sábado, 16 de abril de 2011

La visión de los vencidos


Lástima que no se aprovechara la celebración del 50 aniversario de la derrota de la Brigada 2506 en Playa Girón/Bahía de Cochinos para realizar una catarsis sobre lo ocurrido.
Desde Cuba no podría esperarse otra cosa que un ridículo desfile triunfalista y el afianzarse una vez más en el pasado para seguir aferrándose al gobierno en el presente y creerse con derecho a dictar el futuro. Pero el exilio, sin embargo, podría haber dado una muestra de madurez con un recordatorio de los hechos que permitiera una visión más crítica y objetiva de lo ocurrido, y un análisis que incluyera no sólo a quienes perdieron la batalla ―en un intento infantil de dejar sin explicar los hechos― sino a los triunfadores del momento, que ahora también están en el destierro.
Porque si de algo debieron haber servido tantos años de exilio ―y los que aún quedan por cumplir― es de nivelador de experiencias, recuento detallado y estudio de causas y efectos. Solo tras un cambio profundo en Cuba se podrá llevar a cabo esa incorporación necesaria, a la valoración histórica nacional, de lo ocurrido en sólo tres días que duró la invasión.
Me refiero más a protagonistas, circunstancias y consecuencias que a los hechos en sí. Los análisis militares y políticos de lo ocurrido están en los libros, la documentación secreta que acompañó a los acontecimientos ha sido publicada y existe un buen número de testimonios valiosos que ya se han divulgado.
Lo que falta es ese paso más allá del conflicto, para entenderlo mejor.
Una invasión preparada, dirigida y subvencionada por un país extranjero, en que los cubanos del exilio solo pusieron la carne de cañón. Una derrota aplastante en menos de 72 horas. Una presentación pública de testimonios de los brigadistas, que en aquel momento se encontraban bajo la amenaza de ser fusilados, transmitida por la televisión nacional cubana y mantenida en estos días en el olvido en Miami. Un cambio por compotas y alimentos, manejada con habilidad por Fidel Castro para infligir el mayor bochorno posible a los expedicionarios. Una falsa promesa, por parte del asesinado presidente John F. Kennedy, de que devolverá la bandera de la brigada en ´´una Habana libre´´. Un sinfín de promesas incumplidas, imaginadas o simples ilusiones de los expedicionarios, de que Estados Unidos participaría directamente en el terreno militar. No es poco para un trauma.
Ese trauma se mantiene vigente y ha salido a relucir con fuerza en estos días, en testimonios, artículos y declaraciones.
Dos elementos claves en ese trauma son echarle la culpa del fracaso al gobierno de Estados Unidos, en especial al expresidente John F. Kennedy y el negar que el gobierno de Fidel Castro contara con un grado de apoyo en la población más fuerte que lo que vaticinaban en Washington y Miami, además de una maquinaria represiva mejor organizada de lo esperado y un aparato militar con un fuerte sustento popular.
En realidad, lo que la derrota significó para el exilio de Miami no fue el fin de una quimera ―que el régimen de La Habana no podría sobrevivir a un enfrentamiento con Estados Unidos y que Washington se lo iba a jugar todo en esa disputa― sino la prolongación de la misma hasta el día de hoy. Basta con revisar los errores, la fanfarronería y los juicios torcidos de entonces, cometidos por quienes militaban en el anticastrismo, y ver que éstos se han seguido repitiendo sin tregua.
Sin embargo, lo peor no es tanto la ceguera sobre lo ocurrido, como contar con la voluntad y los recursos para tratar de imponer esta visión distorsionada. Tal parece que en Miami hay una especie de condena a repetir una historia sin lecciones, más que un deseo de aprender del fracaso.

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