martes, 8 de febrero de 2011

Diálogos del exilio



Uno de los logros de la película Diálogos de Exiliados del chileno Raúl Ruiz, un filme menor por otra parte, es que logra transmitir el carácter temporal del exilio y la fragilidad del recién llegado, que acaba de abandonar su país. Esos apartamentos hacinados de chilenos, quienes acaban de llegar a un país extraño, del que desconocen lenguaje y cultura, o esas diferencias sutiles y no tan sutiles, que se van estableciendo entre quienes dominan el francés y los que apenas lo chapurrean penosamente, muestran un conjunto en que las actividades políticas, de denuncia al régimen de Pinochet, son tanto un elemento de unión como un medio de supervivencia.
Si mientras mira la película uno trata de imaginar situaciones similares en el exilio cubano, principalmente en Miami, encuentra que es más fácil establecer diferencias que similitudes. No porque quienes abandonaron la isla no hayan sufrido situaciones semejantes sino porque al evocarlas o tratar de representarlas es imposible no referirse al momento en que ocurrieron.
Así, mientras el exilio chileno es un hecho definido en tiempo y lugares geográficos, el cubano es global geográficamente y parcelado en etapas políticas, sucesos, confrontaciones y oleadas migratorias. Nada, que siempre hay que poner una fecha por delante.
De esta forma, el sentimiento de pérdida que siempre caracteriza al exilio en el caso cubano se transforma y esconde. El desamparo casi desaparece con el establecimiento de un núcleo poderoso que domina una ciudad, Miami, y el afán de vuelta se trastoca en la cultura de triunfo propia de la sociedad estadounidense. La incapacidad para lograr un cambio de régimen en la isla, ni siquiera un traspaso de poder, se esconde tras los evidentes logros de una comunidad poderosa y con un poder político hipertrofiado en Washington.
Eso explica que los llamados a no elegir de nuevo funcionarios corruptos, dejar de aferrarse al embargo y echar a un lado la intolerancia, ejercida en cuestiones culturales y académicas que desconocen, caigan en saco roto ante un sentimiento arraigado en los que controlan buena parte de la opinión pública de esta ciudad: somos poderosos. De esta manera, las frecuentes llamadas a no ofender el ''dolor del exilio'' no son más que advertencias claras a no cuestionar el “poder del exilio”.
Esta aberración ha llegado al extremo de alentar la esperanza de que el senador Marco Rubio se convierta en el presidente de Estados Unidos, como el camino más largo inimaginable para lograr un triunfo político: al no poder imponer un mandatario en Cuba, ocupar la Casa Blanca actúa como premio de consolación.
Lo singular en todo esto es que dos perdedores en la lucha contra Fidel Castro se han convertido en héroes del exilio: Orlando Bosch y Luis Posada Carriles. No es poco común que el culto al perdedor impere en la historia y la literatura, lo que resulta llamativo, en el caso cubano, es que se justifiquen estas acciones con el argumento de que “Castro hizo lo mismo'”.
Además de infantil (es el niño que justifica sus maldades diciendo que su hermano hizo lo mismo), este argumento de justificación de la violencia indiscriminada acerca peligrosamente― y aquí esta palabra no se usa para adjetivar sino para caracterizar una situación― la actitud y los valores de un grupo de exiliados a los de sus opuestos en el gobierno castrista. Este intento de derrumbe de un gobierno por medio de la violencia terrorista, de tener éxito, no hubiera sido más que otra vuelta a la espiral de frustración y odio que recorre la historia cubana.
La asociación entre fracaso bélico y acciones terroristas, en el caso cubano, no evidencia el recurrir al terror como última instancia ni ante la superioridad del enemigo, aunque tampoco excluye estos argumentos. Es más bien una exigencia de definición: o conmigo o contra mí, que se hizo práctica común en Cuba después del triunfo de Fidel Castro. El exilio adopta este principio no como táctica, es más bien su razón de ser. Perdura hasta hoy en día en Miami e intentar definir cualquier actividad, desde oír música en la radio hasta asistir a un cabaret, bajo el rigor ideológico. Lo curioso es que muchos partieron hacia Estados Unidos precisamente, entre otros motivos, para abandonar esa rigidez. Por ello el mejor ―y quizá único― cambio introducido en la naturaleza política de Miami, por las nuevas generaciones de exiliados, es el rechazo a subordinarse a esa inquisición versallesca.
En el caso de Bosch y Posada Carriles, sin embargo, su fracaso en todas las acciones contra el gobierno de La Habana, es acogido como un martirologio. A la acusación de terroristas, sus partidarios más fieles responden no sólo asumiendo estas acciones como necesarias, sino también pasando por alto la inefectividad de éstas. Posada y Bosch se convierten entonces en la representación de un exilio ajeno a la temporalidad, perpetuo en sus errores.

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