miércoles, 23 de marzo de 2011

El Twitter y el cañón


Emilio Ichikawa hace una distinción precisa en su blog, al referirse a la campaña que en estos momentos desarrolla el gobierno cubano contra los blogueros independientes de la isla, y el intento de vincularlos a la “ciberguerra”.
“El hecho real es que ninguna de las computadoras de los Blogger críticos de la revolución ha estado conectada a una torre de control de vuelos, a un sistema de artillería, a un surtidor de gases o aguas que pudiera malograr vidas o cultivos cubanos. Por tanto, la práctica de ninguno de sus operarios aplica para el concepto de ‘ciberguerra’ delimitado en el documental de ayer (lunes 21 marzo, 2011) de la TV CUBANA por el especialista de la Oficina de Información (MIC) Carlos del Porto”, escribe Ichikawa.
Luego añade: “La mayoría de los Blogger ‘contestatarios’ relevantes tienen más bien formación humanista y letrada, pero no dominan algoritmos ni solución de ecuaciones complejas; pueden, repito, lesionar la propaganda narcisista de buena parte de la prensa cubana, pero no están capacitados para actuar al nivel de lo que Del Porto ubica como ‘ciberguerra’”.
De hecho llama la atención que miembro alguno del exilio de Miami haya intentado esta forma más activa de oposición al castrismo. Ni siquiera se cuenta con el equivalente de un Posada Carriles, dedicado a contratar hackers por el mundo. Quizá esta declaración salga sobrando, pero tengo que hacerla: en ningún momento lo que escribo es un llamado a estas actividades o un reproche por su inexistencia, sino más bien un intento de descripción de una situación.
Lo cierto es que la belicosidad del exilio está tan reducida ―o tan carente de medios y de talentos―, que antes de sentarse frente a una computadora los activistas verticales prefieren salir a dar gritos, a la sombra si es posible. La explicación de que se trate de un problema de edad pone en evidencia la falta de un relevo generacional.
Sin embargo, que en el exilio al parecer no exista la menor idea de lo que se habla al referirse a una ciberguerra no detiene sino alienta al Gobierno cubano, que cada vez dedica una mayor atención al tema.
Lo hace de una forma superficial y mal intencionada, pero ello no le resta efectividad a sus objetivos.
En el caso de los blogueros cubanos, encabezados por Yoani Sánchez en las críticas de La Habana, la inclusión en la ciberguerra cumple dos funciones de primer orden: catalogar al grupo como enemigos de la revolución, lo que deja abierta la posibilidad de un fuerte castigo en cualquier momento, y brindar una continuidad al patrón represivo establecido por décadas.
En este sentido, cabe señalar que la oposición al gobierno cubano ha seguido una evolución, dentro de una línea de enfrentamiento pacífico, que ha llevado a sus miembros de una disidencia más activa en la creación de planes para un futuro gobierno ―e intentando siempre la realización de reuniones, actividades y hasta congresos― a otra más centrada en la escritura, la divulgación de hechos y la publicación de crónicas sobre la vida cotidiana en la isla.
La respuesta gubernamental ha sido no solo adecuarse a estos nuevos retos, el blog oficialista frente al blog opositor, sino hacer lo posible por encasillar a esta nueva disidencia ―para llamarla con un nombre que ni la describe ni le pertenece, pero al cual se puede recurrir a los efectos de establecer una continuidad― en el molde de la oposición más tradicional. Así se le describen ciertos rasgos distintivos, desde la edad al uso del internet, pero se le mete en el mismo saco de considerarlos asalariados de una potencia extranjera y agentes de desestabilización.
Lo que llama la atención aquí es que al tiempo que el gobierno cubano sabe que no es posible la comparación entre un Twitter y un cañón, se dedica a señalar al bloguero como un “enemigo armado”.
No es una simple coincidencia que la divulgación de lo que la Plaza de la Revolución considera como “ciberguerra” se lleve a cabo al tiempo que culmina la liberación del Grupo de los 75.
Es esa necesidad de mantener en alza el argumento de plaza sitiada, sobre todo a partir de que el país emprende una serie de cambios económicos imprescindibles, lo que explica en primer lugar esta última campaña, más allá de otras situaciones que pueden resultar circunstanciales pero no decisivas, como las revueltas que vienen ocurriendo en algunos países árabes.
El resultado es un juego de posiciones que tiende a favorecer más al statu quo, en lo que se refiere al poder político, que a un avance democrático.
Washington brinda todo su apoyo a ese reducido movimiento blogger, de una forma tan pública que a veces lleva a pensar que lo que lo mueve no es la eficacia de éste, sino sus limitaciones.
La Habana busca desprestigiarlo recurriendo a lo mismo: el dinero para justificar la represión, al categorizar a sus miembros de mercenarios, y despertar la envidia en la población de la isla.
El exilio cubano ―el sector más derechista, que es más determina en situaciones de este tipo― parece resignado a un apoyo más o menos abierto a las principales figuras del movimiento blogger, mientras omite o mira para otro lado cuando estas mismas figuras rechazan el embargo o hablar a favor de mayores contactos con Estados Unidos.
Por otra parte, y más allá de un aliento inicial de frescura dentro de las voces opositoras, hasta el momento el movimiento blogger no ha avanzado mucho más allá de la crónica, desde un punto de vista de análisis social e incluso periodístico y literario. No se trata de buscarle manchas, pero hay que establecer límites. Un apoyo sincero es mejor que una exaltación oportunista.

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