jueves, 30 de junio de 2011

Los culpables


Años atrás imaginé este argumento. Se desarrollaba en una Cuba donde Fidel Castro había muerto, víctima de un atentado, a los pocos meses de tomar el poder en 1959. La Habana era una gran ciudad, al estilo de Caracas, donde el narcotráfico, el lavado de dinero y el turismo habían creado una megalópolis dueña y señora del país: rodeada de grandes barrios marginales, con casi cuatro millones de habitantes e infestada de supercarreteras que conectan con centros turísticos en ambas costas. Más allá de la capital, pueblos empobrecidos con algunas áreas privilegiadas de maquiladoras libres de impuestos. Varios puertos comerciales y aeropuertos para turistas y playas exclusivas. La ganadería, la minería y los cultivos reducidos a una pequeña porción de la economía nacional.
Como protagonista, la obra tendría un escritor que intenta desarrollar una novela, cuya trama gira en torno a un Castro (en la realidad del texto un personaje secundario de la historia de Cuba, al igual que Antonio Guiteras Holmes) que sobrevive al atentado que en las circunstancias imaginadas por mí le habría costado la vida. Sin embargo, para la imaginación del alter ego de la trama, Castro estaba vivo y se habría mantenido en el poder, luego de una recuperación milagrosa. Gobernaba el país sin dar muestras de ceder el poder. Esa era la esencia de la obra que intentaba crear, en realidad una novela dentro de una novela. El dilema del protagonista era darle verosimilitud a lo escrito por él, que en resumidas cuentas no sería otra cosa que estrictamente lo ocurrido en Cuba. Mientras, yo, como escritor de la obra, tendría que luchar por rodearlo de un entorno lo menos irreal posible, pero completamente imaginario.
Por la misma época una revista de Miami me pidió un artículo sobre la novela Fatherland, de 1992, escrita por el columnista británico Robert Harris, que imagina la victoria de Adolfo Hitler, tras la cual los productos, la cultura y la política nazi dominan en 1964 a una Europa que se prepara para celebrar el cumpleaños 75 del Führer y a recibir al presidente norteamericano, Joseph K. Kennedy, después de largos años de guerra fría entre el bloque alemán y Estados Unidos. La novela fue llevada al cine en 1994, protagonizada por Rutger Hauer y Miranda Richardson.
En la búsqueda de información sobre Fatherland, descubrí la existencia de un antecedente, The Man in the High Castle, del escritor de ciencia ficción norteamericano Philip K. Dick, publicada en Estados Unidos en 1962 y en España con el título de El hombre en el castillo, en 1968. Dick, fallecido en 1982, tiene una importante obra en el campo de la ciencia ficción, pero para el público en general es más conocido por los relatos que sirvieron de argumento a dos célebres películas, Blade Runner, protagonizada por Harrison Ford, y Total Recall, con Arnold Schwarzeneger.
El hombre en el castillo parte de la victoria del Eje sobre los Aliados. Japón y Alemania se han repartido el mundo. África es una gran reserva de ganado y cultivos. En Europa no queda un judío. Los líderes del Tercer Reich están vivos. Uno de ellos, Goebbels, encargado de la opinión pública de todo el planeta, está preocupado por la existencia de un libro. Se trata de una novela que circula clandestinamente. Su título, La langosta se ha posado. La obra insurgente plantea otra realidad, que aterra a los hitlerianos: el fascismo se desmoronó en Italia, los norteamericanos derrotaron al Japón y los Aliados vencieron en Alemania. La novela clandestina es furiosamente perseguida por los nazis, que intuyen que el libro posiblemente contenga otra cara de los hechos.
La narración de Dick está escrita con la ayuda del I Ching, o Libro de las mutaciones, un texto clásico de la cultura china usado con fines adivinatorios y que consiste en una serie de hexagramas. El hexagrama al que arriban los personajes de la novela, al final del libro, es el referido a la verdad interior. El texto clandestino se torna real: Japón y Alemania perdieron la guerra.
Es posible que Harris esté en deuda con Dick. Hay, sin embargo, un texto de Borges que antecede a ambos: Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, de 1944, en que el mundo, tal como lo conocemos, es suplantado poco a poco por un laberinto creado por una asociación mundial de conspiradores intelectuales. Una realidad omitiendo a la otra.
Desde hace tiempo me pierde una superstición que creo malsana, pero que no puedo evitar: tras tantas conjeturas se esconde otra idea, que es, a su vez, una nueva realidad. Quizá a Fidel Castro lo mantenemos vivos nosotros, hablando constantemente de él. Es por ello que yo y tú, que has llegado hasta este punto, somos también culpables.
Rutger Hauer en la versión cinematográfica de Fatherland

Marcha en reversa


El legislador Mario Díaz-Balart pretende con una enmienda, dentro del proyecto de ley de gastos para servicios financieros para el año fiscal 2012, revocar la orden del presidente Obama respecto a los viajes y remesas de cubanos con familiares en la isla.
La propuesta ha sido aprobada por el Comité de Asignaciones de la Cámara de Representantes. Díaz-Balart afirma contar con los votos necesarios para lograr la aprobación de la enmienda en el pleno de la Cámara. “Tenemos los votos bipartidistas”, afirma el legislador.
Más allá de que el legislador consiga su objetivo, vale la pena destacar dos aspectos que la propuesta encierra.
Uno es el más evidente. Díaz-Balart responde a la forma de pensar de sus electores, muchos de ellos pertenecientes al sector más retrógrado del exilio cubano. Estos votantes por lo general llevan decenas de años establecidos en este país, casi no mantienen vínculos familiares con la isla y no tienen en ella parientes tan cercanos o estimados que consideren deben mandarles algún dinero. Por otra parte, la inclusión de una enmienda dentro de un proyecto de ley mucho más amplio es una herramienta utilizada a diario en el Congreso, por legisladores que buscan impulsar proyectos más o menos personales. La mayoría de estas enmiendas no van a ninguna parte, pero cuando los políticos regresan de Washington a su base de votantes –o presentan los puntos más importantes de su labor, en cualquier campaña de reelección– se convierten en excelentes fichas para buscar el regreso a la capital de la nación o del estado. En este sentido, nada nuevo bajo el sol y nada tampoco que no esté dentro de los mecanismos de la democracia estadounidense.
El otro aspecto resulta más singular, y es el empecinamiento, por parte de un sector del exilio cubano y de quienes lo representan, en acciones y gestos cansados que no conducen a parte alguna, salvo al mantenimiento de una situación que por décadas viene beneficiando a quienes esgrimen las banderas del castrismo y el anticastrismo, en Cuba y en el sur de la Florida. Vivir del error. Sacarle lascas al horror.
Las restricciones a las remesas y los viajes a Cuba, implantadas por el gobierno del ex presidente George W. Bush, resultaron inútiles en cuanto a su supuesto objetivo de contribuir al derrocamiento de Castro. Es inadmisible que un gobierno imponga restricciones de viajes y trate de administrar el dinero de sus ciudadanos, salvo en casos de guerra.
El régimen castrista tiene que agradecerle a Mario Díaz-Balart su esfuerzo por revertir las medidas vigentes respecto a los viajes de cubanos a la isla y la intención de convertir a Estados Unidos en una nación que impone restricciones a la libertad de movimiento para los nacidos en Cuba. Durante largos años se ha criticado a La Habana por negarles la salida a sus ciudadanos e imponer un permiso de entrada a los que regresan a visitar a sus familiares. Entrar y salir del país de origen es un derecho de todo ciudadano. Ahora el legislador busca volver a la época de Bush, cuando se limitó las visitas familiares de quienes viven en el exilio a una vez cada tres años y sólo a familiares directos.
El presidente Bush logró el dudoso récord de lograr que, tras décadas de dictadura, los cubanos comenzaran a rechazar al gobierno de Estados Unidos. Las restricciones sólo trajeron gastos y engorros a los exiliados con vínculos familiares estrechos en la isla; dificultaron el trabajo de apoyo a la disidencia y alimentaron la retórica castrista, al permitirle al régimen, una vez más, presentarse en el papel de víctima de la agresión de un país poderoso.
Las medidas puestas en práctica por el expresidente Bush resultaron no solo contraproducentes, sino también ridículas. Se permitía, por ejemplo, mandar joyas a la isla, mientras estaba prohibido mandar calzoncillos. Unicamente un profundo rencor revanchista explica cualquier intento de vuelta a esa situación.
El triunfo republicano en las pasadas elecciones legislativas ha servido para alimentar expectativas peligrosas, que van más allá de la situación cubana. Los republicanos están dedicados, con fervor y escualidez, a que todo salga lo peor posible en los meses que restan hasta la próxima elección presidencial. Mientras más se hunda el país, más contentos se ponen y más crecen sus esperanzas.
Lo peor del caso es que esta actitud antipatriótica no despierta un rechazo generalizado. Nadie menciona que fue la pésima actuación de Bush como presidente y el haber conducido a este país a dos guerras –que solo han servido para enriquecer a corporaciones afines a su familia– la razón principal para el actual déficit, y que la falta de regulaciones bancarias causaron la debacle económica. Ahora los culpables se han convertido en fiscales y en este país una oleada de populismo reaccionario amenaza con hundirnos en una crisis aún peor. En estas condiciones, no resulta extraño que se intente la marcha en reversa en la política norteamericana hacia la isla: hay quienes aún se resisten –como los hermanos Castro– a perder ese protagonismo malsano sobre los destinos de Cuba. No se lleva la democracia a un país separando a las familias.

sábado, 11 de junio de 2011

Sensacionalismo y violencia en la historia de Cuba


En 1951, Aureliano Sánchez Arango, ministro de Educación del gobierno Auténtico de Carlos Prío Socarrás, acusó a Eduardo R. Chibás —el más popular político cubano del momento— de especular con el café y explotar a los campesinos. Chibás, al frente del Partido Ortodoxo, respondió con otra denuncia: el ministro estaba enriqueciéndose con los fondos del desayuno y material escolar, y con el dinero sustraído construyendo un reparto en Guatemala. Luego, al no poder demostrar los cargos, Chibás se disparó un tiro en el bajo vientre, el 5 de agosto de ese año. Murió 11 días más tarde.
El suicidio de Chibás abrió las puertas al golpe de Estado de Fulgencio Batista, que se produce unos meses más tarde. Lo ocurrido esa tarde de domingo galvanizó la situación que llevó a Fidel Castro al poder. Un disparo único de arma corta fue el detonante de una crisis nacional que aún persiste.
Hay un par de detalles que valen la pena destacar en ese hecho trágico. Uno es que Chibás se suicida durante la transmisión de su popular programa radial: una salida histriónica. El otro es que luego la revista Bohemia publica en portada la imagen del cadáver del político, con un ejemplar de la publicación colocado sobre el pecho, entre sus manos inertes. El título de portada: Con el último ejemplar de Bohemia entre sus manos.
El alcance de estos dos detalles, a primera vista anecdóticos, trasciende lo ocurrido. El suceso real se convierte en parábola para marcar el destino de la nación, por una vía iniciada con anterioridad pero que a partir de ese momento será definitoria: la violencia como recurso socorrido para zanjar una disputa  (en este caso Chibás la ejerce contra sí mismo, pero por lo general será contra el otro).  El factor emocional—llevado al extremo del irracionalismo— como estímulo para impulsar la actitud ciudadana. Muchas de las imágenes de la revista Bohemia, las publicadas durante los períodos sin censura, tras la instauración de la dictadura de Fulgencio Batista, y especialmente las aparecidas en los tres números especiales editados luego del primero de enero de 1959, jugarán un papel primordial en el acondicionamiento de estado de ánimo nacional, que será aprovechado al máximo por Castro. No es que las imágenes no fueran reales, pero su explotación con fines sensacionalistas contribuyeron a la aceptación o asimilación de un orden que poco a poco —o a veces de forma vertiginosa— se impuso como una salida a la crisis del país.
En última instancia, fue el uso de la violencia gubernamental y paragubernamental lo que llevó a la caída del régimen de Batista. También ésta se convirtió en el recurso más empleado frente a la ilegitimidad del gobierno establecido tras el golpe de Estado de 1952. Desde el inicio, la táctica de acción y sabotaje cumplía un fin estratégico muy preciso: llevar a un aumento del terrorismo de Estado.
Además de la represión y la violencia, el segundo factor decisivo para el triunfo de Castro es el hábil uso de la propaganda. La prensa del país, que contaba con 16 periódicos en 1959, un amplio número de cadenas de radio y una televisión sumamente avanzada no sólo fue incapaz de influir para el logro de una solución negociada del conflicto, sino que en buena medida ―de forma consciente o inconsciente― contribuyó a la victoria castrista.
 Esto no quiere decir que se tratara de un medio cómplice en la mayoría de los casos ―en lo que respecta a la prensa cubana, la norteamericana es otro asunto―, sino que las condiciones del país le impidieron desarrollar otras vías.
Frente al terror generalizado en los últimos meses de permanencia de Batista en el poder, la prensa ―censurada en muchas ocasiones― pudo hacer bien poco. Cuando Manuel Urrutia, en su función de presidente del tribunal, dictaminó que fueran absueltos un grupo de supervivientes del desembarco del yate Granma, que se encontraban presos, Batista respondió airado e hizo que el ministro de Justicia estableciera una demanda contra el magistrado. Entonces el conservador Diario de la Marina instó a Batista para que actuara de acuerdo a la Constitución y celebrara elecciones anticipadas. Pero el dictador se mantuvo firme en la fecha programada.
En otro caso, cuando fue arrestado Antonio Buch, el jefe de información del 26 de Julio en Santiago de Cuba, sus familiares acudieron a The New York Times y no a la prensa nacional. El diario norteamericano publicó una protesta, y es muy posible que ésta impidió que el revolucionario fuera ejecutado.
No siempre, por supuesto, el papel de la prensa nacional fue tan limitado. Pese al esfuerzo gubernamental para que no se informara sobre el plan de mediación de los obispos cubanos, entre los cuales se encontraba Monseñor Pérez Serante, la información apareció publicada. En muchas ocasiones el propio Castro se sirvió de la prensa establecida para dar a conocer sus opiniones, incluso cuando estaba “alzado”. Por ejemplo, el llamado Manifiesto de la Sierra apareció en las páginas de Bohemia.
La moderación fracasó cuando era más necesaria. Terminó por imponerse la violencia. Quizá resulte injusto exigirle tanto a la prensa de entonces, o en cualquier otro momento de la historia de la isla —sobreviviente a todos los naufragios pero sin dejar de ser naufraga siempre. No por ello deja de ser lamentable.
Fotografía: entierro de Eduardo Chibás.

La banalidad de la víctima


Escribe Hannah Arendt sobre el juicio a Adolf Eichmann en Jerusalén que el “error básico” del proceso fue que “los judíos querían arrojar toda su pena al mundo”, aunque “por supuesto —añade—, habían sufrido más que Eichmann”.
Para los exiliados cubanos la lección es doble. Primero porque muchos evocan el sufrimiento del pueblo judío mediante una comparación ridícula. De una manera ofensiva, tanto para Israel, Cuba y el exilio, se consideran los iguales de quienes sufrieron o incluso perdieron la vida en los campos de la muerte. En segundo lugar, porque es una advertencia contra la demagogia.
Desde hace años se adulteran en Miami una serie de conceptos vinculados a la historia y la realidad del pueblo judío, entre los cuales el Holocausto es uno, pero no el único. Esta maniobra, donde intervienen tanto la ignorancia como la mala intención, se lleva a cabo de forma impune. Ello implica que se tergiverse tanto la historia cubana como la hebrea.
Se desconoce la existencia de diferentes opiniones en Israel, y la tolerancia al respecto, pese a ser un Estado en guerra desde su fundación. Si bien al respecto se ha producido un cambio negativo en los últimos años, aún a estas alturas la realidad en ese país está lejos de esta versión que se quiere brindar aquí, como si la opinión entre los hebreos y el Gobierno israelí fueran algo monolítico. Por supuesto que se desconoce y omite también cualquier referencia al pensamiento socialista dentro de Israel, y sólo se ven los aspectos religiosos y familiares cuando se trata el problema judío.
La tolerancia israelí —que en el propio Israel se permiten manifestaciones contrarias— se desconoce. Se destaca únicamente la labor de la Liga contra la Difamación y casi a diario se oye decir en la radio: “Si fuéramos judíos (los cubanos) no podrían decir eso en contra de nosotros”, cuando la realidad es que no solo en el resto del mundo sino en el propio Israel cotidianamente se expresan criterios contrarios al pensamiento sionista.
Sin embargo, lo que resulta odioso es la banalización del Holocausto, tanto por el gobierno de la isla como por el exilio cubano. El Holocausto judío fue comparado por Fidel Castro, en 1956, en México, con los asesinatos a mansalva de los asaltantes al cuartel Moncada, capturados por el coronel Alberto del Río Chaviano y sus esbirros en 1953.
El periódico Granma publica frecuentemente artículos de condena al embargo norteamericano, y a la hostilidad económica de Washington hacia el Gobierno cubano, refiriéndose a los mismos como genocidio u holocausto. Son exageraciones. Por en desacuerdo que se esté contra estos actos y políticas, no son equiparables a los campos de concentración nazis, ni a lo que hizo Saddam Hussein contra el pueblo kurdo o los comunistas camboyanos contra su población.
En el exilio, diferentes políticos y comentaristas usan metáforas sobre un supuesto “holocausto cubano”. También aquí vemos el uso de un lenguaje inadecuado a la hora de condenar hechos que merecen la repulsa, pero a los cuales hay que saber nombrar adecuadamente.
Uno de los peores ejemplos al respecto no ocurrió en referencia al régimen de La Habana, sino durante la presidencia de Bill Clinton. Cuando los refugiados cubanos fueron confinados en Guantánamo, tras la Crisis de los Balseros de 1994, en esta ciudad a diario se hablaba y escribía sobre los “campos de concentración” de Guantánamo.
No hay que ser de origen judío para considerar que eso fue una ofensa a todo aquel que sufrió el exterminio nazi, o cuyos familiares pasaron por aquella monstruosidad. Pero a ello hay que agregar que la repetición de tal falsedad hacía inútil cualquier argumento a favor de quienes estaban detenidos en la Base Naval, ya que si se encontraban en campos de concentración, la consecuencia lógica era que el Gobierno norteamericano era nazi o fascista en un sentido general. Claro, no hay que olvidar que aquello se hizo con impunidad en Miami por el hecho sencillo de que Clinton era un mandatario demócrata. En el caso de un presidente republicano, ni la radio ni el resto de los medios de prensa en esta ciudad hubieran alentado tal tipo de patraña.
De igual forma actúan algunos de los llamados líderes comunitarios, que no son más que voceros siempre dispuestos a emitir un comentario, y que por complacencia o vagancia la prensa local y extranjera siempre acude a ellos. No solo hablan del “Holocausto cubano”, sino quieren igualarse al cabildeo hebreo y cada vez que hay algo que los incomoda —un cantante de la isla que llega a esta ciudad, un deportista que participa en una competencia que forma parte de unos juegos internacionales, y que tiene lugar aquí, un conferenciante en una universidad del área— repiten la misma jerigonza de que “a los judíos no le pueden hacer eso”.
Cualquier generalización que se intente, para equipararse a una población que por el simple hecho de pertenecer a una raza fue exterminada por millones, sólo sirve a los demagogos de turno. En Miami esto ha sido –y es– un truco barato.
El Holocausto no fue solo un crimen político, fue también un despropósito moral de una magnitud tal que rechaza cualquier comparación. Muchos genocidios se han producido a lo largo de la historia, pero el Holocausto tiene un carácter único, que lo distingue por encima de todos los otros crímenes. Es necesario hablar con un mínimo de corrección para lograr el respeto internacional. De lo contrario —de forma injusta y superficial— una parte de los exiliados cubanos seguirán siendo considerados como bullangueros políticos por el resto del mundo.
Fotografía: jóvenes hebreos cubanos esperan por la distribución de medicinas traídas a la isla por turistas judíos, en esta foto de archivo del 26 de abril de 2005.

Engañados y sedientos


Desde hace meses, el suministro de agua potable en La Habana presenta la situación más crítica de los últimos 50 años, con más de 100.000 personas que dependen de carros cisterna para recibir el servicio y las fuentes de abastecimiento a punto de colapsar.
Con el aumento de los costos de la gasolina, y pese al petróleo que suministra Hugo Chávez, es de esperar que el servicio de carros cisternas —las “pipas”, como se les conoce en La Habana— se reduzca. En todo caso, es seguro que hacerle llegar agua a los habaneros resultará cada vez más caro y el sistema de “pipas” es una aberración económica.
Incluso el diario oficial Granma reconoció la situación meses atrás, cuando el viernes 21 de enero publicó que la capital cubana tiene actualmente “la situación más crítica del último medio siglo” en cuanto a la disponibilidad del líquido, y pierde el 70% del agua bombeada a los consumidores en el trayecto hasta su destino.
Granma añadía en su información que existe un “notable descenso” de los volúmenes acumulados en fuentes de abastecimiento subterráneas y superficiales, debido a la sequía de los últimos dos años y al mal funcionamiento de un acueducto “deteriorado por el paso del tiempo”.
“Por la gravedad de la contingencia, se valora la posibilidad de cortar el servicio a los que sobrepasen el consumo planificado”, advertía el diario, con una insistencia a reducir el consumo en el sector estatal y “sensibilizar” a la población para “extremar las medidas de ahorro”.
Para paliar la situación, el gobierno prevé construir varias conductoras para mejorar la entrega de agua, instalar válvulas, perforar pozos, rehabilitar las redes en mal estado, suprimir fugas en campos de pozos y grandes conductoras.
Así que tenemos una situación de sequía en Cuba, lo cual es real, y un esfuerzo del gobierno por mejorar las redes de abastecimiento, lo que resulta dudoso, por decir lo menos.
Dudoso no por un afán ideológico de ver solo lo malo en Cuba, sino por un inevitable enfrentamiento con la realidad del país. Basta con una rápida mirada a lo que el propio Gobierno cubano ha publicado en los últimos años:
Un cable de la agencia Associated Press, del 15 de mayo del 2007, informaba que las redes de acueductos, en particular las de la capital, serán rehabilitadas tras años de servicio ineficiente que incluso provocaba la pérdida de hasta el 55 por ciento del líquido bombeado, de acuerdo con lo publicado en los medios de prensa del país. El programa, inaugurado por el entonces vicepresidente Carlos Lage la víspera, permitirá desde 2007 a 2011 la reparación en La Habana de unos 2.032 kilómetros de estas cañerías, según el periódico Juventud Rebelde. La información cablegráfica añadía que, para llevar adelante el plan, se contaba con un financiamiento de 60 millones en moneda libremente convertible y la participación de cuatro empresas ejecutoras: la Constructora de Recursos Hidráulicos, los contingentes Blas Roca Calderío y Raúl Roa y Aguas de La Habana. También la información añadía que los escapes de agua y las viejas cañerías son uno de los principales problemas que enfrenta la isla, pues el líquido no llega a los hogares y se desperdicia, mientras los periodos de sequía afectan este recurso limitado. En igual sentido, agregaba que la rehabilitación se extendería hasta las provincias de Las Tunas, Camagüey y Holguín, e incluso señalaba que las obras iban a comenzar la semana entrante.
Pues bien, ¿dónde están las reparaciones, los millones invertidos y las empresas ejecutoras? Porque hasta ahora lo único cierto en ambas informaciones de prensa es que hay sequía, salideros y que no hay agua.
Si en 2007 alguien pudo tener esperanza de que para 2011 el problema podría estar aliviado, al menos en parte, debe estar ahora mirando para otras aguas, las que se aprecian desde el malecón habanero y rodean la isla. El mar que separa a los que viven en Cuba de otros países.
Hay una forma efectiva con la que se desenmascara a la prensa oficial cubana, respecto a las mentiras, medias verdades y manipulaciones que, sobre la situación nacional, se publican a diario, y es simplemente comparando las informaciones de hoy con las de un tiempo atrás.
En el reportaje del 21 de enero de este año, al tiempo que se señala que “en el plan de inversiones aprobado para 2011 hay destinados catorce millones de pesos para la ejecución de diversas obras dirigidas a mitigar el efecto de la sequía sobre el estado de las fuentes y la distribución de agua”, no hay el menor intento de analizar los posibles resultados y lo que significa ese plan de inversiones. Tampoco de señalar que las cifras de inversiones resultan insuficientes en extremo frente al problema existente.
Por ejemplo, se menciona que “desde hace tiempo la capital trabaja en la rehabilitación de las redes en mal estado (en el año 2010 fueron reparados 82,3 kilómetros), y la supresión de salideros en campos de pozos y grandes conductoras”. Pero este dato no se confronta con otro anterior, que señala el “mal estado técnico de unos 2.194 kilómetros de redes”. Es decir, al ritmo actual serían necesarios al menos ¡26 años! para reparar todas las redes, y eso bajo la hipótesis imposible de que no se deteriore ni una cañería, cuando lo más probable que unos pocos años lo que aumente sean las roturas y salideros, por la antigüedad del sistema y el abandono que ha sufrido por años. ¿Y los 2.032 kilómetros de Lage? ¿Se repararon o no se repararon?
De forma sistemática la prensa oficial de la isla sigue ocultando información o dándola a conocer a medias. Que aparezcan con cierta frecuencia reportajes e informaciones que señalan algunos de los problemas que sufre la población cubana resulta un avance, pero se trata de una simple gota en un océano de despilfarro, mala organización y desidia.

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