sábado, 21 de mayo de 2011

El mayo español


Impúdica y rutinaria, la televisión cubana parece darse gusto con las imágenes de los españoles protestando. El propio Fidel Castro escribió, con una mezcla de ironía y vieja retórica: “¿qué pasará en España donde las masas protestan en las ciudades principales del país porque hasta el 40% de los jóvenes están desempleados, para citar solo una de las causas de las manifestaciones de ese combativo pueblo? ¿Es que acaso van a iniciarse los bombardeos a ese país de la OTAN?“. Pues bien, no se sabe lo que va a pasar. Lo que sí está más claro es lo que no va a pasar. Y lo que no va a pasar es que este movimiento que cobra fuerza por día, y surgió espontáneamente a partir de las manifestaciones populares del domingo 15 de mayo en 50 ciudades españolas, se diluya en otro domingo, el 22 de mayo, tras las elecciones autonómicas y municipales.
Las manifestaciones ―hablar de movimiento es aún demasiado arriesgado― fueron convocadas en su inicio por una pequeña organización de apenas unos meses de creada, Democracia Real Ya, que aglutina a miembros muy diversos pero con una característica común: están hartos de los partidos tradicionales, de su ineficacia y del hecho de que a los poderosos siempre les toque ganar. Se inspiraron originalmente en las revueltas estudiantiles griegas y luego en las revoluciones árabes, y han adoptado el uso de las redes sociales, el Twitter y los mensajes de texto, pero hasta aquí llegan las semejanzas.
A diferencia de lo que continúa ocurriendo en los países árabes, los manifestantes españoles no buscan ―hasta ahora― derrocar al gobierno. Van, hasta cierto punto, un paso más allá: quieren cambiar el sistema, pero no de la forma tradicional. Su pliego de reclamos guarda mucha más relación con una canción de Sabina que con un programa de gobierno. Un conjunto variopinto de exigencias y peticiones que van de lo utópico a lo realizable, pero que representan un afán por un socialismo verdadero ―más que cualquier otro proyecto―, que retoma en parte la filosofía que en sus inicios tuvo el mayo del 68 francés: lograr una renovación política que sacuda a la sociedad.
En España a nadie molesta tanto las protestas, ―que podrían definirse por su vocación anti Establishment― como al Partido Popular (PP), pero no por ello el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) sale bien librado de las manifestaciones. Es Izquierda Unida, como referente partidista, quien más se identifica con lo que ocurre, y quien más también tiene que ganar, no en conquistas sociales sino en algo más crudo y concreto: la tajada electoral. Entre los reclamos de los manifestantes está la modificación de la ley electoral, y cualquiera que haya hablado con un miembro de IU en los últimos años invariable ha tenido que escuchar la queja ―justa en su mayor parte― de que la ley perjudica a los pequeños partidos, que no obtienen la representación que se merecen pese a los votos ganados. Y más allá del PP y el PSOE, los pequeños partidos juegan un papel fundamental en la política española debido a las alianzas. Así que la reforma electoral es posible que sea uno de los grandes logros de los inconformes.
Quizá lo más interesante de lo que ocurre en Madrid y el resto de España ―las protestas amenazan con extenderse a toda Europa― es el nacimiento de una nueva forma de acción política, donde la organización, el apoyo y la movilización de los participantes se logra en corto tiempo y con el mínimo de recursos, gracias en buena medida al internet. También que, junto a solicitudes más o menos irreales, hay un grupo de peticiones claves, a las que los políticos deben buscar soluciones si quieren mantener sus cargos. De igual manera, las manifestaciones marcan el inicio del fin de la impunidad de los poderosos, el momento en que se descubre que la globalización es un camino de dos vías, que se inicia en el kilómetro cero de España, precisamente donde está situada la Puerta del Sol, y no una autopista en la que hay que pagar peaje para transitarla. Basta escuchar a un taxista de esta ciudad en los últimos años, para conocer que muchos de los reclamos que se oyen ahora en Sol llevan años circulando. Es algo que supera la tradicional división de partidos. Más allá de la izquierda y la derecha, las quejas han saltado del taxi a la calle.
Escribo esta columna el viernes por la tarde, y la situación puede complicarse dramáticamente en Madrid, a partir de la decisión de la Junta Electoral Central de prohibir las concentraciones del sábado (jornada de reflexión) y el domingo (día electoral). Es posible que haya una resolución del Tribunal Supremo, reunido para decidir sobre un recurso de IU contra la prohibición de las manifestaciones durante el fin de semana, y es posible también que no haga falta que intervenga la policía. Hasta el momento, el gobierno se ha mostrado reacio a una intervención por la fuerza, y evitar así la acusación posterior de que se ha convertido en el cancerbero del PP.
Tarde de sol madrileña. La ironía de Fidel Castro ha llegado a la prensa española. Sin embargo, nadie se detiene a levantar la cabeza y mirar al cielo. Pero, ¿hacia donde tienen que mirar los cubanos? A los que viven en la isla, el régimen les ha quitado muchas cosas. Entre ellas la posibilidad de salir a la calle e ilusionarse con la idea de que se asiste al nacimiento de una revolución.

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