lunes, 11 de abril de 2011

Luis Ortega

Según contaban viejos periodistas hace unos 20 años en Miami, Luis Ortega era el creador de al menos dos géneros mercantilistas dentro del oficio, ya que le había dado dos vueltas ingeniosas a la vieja ocupación de escribir una reseña o artículo favorable a cambio de dinero.
Una era cobrar por escribir una pieza negativa sobre alguien. Luego, antes de publicarla, presentarse en casa del injuriado a enseñarle lo escrito. A partir de la reacción del calumniado ―podemos limitarnos a un escrito malicioso, pero las denuncias podían ser ciertas también― existían varias posibilidades, desde pedir más dinero por no publicarlo, y así obtener una cifra mayor de la que le habrían pagado por hacerlo, hasta conseguir una suma lo suficiente alta que permitiera invertir los términos, y que el calumniador inicial pasara a ser calumniado.
Más agudo aún era el cobrar por la reseña no escrita. Por ejemplo, un autor publicaba una obra. Ortega iba y compraba el libro, marcaba los párrafos más débiles, descubría errores o contradicciones o simplemente desarrollaba el esquema sobre el cual sustentar una crítica demoledora. Sin escribir aún una palaba, iba a visitar al autor o la autora, le explicaba en detalles cómo tenía pensado ´´hacer polvo´´ a la obra recién publicada y concluía su argumentación con una línea demoledora: ´´Si me pagas tanto no lo publico´´.
No sé cuánto hay de verdad en esas fábulas, que parecen salidas de una película de los hermanos Marx y que en más de una ocasión me las contaron como un oficio meritorio y no como ejemplo de amarillismo y chantaje, pero sí es cierto que durante décadas Ortega fue un periodista temido en Cuba. No tanto luego en el exilio.
Sería injusto limitar la trayectoria de Ortega a ese periodismo amarillista, que se desarrolló con fuerza en la isla durante varias décadas de la primera mitad del siglo pasado, hasta la llegada de Fidel Castro al poder.
Ortega hizo un análisis valioso del papel fundacional de la violencia en la política cubana y por años publicó una columna en el diario La Prensa en que criticaba a figuras del exilio y a los exiliados en general. La ironía incisiva que desplegaba en ella hacía que en Miami tuviera un buen público. Sin embargo, nunca publicó en El Nuevo Herald como columnista. Solo recuerdo una columna suya a la muerte de su esposa, pero en este caso primó un gesto de solidaridad humana del periódico. Creo que Álvaro Vargas Llosa ―durante su paso fugaz como director de Opiniones―estuvo considerando el ofrecerle un espacio, pero la idea, el interés o intención no llegó a materializarse.
Quizá pocos saben que Luis Ortega no solo fue la inspiración sino el fundamento de la trama, las descripciones y la atmósfera de un cuento de Guillermo Cabrera Infante: Un jefe salvado de las aguas. La anécdota que da pie al relato es más conocida: un pacto suicida homosexual, que Ortega no cumplió, y que terminó con él regresando a La Habana, salvado de las aguas por el lanchón de la basura que en esos momentos atravesaba la bahía.
Ya en el exilio, Ortega habló y escribió en contra de Cabrera Infante, y fue la razón o el pretexto que dio motivo para una agria pelea entre Agustín Tamargo y  el autor de Tres Tristes Tigres. La presencia de Ortega hablando mal de Cabrera Infante en el programa radial de Tamargo desencadenó lo que no fue una polémica sino un pleito desagradable, que puso fin a una amistad de toda una vida, y continuó hasta la muerte de ambos.
Es posible que las condiciones del pleito estuvieran dadas desde que Cabrera Infante divulgó la inclinación homosexual de Tamargo. El tema de los periodistas homosexuales cubanos―como por ejemplo el propio Tamargo o Carlos Castañeda―, que mantuvieron esa característica personal dentro de un ámbito más o menos secreto (el famoso closet) continúa siendo tabú, tanto en Cuba como en el exilio, cuando en realidad debería ser tratado de forma abierta y como un aspecto más de su personalidad.
En su narración Cabrera Infante también hace referencia a las simpatías fascistas de Ortega ―aquí también éste no estaba solo, hay un paso breve por el fascismo de Carlos Franqui y otro no tan breve de Tamargo―, y a ese poder que llegó a tener con su columna en Cuba, donde se creyó (Ortega) que podía poner y quitar presidentes, en un delirio político que, según Cabrera Infante, no era más que un odio profundo hacia la democracia.
Con el exilio todo fue menos dramático para Ortega. Cambió en varias ocasiones de posición política, no tanto respecto al exilio como al gobierno cubano. Esos zigzagueos ―que muchos en Miami especulaban que obedecían a intereses o necesidades económicas― carecieron de importancia, salvo en lo que respecta al chisme de aldea. El sitio Cubadebate lo recuerda con palabras cálidas. Eso me confirma que este párrafo no anda desacertado.

Bouguereau, sociedad y erotismo

La obra de William-Adolphe Bouguereau recorre con facilidad y simpleza dos mundos afines y contradictorios: la pintura de la segundad m...