sábado, 16 de abril de 2011

La bolsa o el Medicare


Hay muchas cosas que no me gustan de los actuales republicanos, pero creo que la principal es esta: siempre quieren quitarle el dinero al gobierno para dárselo a las corporaciones privadas. Ese es su principal empeño y nunca lo dicen. Una es porque son hipócritas por naturaleza su filosofía es la ley de la selva y jamás lo declaran― y otra es que saben que ese instinto de Robin Hood a la inversa no les facilitaría ganar votos. Por ello se empeñan en explotar ese rechazo casi congénito que hay en este país hacia el Estado, para hacerse pasar por protectores del ciudadano de a pie. En este aspecto los republicanos tienen sus aliados naturales en buena parte de lo que se conoce como “exilio histórico”, donde muchos de sus miembros hicieron sus fortunas ―y continúan incrementándolas― gracias a favores políticos y privilegios de todo tipo.
Lo peor para todos, menos para los republicanos, es que estos son buenos vendiendo sus ideas, y cuando llegan al poder cumplen a la perfección con su plan de arrancarle la mayor cantidad de dinero posible al presupuesto nacional y dárselo a las corporaciones, especialmente a las grandes corporaciones.
Para ello nada mejor que las guerras,  y por eso son tan belicistas y amantes del poderío militar. No por patriotismo. Pero no hay que negarles esa habilidad casi innata en sacar el dinero de aquí y ponerlo allá. Los demócratas, al contrario, son torpes.
Se empeñan en que el gobierno funcione y por lo general les sale mal, desperdician recursos y acaban haciéndolo todo más grande y peor.Sin embargo, siempre me quedaría con la ineficiencia demócrata antes que con la habilidad republicana.
Por ejemplo, desde hace años los republicanos de la Florida están empecinados en destruir el sistema de enseñanza pública. Cuando era gobernador, Jeb Bush hizo todo lo posible para lograrlo. Ahora Rick Scott está empeñado en terminar con la tarea iniciada por Bush. Mientras tanto, y durante años, hemos oído y leído a columnistas neoliberales repitiendo la bazofia de que estamos en medio de una “guerra cultural”, que nuestros centros de enseñanza no son más que una cueva de adoctrinadores izquierdas que le quieren lavar el cerebro a los alumnos.
¿La solución para todo ello? Coger millones de fondos del estado y ponerlos en manos privadas. Por ejemplo, darle unos cuantos millones a las escuelas del delincuente convicto Demetrio Pérez Jr.
Me dirán que el ejemplo de Pérez Jr. es un caso extremo, pero puedo responder que los millones otorgados a sus guarderías y escuelas son muy concretos, peso sobre peso.
Ahora está en marcha otro plan de tomar millones del Estado y dárselo a las grandes corporaciones, pero este plan es de una magnitud tan enorme que todavía tengo alguna esperanza de que no se pueda llevar a la práctica, al menos de que el electorado norteamericano no haya perdido la poca cordura que le queda. 
Desde hace años los republicanos quieren destruir también el seguro social y los dos programas de seguro médico existentes en el país (el Medicare y el Medicaid).
Lo que desean hacer es bien sencillo: tomar el dinero (la enorme cantidad de dinero) que el gobierno gasta al actuar como compañía aseguradora y dárselo a las aseguradoras privadas, que de esta forma se convertirían en compañías de seguro subsidiadas por el Estado.
Esto, en términos económicos, no es capitalismo de libre empresa, sino mercantilismo, el sistema en el cual determinados grupos se benefician de las arcas del Estado, y lo inició hace mucho tiempo atrás Luis XIV en Francia.
Lo más cínico es que la propuesta de plan de presupuesto, aprobada por la Cámara de Representantes —dominada por los republicanos— busca recortar los beneficios de Medicare y Medicaid, y al mismo tiempo mantener los recortes fiscales que se aprobaron en la era de George W. Bush para los ricos y las corporaciones. Un claro ejemplo de lo que llamo Robin Hood a la inversa.
Resulta insólito que los estadounidenses voten por un grupo de políticos que quieren quitarles sus derechos más elementales en lugar de botarlos a todos del Capitolio y la Casa Blanca―, pero es una de las grandes paradojas del sistema democrático en Estados Unidos, donde la demagogia y el dinero por lo general se imponen en las elecciones.

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