lunes, 4 de octubre de 2010

Miami como patria


La adopción de Miami como patria no deja de tener un carácter contradictorio. Los que llegaron durante la década de 1960 imponen una Cuba mítica como modelo para la nostalgia. Al tener que elegir entre esa imagen tergiversada y la situación que impera en esta ciudad -la añoranza para los primeros exiliados, la realidad de la isla para los que viajaron en las últimas décadas- muchos sólo salvan los recuerdos personales.
En tales circunstancias, se antepone el hogar a las patrias espurias de la Cuba actual y el Miami que se empieza a conocer. A ello se une la saturación política que arrastran los llegados en las tres últimas décadas. Esto explica en parte que quienes vinieron después del Mariel triunfen en actividades como la literatura y el arte, pero no en la política.
Ese apartarse de lo circunstancial, en favor de una mayor trascendencia, es un logro que no deja de implicar desventajas: el abandono de lo cotidiano, para que pueda ser administrado por políticos tradicionales, que en su mayoría deben su elección a votantes del llamado ''exilio histórico''; políticos que pueden o no cumplir su función en mayor o menor grado, pero cuya actuación en muchos casos deja fuera los intereses de quienes han llegado en los últimos años.
Es bueno destacar que si bien, en cuanto al conocimiento de los aspectos negativos del régimen de La Habana, las diferencias obedecen más a matices que a conceptos, desde el punto de vista emocional los contrastes son más marcados. Al mismo tiempo se da la paradoja que los miembros del llamado ''exilio histórico'' -quienes llegaron primero a Miami y tienen una edad más avanzada- tienden a interpretar cualquier hecho, desde una canción hasta la compra de una fruta, en términos políticos: ¿el cantante o compositor actuó en la isla?, ¿ese producto viene de un país que tiene buenas relaciones con Cuba? Hay un largo historial de intentos de boicots, fracasados todos, de productos españoles, mexicanos y de otras naciones de acuerdos a incidentes de las embajadas de los determinados países en La Habana, visitas de jefes de Estado y declaraciones de ocasión. No quiere esto decir que la categoría de ''exilio histórico'' sea un absoluto, ya que una parte de sus miembros saltan por encima de una categorización tan elemental, pero ésta no deja de ser ilustrativa a los fines recurrentes de explicar un escenario político en Miami.
Por otra parte, las generaciones llegadas después de 1980 vivieron tan saturadas de política en Cuba que aquí en Miami han decidido que ésta no contamine todos los actos de su vida. Es por ello que las diferencias políticas entre los exiliados ocurren no sólo en aspectos debatidos a diario como la permanencia o no del embargo comercial sobre la isla, sino en pequeños actos de independencia como asistir a un concierto de músicos que viven en Cuba.
Estas diferencias no son fáciles de percibir fuera de Miami por tres razones fundamentales: los miembros del exilio histórico dominan los medios masivos de comunicación, ellos aún constituyen la mayoría de los ciudadanos cubanoamericanos con derecho a voto -y que lo ejercen como un bloque uniforme y sin fisuras- y conforman el grupo social con mayor poder adquisitivo y dueño de negocios en esta ciudad.
La última votación presidencial fue la prueba de fuego para dilucidar una aparente paradoja, que los favorables a un cambio de política hacia Cuba ven detrás de los números. Como quedó demostrado al reelegir a los legisladores cubanoamericanos del Partido Republicano, las actitudes, conductas y opiniones que dominan en Miami, al menos desde el punto de vista electoral, son las del exilio histórico.
Sobre ello existen dos argumentaciones opuestas. Una, que la paradoja no es tal, y que quienes llegaron después de 1990 comparten los puntos de vista de los exiliados anteriores. La otra explicación es que las diferencias son notables, pero que quienes vinieron posteriormente carecen del poder necesario para que sus puntos de vista sean tomados en cuenta.
En comparación con los logros políticos de los primeros exiliados, las generaciones llegadas después de 1990 demuestran un gran retraso. A finales de los 60, los cubanos participaban activamente en la política de la ciudad y del condado. En 1976, entraron de lleno en la contienda de la legislatura estatal, con aspirantes por ambos partidos. Da la impresión de que los nuevos inmigrantes tienen menos interés y capacidad en ese terreno.
En la actualidad, el relevo se produce dentro del marco establecido por los primeros refugiados -una primera, segunda y hasta tercera generación de cubanoamericanos, todos nacidos en este país-, no gracias a la incorporación de recién llegados. Al principio, las candidaturas tuvieron que transformarse debido a la llegada de un gran número de inmigrantes. Ahora son los nuevos votantes quienes tienen que adaptarse a los candidatos.
A diferencia de quienes salieron primero de la isla, el refugiado que se establece en esta ciudad a partir de 1980 encuentra una red de negocios cubanos y de empresas norteamericanas administradas por hispanos que les facilitan su inserción laboral -con mayores o menores ventajas, con un grado más o menos elevado de explotación- y hace posible que, en cierto sentido, sea menos ''traumática'' su nueva vida. En cuanto a idioma, costumbres y cultura, tiene ciertas ventajas, pero está obligado a adaptarse a una comunidad antes que a un país.
Fotografía: Festival de la Calle Ocho.

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