sábado, 11 de junio de 2011

La banalidad de la víctima


Escribe Hannah Arendt sobre el juicio a Adolf Eichmann en Jerusalén que el “error básico” del proceso fue que “los judíos querían arrojar toda su pena al mundo”, aunque “por supuesto —añade—, habían sufrido más que Eichmann”.
Para los exiliados cubanos la lección es doble. Primero porque muchos evocan el sufrimiento del pueblo judío mediante una comparación ridícula. De una manera ofensiva, tanto para Israel, Cuba y el exilio, se consideran los iguales de quienes sufrieron o incluso perdieron la vida en los campos de la muerte. En segundo lugar, porque es una advertencia contra la demagogia.
Desde hace años se adulteran en Miami una serie de conceptos vinculados a la historia y la realidad del pueblo judío, entre los cuales el Holocausto es uno, pero no el único. Esta maniobra, donde intervienen tanto la ignorancia como la mala intención, se lleva a cabo de forma impune. Ello implica que se tergiverse tanto la historia cubana como la hebrea.
Se desconoce la existencia de diferentes opiniones en Israel, y la tolerancia al respecto, pese a ser un Estado en guerra desde su fundación. Si bien al respecto se ha producido un cambio negativo en los últimos años, aún a estas alturas la realidad en ese país está lejos de esta versión que se quiere brindar aquí, como si la opinión entre los hebreos y el Gobierno israelí fueran algo monolítico. Por supuesto que se desconoce y omite también cualquier referencia al pensamiento socialista dentro de Israel, y sólo se ven los aspectos religiosos y familiares cuando se trata el problema judío.
La tolerancia israelí —que en el propio Israel se permiten manifestaciones contrarias— se desconoce. Se destaca únicamente la labor de la Liga contra la Difamación y casi a diario se oye decir en la radio: “Si fuéramos judíos (los cubanos) no podrían decir eso en contra de nosotros”, cuando la realidad es que no solo en el resto del mundo sino en el propio Israel cotidianamente se expresan criterios contrarios al pensamiento sionista.
Sin embargo, lo que resulta odioso es la banalización del Holocausto, tanto por el gobierno de la isla como por el exilio cubano. El Holocausto judío fue comparado por Fidel Castro, en 1956, en México, con los asesinatos a mansalva de los asaltantes al cuartel Moncada, capturados por el coronel Alberto del Río Chaviano y sus esbirros en 1953.
El periódico Granma publica frecuentemente artículos de condena al embargo norteamericano, y a la hostilidad económica de Washington hacia el Gobierno cubano, refiriéndose a los mismos como genocidio u holocausto. Son exageraciones. Por en desacuerdo que se esté contra estos actos y políticas, no son equiparables a los campos de concentración nazis, ni a lo que hizo Saddam Hussein contra el pueblo kurdo o los comunistas camboyanos contra su población.
En el exilio, diferentes políticos y comentaristas usan metáforas sobre un supuesto “holocausto cubano”. También aquí vemos el uso de un lenguaje inadecuado a la hora de condenar hechos que merecen la repulsa, pero a los cuales hay que saber nombrar adecuadamente.
Uno de los peores ejemplos al respecto no ocurrió en referencia al régimen de La Habana, sino durante la presidencia de Bill Clinton. Cuando los refugiados cubanos fueron confinados en Guantánamo, tras la Crisis de los Balseros de 1994, en esta ciudad a diario se hablaba y escribía sobre los “campos de concentración” de Guantánamo.
No hay que ser de origen judío para considerar que eso fue una ofensa a todo aquel que sufrió el exterminio nazi, o cuyos familiares pasaron por aquella monstruosidad. Pero a ello hay que agregar que la repetición de tal falsedad hacía inútil cualquier argumento a favor de quienes estaban detenidos en la Base Naval, ya que si se encontraban en campos de concentración, la consecuencia lógica era que el Gobierno norteamericano era nazi o fascista en un sentido general. Claro, no hay que olvidar que aquello se hizo con impunidad en Miami por el hecho sencillo de que Clinton era un mandatario demócrata. En el caso de un presidente republicano, ni la radio ni el resto de los medios de prensa en esta ciudad hubieran alentado tal tipo de patraña.
De igual forma actúan algunos de los llamados líderes comunitarios, que no son más que voceros siempre dispuestos a emitir un comentario, y que por complacencia o vagancia la prensa local y extranjera siempre acude a ellos. No solo hablan del “Holocausto cubano”, sino quieren igualarse al cabildeo hebreo y cada vez que hay algo que los incomoda —un cantante de la isla que llega a esta ciudad, un deportista que participa en una competencia que forma parte de unos juegos internacionales, y que tiene lugar aquí, un conferenciante en una universidad del área— repiten la misma jerigonza de que “a los judíos no le pueden hacer eso”.
Cualquier generalización que se intente, para equipararse a una población que por el simple hecho de pertenecer a una raza fue exterminada por millones, sólo sirve a los demagogos de turno. En Miami esto ha sido –y es– un truco barato.
El Holocausto no fue solo un crimen político, fue también un despropósito moral de una magnitud tal que rechaza cualquier comparación. Muchos genocidios se han producido a lo largo de la historia, pero el Holocausto tiene un carácter único, que lo distingue por encima de todos los otros crímenes. Es necesario hablar con un mínimo de corrección para lograr el respeto internacional. De lo contrario —de forma injusta y superficial— una parte de los exiliados cubanos seguirán siendo considerados como bullangueros políticos por el resto del mundo.
Fotografía: jóvenes hebreos cubanos esperan por la distribución de medicinas traídas a la isla por turistas judíos, en esta foto de archivo del 26 de abril de 2005.

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