lunes, 17 de mayo de 2010

A los congresistas cubanoamericanos

Creo que resulta conveniente iniciar una campaña de reconocimiento a todos los legisladores cubanoamericanos -o de ascendencia cubana- en el Congreso de Estados Unidos. Efectuar un acto de reconocimiento para senadores y representantes de ambos partidos. Entregarles un diploma en que constara que, en la historia de este país, sus nombres están inscritos como miembros de una minoría que ha logrado conquistar una representación notable -para algunos exagerada- en las más altas esferas de poder de esta nación. Luego, antes de la clausura de la actividad, pedirles por favor que se dediquen a atender los problemas de los distritos o estados de sus respectivos electores, y que dejen de influir en la política norteamericana hacia Cuba.
Todos han acumulado un largo historial de fracasos, entorpecimientos y liderazgo en la dirección contraria al sentido en que marchan los acontecimientos mundiales como para justificar esta súplica.
Son ellos los responsables, en buena medida, de que esta nación siga aferrada a conceptos caducos a la hora de tratar con el régimen cubano. Su sagacidad política ha contribuido, de forma determinante, a que La Habana pueda seguir utilizando el argumento de plaza sitiada. Los incansables esfuerzos que han dedicado -y dedican- al mantenimiento inalterable de la Ley Helms-Burton deben figurar sin duda en los análisis destinados a explicar el mantenimiento durante décadas de una estrategia de estancamiento y una táctica que beneficia al enemigo. El denodado empecinamiento en los intentos de limitar los viajes familiares y el envío de remesas como muestras de un fanatismo despiadado, que sólo atiende a criterios ideológicos estrechos. La enfática atención a todo lo que contribuya a impedir los intercambios entre artistas, intelectuales y científicos que viven y trabajan en ambas orillas es un ejemplo claro del peligro que existe cuando unos criterios rígidos desembocan en un llamado a la ignorancia.
Cuando el caso cubano se plantea en términos que intentan ir más allá de la socorrida condena lanzada desde la tranquilidad de Miami, vale la pena preguntarse el papel que han desempeñado los congresistas cubanoamericanos y sus seguidores. En este complejo ajedrez entre Washington y La Habana, sólo han acertado y coincidido en mantener un atrincheramiento que no conduce a nada. No porque la denuncia de las múltiples violaciones de los derechos humanos que se cometen en la isla sea inútil. Ahora es más necesaria que nunca.
El problema es que no se debe confundir la denuncia con el mantenimiento de una actitud de confrontación que sólo brinda resultados inútiles. Peor aún es el hecho de la manipulación que implica convertir tales hechos condenables de maltratos -y el consecuente rechazo a esos atropellos- en una justificación de medidas que no favorecen los intentos de presionar al gobierno cubano para lograr cualquier tipo de mejora en esta situación.
El ejemplo clásico en este sentido es la defensa del embargo como palanca de presión que impide que la represión sea más cruel, o que imposibilita una extensión aún mayor de la influencia cubana en el continente. El recurrir a los casos de detenciones y represión en Cuba como muro de contención a cualquier intento de aliviar algunas restricciones o permitir los viajes de norteamericanos a la isla.
Más allá de consuelo emocional e ilusión de poder para un sector del exilio, en este sentido el embargo no sirve para nada, no contribuye en lo más mínimo a hacerle más difícil la tarea a los represores cubanos. Que hay razones históricas y políticas que necesitan negociarse entre Washington y La Habana cuando finalmente llegue el momento de abordar el asunto es indiscutible. Lo que constituye un fraude es apelar al embargo como herramienta política en manos del exilio.
Por otra parte, la oposición demostrada por estos legisladores a cualquier cambio que signifique una nueva política hacia Cuba viene dificultando la puesta en práctica de las necesarias transformaciones que requiere una óptica obsoleta. Si bien es cierto que poco a poco esta renuencia ha ido perdiendo preponderancia, no por ello deja de ser poderosa. Su efecto actúa en especial en esa forma de fetichismo que alimentan dichos congresistas en la defensa de una política aislacionista hacia Cuba.
Cuando surge una voz disidente, se hace lo posible por desprestigiarla. En ambos lados del Estrecho de la Florida. Pasarle la cuenta. Exigir la ortodoxia. Cualquier desviación de la línea trazada desde los despachos de los legisladores en Washington debe ser combatida, o al menos silenciada lo más posible. Encarcelado todo aquel que intente exponer un pensamiento independiente en la isla. La buena noticia es que esa impunidad que durante muchos años disfrutaron los extremistas de Miami y La Habana es cada vez más difícil. Y esta columna no deja de ser un ejemplo de ello.

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