domingo, 13 de febrero de 2011

Cuba y la estabilidad aparente


Por momentos da la impresión que Cuba alberga dos naciones distintas. Durante los últimos años hemos asistido al desarrollo de una política exterior exitosa, multiplicarse los acuerdos, diversificarse las fuentes de ingresos y consolidarse un importante número de inversiones.
También se ha permitido la expresión de opiniones diversas ―bien es cierto que en limitados asuntos― y la aceptación, mas allá de lo que por décadas fue el patrón oficial de formas alternativas de conducta, en aspectos que van de las preferencias sexuales al modo de ganar dinero por medios lícitos.
Con una consistencia absoluta, que desafió los pronósticos, asistimos a un traspaso de poder ―por momentos de alcance limitado, otras veces más amplio de lo esperado― que ha logrado despreciar cualquier intento de acercamiento por parte de Washington.
Sin embargo, donde el gobierno cubano no logra levantar cabeza es en un desarrollo económico que se exprese en mejoras en el nivel de vida de la población, y el “enemigo“ que de forma pausada pero constante ha comenzado a ganarle batallas es el sector privado de la economía.
Permitido a una escala que ha motivado que ―a veces con desprecio y otras con razón― se le considere simplemente como la multiplicación de timbiriches, esos pequeños negocios y esfuerzos personales han comenzado a cambiar no solo la situación del país sino hasta su paisaje.
Acaba de conocerse que el sector privado ha demostrado una mayor eficiencia en la construcción de viviendas que el Estado. El resultado no es asombroso, pero si se considera que cualquier gran firma constructora en un país como Estados Unidos aplasta sin remedio no sólo al constructor aislado sino a la pequeña empresa edificadora ―al punto de que estos últimos tienen que contar con protección y ayuda federal en el mejor de los casos― queda claro no solo la ineficiencia del Estado cubano, sino su vocación para el despilfarro.
Es decir, que en Cuba el Estado aprovecha al máximo su poder represivo, pero malgasta su poder económico. La explicación de esta ineficiencia estatal está dada en gran medida en el hecho de que el burócrata no se beneficia de la eficiencia, sino todo lo contrario. Como en buena medida sus privilegios dependen de que el acceso de bienes y servicios se mantengan escasos, hace todo lo posible para perpetuar esa situación.
A este problema se enfrenta el presidente Raúl Castro, al tratar de buscar una mayor eficiencia en la economía. Su gobierno está tomando medidas destinadas a evitar fenómenos que van del tráfico de divisas a la evasión fiscal, la corrupción y el robo en las empresas estatales.
Sin embargo, tanto el limitado sector privado, como el amplio sector de economía estatal, están en manos de personas que conspiran contra esa eficiencia por razones de supervivencia.
La fragilidad de un socialismo de mercado es que su sector privado, si bien en parte está regulado por ese mismo mercado, en igual o mayor medida obedece a un control burocrático. Al mismo tiempo, este control burocrático lleva a cabo muchas de sus decisiones a partir de factores extraeconómicos: políticos e ideológicos.
Asombra la distancia entre todo ese aparato efectivo de control nacional, que ha logrado mantenerse sin variaciones, ese esfuerzo en ampliar los servicios de cara al turismo internacional, y esos resultados tan pobres, en lo que tiene que ver con la satisfacción de las necesidades de la ciudadanía, que de pronto convierte en noticia el surgimiento de un puesto de fritas o la reapertura de una tienda de tarecos con precios exagerados. Como si fuera necesaria la actuación de un Estado poderoso para poner a la venta candados, tuberías y hamburguesas. Ridículo que un aparato tan completo y complejo, a la hora de actuar con éxito en la esfera internacional, sea tan torpe y limitado cuando se trata de ofrecer unos cuantos artículos.
El ensanchamiento o la disminución de la brecha entre la Cuba del ciudadano de a pie y la Cuba que a los ojos del mundo intenta ofrecer una visión de permanencia, estabilidad y desarrollo depende el fracaso o el triunfo del gobierno de Raúl Castro.
Las apariencias de estabilidad, sin embargo, no deben hacer olvidar que lo que hasta ahora ha resultado determinante, en casi todas las naciones que han enfrentado una situación similar a la hora de definir el destino de un modelo socialista o de levantarse contra una tiranía, es la capacidad que ha tenido el régimen para lograr que se multipliquen no mil escuelas de pensamiento sino centenares de supermercados y tiendas. Eso y la fidelidad del ejército nacional al gobierno. El mantenimiento de un poder férreo y obsoleto sobrevive no sólo por la capacidad de maniobrar frente a las coyunturas internacionales y por sustentarse fundamentalmente en la represión y el aniquilamiento de la voluntad individual, sino que el desarrollo de una sociedad que avanza en lo económico y la satisfacción de las necesidades materiales del ciudadano, aunque sea sobre una base de una discriminación económica y social en aumento, puede permitir a la vez el mantenimiento del monopolio político clásico del sistema totalitario. La propiedad estatal y privada pueden coexistir en la Cuba actual, pero se trata de una simbiosis incómoda, plagada de aspectos imprácticos, cuyo equilibrio es más una apariencia que una estabilidad real.
Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparecerá mañana lunes en el periódico.

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