lunes, 14 de febrero de 2011

El informante bueno y el informante malo

Al estilo de un Perry Mason cubano, el abogado Arturo Hernández, que encabeza la defensa legal de Luis Posada Carriles, ha entregado a la corte no solo pruebas suficientes para según él desestimar tres cargos contra su cliente, sino también resuelto un crimen.
Hernández explicó que uno de los documentos desclasificados que estaba en poder de la fiscalía federal contiene “revelaciones alarmantes” que establecen que los atentados en 1997 fueron ordenados por el propio Fidel Castro, para desviar la atención de la visita del papa Juan Pablo II.
Juan Pablo II visitó Cuba en enero de 1998. El viaje del Sumo Pontífice a Cuba fue un triunfo para Castro. No hubo manifestaciones en contra del gobierno, se evitaron casi completamente las confrontaciones directas y el Papa no presentó el rostro enojado que caracterizó su encuentro con los sandinistas en Nicaragua.
Castro ganó legitimidad en un momento difícil de su carrera política. Una jugada que el mandatario quiso dar a entender que resultó riesgosa, cuando en realidad todos los peligros siempre estuvieron calculados de antemano. El propio gobernante se había dedicado a especificar —antes de la llegada de Juan Pablo II— que la situación polaca era muy diferente a la cubana: el comunismo en el país europeo había sido impuesto por las tropas de ocupación soviéticas y el rechazo al socialismo ruso se explicaba en gran parte por un sentimiento nacionalista de un pueblo profundamente católico, fueron sus palabras. Un ataque frontal a una potencia que había elogiado hasta el cansancio, pero que ya no existía y que por lo tanto no valía la pena justificar como había hecho antes.
No tiene mucho sentido la hipótesis de que un año antes tratara de torpedear la visita que Castro preparaba con tanto detalle, con el acto burdo de colocar unas cuantas bombas y producir un grave daño a la industria turística que ya para entonces el Gobierno cubano estaba empeñado en desarrollar.
Cuando el Secretario de Estado del Vaticano, cardenal Tarcisio Bertone, visitó la isla del 21 al 26 enero de 2008, en ocasión del décimo aniversario del histórico viaje de Juan Pablo II, se supo que Fidel Castro también había invitado a visitar Cuba al nuevo Pontífice.
Bertone estuvo en La Habana en octubre de 2005, cuando era arzobispo del puerto italiano de Génova.
En esa ocasión se entrevistó con Castro, quien le pidió que intercediera para que el nuevo Papa, Benedicto XVI, elegido el 19 de abril de 2005, cumpla una visita a la Isla.
“¿Puede ayudarme? ¿Puede decirle al Papa que quiero invitarlo a Cuba? ¿Puede ser el portavoz de mi deseo?”, contó Bertone que le dijo Castro en la revista italiana Il Consulente RE.
No parece entonces que una visita papal constituyera un problema para Fidel Castro. Salvo en Miami, el argumento de este abogado se acoge con mucha reserva en cualquier parte.
Sin embargo, Hernández indicó en El Paso que la fuente del FBI —que según él tenía información del Ministerio de Interior de Cuba— explicó en el documento que se planeó imputarle al exilio cubano, específicamente a Posada Carriles y a la influyente Fundación Nacional Cubana-Americana (FNCA), con sede en Miami, los ataques y serviría al régimen como justificación para continuar con la “represión” a los cubanos en la isla.
Más bien da la impresión que este informante estaba detrás de unos cuantos pesos y un informe agradable al oído de los estadounidenses y el exilio de Miami.
La validez o no del informe resulta esencial, porque no hay otro documento presentado que corrobore este testimonio.
Es decir, hay que creer a pie juntillas lo que dice este informante.
El problema es que entonces también se puede argumentar que hay que creer lo que dicen otros informantes anteriores, en contra de Posada Carriles y de Orlando Bosch.
Quienes defienden a ambos en el exilio de Miami consideran que estos otros confidentes carecen de credibilidad.
Durante el juicio, el propio abogado Hernández ha lanzado un asesinato de carácter a fondo contra Gilberto Abascal, al que ha buscado presentar como loco, sinvergüenza, mentiroso y más. Sin embargo, este informante nuevo no ha hecho más que decir la verdad.
Arturo Hernández es un letrado que ha declarado que lo importante para él es cumplir dos obligaciones: servir el sistema jurídico con honestidad y ética, y los in-tereses del cliente. En su página en internet describe que su reputación ha ido creciendo en la medida de que se ha incrementado su trayectoria como un abogado agresivo pero comprometido en mantener y mejorar la ética de su profesión.
El hombre que una vez soñó con ser escritor, y que mantiene viva su pasión por la filosofía comenzó en la práctica pública defendiendo a los delincuentes llegados a Miami por el puente Mariel-Cayo Hueso ―también destaca en su página que logró que muchos salieran absueltos, para pasar al ejercicio privado donde adquirió renombre como defensor de narcotraficantes y casos notables de lavado de dinero.
Sin embargo, lo que le ha otorgado fama nacional e internacional es su defensa de casos de conocidos exiliados cubanos que han enfrentado problemas con la ley, desde el excomisionado de Miami Humberto Hernández hasta notables anticastristas, como el empresario Santiago Álvarez, un empleado suyo llamado Osvaldo Mitat y Roberto Ferro, a quien las autoridades decomisaron en California un arsenal de 1.400 armas de todo tipo. Pero sin duda el caso de Posada Carriles es hasta el momento la cima de su trayectoria.
Aunque no se ha formulado imputación ética alguna, desde el punto de la práctica legal, a la labor de Hernández, me pregunto cuántos en Miami o en otros lugares saben que su defensa está a cargo de un conocido defensor de narcotraficantes y acusados de lavado de dinero.
Lo cierto es que en el caso de Posada, la defensa viene utilizando algunos de los recursos usuales a que recurren los abogados en casos criminales de otra naturaleza. Es verdad que lo que está realmente en juicio no son las simples acusaciones de que un anciano mintió en su declaración para hacerse ciudadano norteamericano, también es cierto que Posada Carriles tiene todo su derecho a buscar una defensa agresiva, cuando tienen que enfrentar la poderosa maquinaria de la fiscalía estatal, pero nada de lo anterior permite pasar por alto los detalles de la estrategia para librar de la prisión al “patriota” de Miami.
Un ejemplo de ello es que la defensa ha escarbado entre el mamotreto presentado por la fiscalía, en busca de cualquier indicio que pudiera servirle en sus intentos de anular el juicio. Por supuesto que esta conducta no se puede catalogar de ilegal aquí en Estados Unidos y que solo ha repetido una práctica usada a diario por los abogados de este país. Incapaz de demostrar la inocencia de su cliente, el equipo legal que defiende a Posada Carriles se ha dedicado con saña a convertir el juicio en un sainete o una pesadilla, y a sembrar la duda en el jurado. Nada de heroico en este comportamiento, pero como en otras ocasiones ha ocurrido con Posada Carriles, al final siempre el fin justifica los medios.
Para conocer lo que ha dicho la fiscalía federal de Estados Unidos sobre esta moción, pinche aquí.
Para acceder a la página del abogado Arturo Hernández, pinche aquí.
Fotografía: Luis Posada Carriles al centro, con su hija y el abogado Arturo Hernández, al regresar a Miami luego de estar encarcelado en El Paso, Texas, durante dos años.

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