martes, 1 de junio de 2010

Una estrategia adecuada

La estrategia para lograr una mejor seguridad nacional, dada a conocer por el gobierno del presidente Barack Obama, no sólo presenta un enfoque más realista de la situación internacional, sino que define los límites del papel de Estados Unidos en un mundo donde la influencia de Washington se ve cada vez más limitada por las potencias emergentes.
En buena medida, ha quedado atrás la prepotencia imperial del gobierno del ex presidente George W. Bush, que utilizó la tragedia de los ataques terroristas del 2001 para imponer una política aventurera y a la larga contribuyó a hundir a este país en un profundo déficit y al mantenimiento de dos conflictos bélicos que parecen interminables.
Al no lograrse en Irak la fulminante victoria norteamericana, que una administración nacida bajo el signo del aislacionismo esperaba, y al prologarse el conflicto en Afganistán, el gobierno de Bush tuvo que abandonar el camino de imponer su voluntad a garrotazos. Esa paz a medias, de ataques diarios con explosivos y miles de muertos ―que se extendió por años en Irak y aún no ha concluido― trajo como consecuencia un deterioro aún mayor de la economía estadounidense, la cual atravesaba la pérdida de confianza más baja en una década, y por consiguiente una agudización de la crisis internacional, así como a una disminución no sólo del papel hegemónico de Washington en los asuntos mundiales, sino de la capacidad de este país para actuar de freno a las verdaderas amenazas que enfrenta el planeta.
Si se quiere señalar un culpable de la crisis económica, la inseguridad laboral y el deterioro del nivel de vida del pueblo norteamericano hay que volver la vista hacia el gobierno de Bush. Esto resulta fundamental en momentos en que políticos oportunistas lo imitan ―aunque hipócritamente no lo mencionen― y tratan de ir más lejos aún en fanatismo y engaño. La torpeza, injusticia social y arrogancia de Bush palidece ante la vocinglería de los partidarios del Tea Party.
El actual gobierno ha hecho claro que no comparte el concepto de dirigir ataques preventivos contra otros Estados, bajo el argumento simplista de que éstos representan una amenaza para este país. Aunque Obama no ha descartado de forma explícita la norma de ´´golpear primero´´, que ha sido un principio fundamental de la política norteamericana desde la guerra fría, sí se ha distanciado de esa actitud agresiva que se fundamentaba en otorgarle un papel desmedido al poder que brinda un armamento de alta tecnología.
Durante años, este país estuvo gobernado por quienes dirigían sus acciones repitiendo equivocaciones tácticas y cálculos inapropiados sobre la base de adaptar los datos existentes a su manera de pensar. Políticos y funcionarios que se comportaban como prisioneros de un concepto ideológico tan desafortunado y falso como el que llevó a los jerarcas soviéticos a pensar que el comunismo terminaría conquistando el mundo.
En vez de adaptar su estrategia a los hechos, la administración Bush hizo lo contrario: recurrió a la distorsión para que los hechos entraran en su estrategia. Consideró a las “amenazas asimétricas” —referidas a los objetivos militares no convencionales, de las cuales el ejemplo más claro son las organizaciones terroristas— como si se tratara de potencias enemigas. Recurrió a la vieja creencia norteamericana de considerar al “mal” como algo ajeno, fuera de sus fronteras.
Queda aún por ver si el aventurerismo de Bush fue un paréntesis transitorio. En tiempos de crisis económica, nada más fácil que el surgimiento de demagogos que prometen a los votantes una vuelta a una grandeza perdida o un cambio radical. Ha ocurrido en Rusia en fecha más reciente y en Alemania décadas atrás. El peligro es real para Estados Unidos, y en las elecciones legislativas de este año se comprobará cuán cerca está la nación de caer en la barbarie. Un país que se apoye sólo en la eficiencia de sus fuerzas armadas no puede fundar un nuevo orden. Ni siquiera un desorden estable.
Basta que se produzca un atentado terrorista en territorio norteamericano, algo que puede ocurrir en cualquier momento, para que cobre fuerza ―quizá de forma imparable―una tendencia política que explote los temores del ciudadano. Atrapados en la inseguridad laboral, rehenes de los pagos, las deudas y el precio de la gasolina, no somos más que víctimas propicias.

Con un mínimo de recursos, se puede infligir un enorme daño a esta nación, provocar el terror, atacar sus símbolos más visibles del poder económico y militar. No han faltado los intentos tras el 9/11. Algunos han fracasado por una coincidencia de factores que no hay que esperar siempre se produzcan. Lo aterrador no es que existan varias naciones con armas capaces de volar al mundo. Estamos acostumbrados a vivir bajo ese peligro. Lo que resulta realmente inquietante es que anden sueltos por el mundo individuos capaces de secuestrar un avión y estrellarlo contra un edificio; llenar un vehículo de bidones de combustible, fabricar una bomba casera y estacionarlo en uno de los sitios más concurridos del planeta; introducir explosivos en los zapatos o amarrarse varios cartuchos de dinamita a la cintura.
Obama ha puesto freno a la irresponsabilidad de afirmar que estamos en medio de una guerra que puede ser ganada. No repite a diario que avanzamos hacia una victoria segura. No por ello ha dejado de tomar las medidas necesarias para combatir a los fanáticos.
Las guerras las ganan los ejércitos, que derrotan a las fuerzas militares contrarias en un terreno preciso. Los terroristas ―islámicos o de cualquier tipo― no anhelan gobernar nuestras ciudades. Su objetivo es más siniestro: borrarnos del mapa o al menos doblegarnos. La paz, que es el resultado esperado en toda guerra, no es posible con ellos. Pero tampoco es posible su aniquilación total.
El terrorismo debe ser enfrentado con una estrategia más "policial" y menos "bélica". Las tácticas policiales ―con un apoyo internacional adecuado― han estado rindiendo mejores resultados que el empecinamiento en ataques injustificados. La lucha debe estar encaminada a lograr que cada vez resulten más difíciles, y también "menos rentables", el empleo de suicidas, las bombas indiscriminadas y los atentados a civiles. El gobierno de Obama está utilizando la estrategia correcta. Sólo necesita tiempo para desarrollarla.

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