mucho menos podrán doblar por la Alexanderplatz, viajar con Naipaul, formar un cuarteto con Durrell, arriesgarse a los peligros de la nube volcánica con Lowry o recorrer shandynescamente la vida con Sterne.
Si acaso, quedar tristramgos, compungidos, solos. Pequeños y lamentables botafumeiros de la noche, de esa noche que estos aduladores de lo oscuro alimentan al extremo de convertirla en una segunda patria.

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