lunes, 25 de abril de 2011

¿La ilusión para qué?


Lo que llama la atención en tanto análisis y reportaje sobre el recién concluido VI Congreso del Partido Comunista de Cuba es la ilusión en la capacidad de los miembros de esta organización.
Se ha analizado la composición étnica, la división por géneros y la edad de los miembros de la cúpula partidista. Nunca como antes se ha destacado el fetichismo de la juventud, condenado al evento por mantener a una serie de octogenarios en la cúspide y alabado el ascenso de algún que otro cincuentón.
Sin embargo, el tanto hablar sobre estos aspectos elude otro fundamental: el camino para el ascenso a esta cúpula es torcido por naturaleza. Para entrar al Partido Comunista de Cuba (PCC) resulta imprescindible hacer tal número de concesiones, mentir tantas veces y prestarse a tantos juegos sucios que su carnet es, más que nada, un estigma.
La mala fama partidista radica, entre otras fuentes, en que identifica a individuos que han convertido en profesión el  estar cerca del poder.
Luego de transcurridos tantos años de la lucha insurreccional, la toma del poder y las acciones verdaderamente transformadoras, por décadas esos hombres y mujeres no han hecho otra cosa que acomodarse. Puede que en  lo individual alguno sea capaz de conducir los cambios necesarios que requiere el país, pero como conjunto el PCC no sirve para gobernar.
Una de las razones que incapacita al organismo para esa función es que sus miembros no son verdaderos servidores públicos. Comenzando por los hermanos Castro. El discurso inaugural de Raúl Castro solo hubiera tenido una validación moral si éste hubiera presentado su renuncia como punto final. El resto se limitó a un ejercicio que algunos consideran de crítica objetiva y otros más agudos de cinismo absoluto. Pero por encima de cualquier tipo de categorías, la pauta se repitió una vez más: señalar los problemas con amplitud y quedarse corto en las soluciones.
Esa impunidad, que es privilegio único del gobernante del país antes Fidel y ahora Raúl permite afirmar que el mandato nacional se ejerce a partir de concebir la república como hacienda. El hacendado puede equivocarse en cosechas, compras y ventas, pero ello no le impide conservar su propiedad si puede evitar la bancarrota.
Es precisamente en evitar la bancarrota donde radica el plan de cambios económicos de Raúl Castro, que hasta el momento no avanza más allá de alejarse un paso del abismo.
Si la república se concibe como hacienda, tampoco los cargos subalternos tienen que regirse por los criterios del servidor público en los países democráticos o asumir las características del burócrata gubernamental de acuerdo a la tipología weberiana (cuya acción se caracteriza por la eficiencia y la racionalidad), sino hacer todo lo posible para no ser excluidos de la relación de compadrazgo, simpatía o afinidad establecida por el hacendado.
Esto lleva a que en Cuba,  la distinción entre funcionario y burócrata venga dada por la simpatía que mantiene el sujeto con el hacendado en funciones de gobernante, y la clase burocrática no constituya el marco racional y legal donde se concentra la autoridad, sino un grupo de seguidores incondicionales sin otra opción que la obediencia formal. Es decir, formar una clase donde tener poder no significa tener autoridad. Es la autoridad central la que proporciona el poder. Visto así,  la clase gobernante es reaccionaria por naturaleza y opuesta a cualquier cambio, por el peligro que ello implica a perder poder  y privilegios.
La conclusión entonces del VI Congreso es el análisis de sus contradicciones, más allá que la simple descripción de unos resultados aparentes ya que hasta el momento de la elaboración de esta columna aún no se habían dado a conocer la redacción final de los famosos Lineamientos― y el enfatizar en la tendencia de tímida apertura hacia la empresa privada que estaba en marcha desde antes.
Dejando a un lado la propuesta de limitación de mandatos, efectista pero poco efectiva en la realidad, y la renuncia anunciada con anterioridad de Fidel Castro a cargo alguno partidista, lo principal que resalta luego de concluido el VI Congreso es lo que mucho que separa al discurso inicial de Raúl Castro de los resultados de la clausura, lo que equivale a un abismo entre el diagnóstico y el tratamiento. Es como si el médico reconociera a un enfermo con un grave padecimiento, que si no se atiende a tiempo puede causarle la muerte, y se limitara a mandarlo a la casa con una dieta líquida.
Cabe entonces la sospecha de si lo único logrado por Raúl es continuar firme en su intento de ganar tiempo ―ahora ya definido en años― y dejar la mayoría de los problemas a su relevo.
El actual presidente de Cuba ha podido mantener esta táctica con total impunidad hasta el momento no solo porque ha logrado consolidarse en el mando de forma sistemática y continua, sino gracias a la incapacidad de quienes lo rodean. Estos carecen de la capacidad de tomar la iniciativa y tampoco cuenta con la voluntad necesaria para hablar con voz propia y caminar con independencia, producto del condicionamiento de años y los criterios de selección, que han llevado a los menos aptos a los círculos más cercanos al poder central. Aquí cabe señalar cuánta ilusión tonta ha alimentado al exilio por años, desde las constantes apelaciones a un levantamiento militar hasta la mitificación de los protagonistas de la Causa No.1.
Desde una visión más descarnada ―y sin temor a ser incorporado a la cofradía de los tomadores de café del Versailles―, el VI Congreso no dejó de tener algo de reunión de familia mafiosa, donde los lugartenientes mantuvieron sus cargos y sus zonas de operaciones, quizá por la intervención del padrino en retirada o como una concesión de momento del nuevo padrino.  En este sentido, asistimos solo al inicio de un nuevo capítulo de la saga.
Esta es la versión completa de mi columna del lunes en El Nuevo Herald. La que aparece en el periódico tuvo que ser reducida por razones de espacio.
Fotografía: delegados al VI Congreso del PCC.

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