lunes, 11 de julio de 2011

La balsa y la noticia


Además de la materialización de un anhelo y un cambio total de vida, el emigrar define no sólo al individuo sino a su nación de origen. En lo que respecta a los cubanos, a través de los años ha ocurrido una transformación paulatina amplia y profunda al mismo tiempo de la forma en que se percibe a quienes llegan de la isla.
Vale la pena analizar brevemente el cambio en la representación del inmigrante, una simbología que ha evolucionado del mito del héroe-balsero a la denuncia del contrabando humano; de la epopeya de enfrentar la Corriente del Golfo en débiles embarcaciones o en muchos casos incluso en simulacros de embarcaciones a los guardafronteras persiguiendo las lanchas rápidas de los contrabandistas. Y aunque la tragedia no deja de estar presente, la entrada ilegal de cubanos ha perdido en parte su justificación política. Es vista ahora en el mejor de los casos como un drama familiar, al tiempo que es condenada por muchos que, por los medios más diversos, siguieron un camino similar con anterioridad.
Este esfuerzo que se ha llevado a cabo con éxtio en los últimos años, para poner fin a la inmigración ilegal y acabar con el contrabando humano, responde no sólo a los intereses fronterizos y de estabilidad nacional de Estados Unidos así como a la necesidad de frenar una actividad delictiva, sino que también avanza en la elaboración de una política migratoria respecto a Cuba de cara al futuro, cuando llegue el día en que los cubanos perdamos gran parte de nuestros privilegios a la hora de emigrar, debido a un cambio político en la Isla. No más el proclamar la llegada a “tierras de libertad” como salvoconducto de entrada.
Por encima de cualquier etiqueta política que identifique a quienes ocupan la Casa Blanca y el Congreso, con respecto a Cuba y desde el punto de vista migratorio, Estados Unidos no ha hecho más que proseguir el camino ya iniciado a mediados de la década de 1990, en que al tiempo que se estableció la devolución de los cubanos, y se convirtió a la fuga en un doble escape de las autoridades norteamericanas en alta mar además de las cubanas en mar y tierra, se empezó a observar el fenómeno migratorio, por parte de los propios exiliados cubanos, de forma similar al existente en otras naciones —México, Haití, Latinoamérica en general—, al considerar a los recién llegadosy al considerarse éstos también en muchos casos como inmigrantes económicos.
Durante muchos años la política migratoria ha sido utilizada como un instrumento político, por parte de EEUU y Cuba. Dos países disímiles unidos por un problema común, mientras miles de desesperados continúan buscando un destino mejor.
La Ley de Ajuste Cubano —promulgada en 1966, durante la presidencia del demócrata Lyndon Johnson— se fundamenta en que los cubanos no pueden ser deportados, ya que el gobierno de La Habana no los admite, que en cualquier caso estarían sujetos a la persecución y que en la isla no existe un gobierno democrático. La abolición de esta ley es el reclamo preferido y constante de los funcionarios cubanos, durante las diversas reuniones migratorias llevadas a cabo entre Washington y La Habana. Clinton logró darle un rodeo a la ley, con la infame política de “pies secos, pies mojados” y el acuerdo con Castro de que los inmigrantes devueltos no serían perseguidos y podían regresar a sus casas.
Cuando en julio del 2004 se promulgaron las medidas que limitaban los viajes familiares y las remesas a la isla, salió a relucir el argumento de que quienes iban a Cuba lo hacían fundamentalmente por motivos económicos.. En apoyo a las restricciones, los propios miembros de la comunidad exiliada, que defienden a ultranza la medida, recurrieron al argumento de negarles a la mayoría de los cubanos llegados en los últimos años la categoría de perseguidos políticos. Ahora que hay un nuevo intento de darle marcha atrás al reloj y restablecer las restricciones promulgadas por Bush, el mismo argumento ha vuelto a relucir. Con cierta envidia en el tono de voz, con indignación provinciana e ínfulas inquisitoriales, se vuelve a escuchar que quienes viajan a Cuba van a la búsqueda de placeres sexuales baratos o con el objetivo pueril de vanagloriarse con dinero sacado de las tarjetas de crédito. Afirmar que quienes llegaron primero son los verdaderos exiliados políticos, y quienes vienen ahora son simples inmigrantes económicos.
El error de esta discriminación radica en trasladar al sujeto que abandona el país la responsabilidad por las razones que lo llevaron a irse: confundir la causa con el efecto.No importa la fecha de llegada al exilio. Hasta ahora, la categoría de exiliado político la “otorga” el régimen de La Habana. Lo viene haciendo desde hace muchos años. Se la ha “conferido” a todo aquél que ha dejado la isla, con independencia de motivos, voluntad y aspiraciones.
A veces cargada de ironía, otras cómica o trágica, la obsesión de escapar del régimen castrista no deja de ser casi a diario. Imposible apartar la anécdota de los motivos; la astucia y el engaño de la desesperación y la angustia; la esperanza del fracaso. Pero siempre es una historia triste.
Fotografía: éxodo del Mariel.

 

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