martes, 19 de julio de 2011

Las apariencias del cambio


Por momentos da la impresión que Cuba alberga dos naciones distintas. Durante los últimos años hemos asistido al desarrollo de una política exterior exitosa, multiplicarse los acuerdos, diversificarse las fuentes de ingresos y consolidarse un importante número de inversiones. También se ha permitido la expresión de opiniones diversas —bien es cierto que en limitados asuntos— y la aceptación de comportamientos alternativos, más allá de lo que por décadas fue el patrón oficial de conducta, en aspectos que van de las preferencias sexuales al modo de ganar dinero por medios lícitos.
Con una consistencia absoluta, que desafió los pronósticos, asistimos a un traspaso de poder —por momentos de alcance limitado, otras veces más amplio de lo esperado— que ha logrado despreciar cualquier intento de acercamiento por parte de Washington.
Sin embargo, donde el Gobierno cubano no logra levantar cabeza es en un desarrollo económico que se exprese en mejoras en el nivel de vida de la población, y el “enemigo” que de forma pausada pero constante ha comenzado a ganarle batallas es el sector privado de la economía.
Permitido a una escala que ha motivado que —a veces con desprecio y otras con razón— se le considere simplemente como la multiplicación de timbiriches, esos pequeños negocios y esfuerzos personales han comenzado a cambiar no solo la situación del país sino hasta su paisaje.
El sector privado ha demostrado una mayor eficiencia en la construcción de viviendas que el Estado. Pero no solo eso. Los trabajadores privados, que incluye a campesinos y a cuentapropistas, fueron los que más ganaron en el año 2010 en la isla..
De acuerdo con un informe de la estatal Oficina Nacional de Estadísticas (ONE), los 589.000 campesinos que trabajan de manera privada ganaron el año pasado 4.949 millones de pesos (197 millones de dólares), mientras los 147.000 cuentapropistas ingresaron 1.805 millones de pesos (73 millones de dólares).
Esto significa que los campesinos tuvieron un promedio de ingresos mensuales de 700 pesos (28 dólares) y los cuentapropistas de 1.023 pesos (41 dólares), muy por encima de los 448 pesos (18) que ganaron como promedio los 3,9 millones de trabajadores del sector estatal ese año, que ingresaron 20.782 millones (831 millones de dólares).
Asombra la distancia entre ese aparato efectivo de control nacional que ha logrado mantenerse sin variaciones, por una parte, y esos resultados tan pobres, en lo que tiene que ver con la satisfacción de las necesidades de la población. Por ello no resulta singular encontrar convertido en noticia el surgimiento de un puesto de fritas o la reapertura de una tienda de tarecos con precios exagerados. Como si fuera necesaria la actuación de un Estado poderoso para poner a la venta candados y tuberías. Ridículo que un aparato tan completo y complejo, a la hora de actuar con éxito en la represión, sea tan torpe y limitado cuando se trata de ofrecer unos cuantos artículos.
Del ensanchamiento o la disminución de la brecha entre la Cuba del ciudadano de a pie y la Cuba que a los ojos del mundo intenta ofrecer una visión de permanencia, estabilidad y desarrollo depende el fracaso o el triunfo del gobierno de Raúl Castro.
Las apariencias de estabilidad, sin embargo, no deben hacer olvidar que lo que hasta ahora ha resultado determinante —en casi todas las naciones que han enfrentado una situación similar—, a la hora de definir el destino de un modelo socialista, es la capacidad para lograr que se multipliquen no mil escuelas de pensamiento sino centenares de supermercados y tiendas.
El mantenimiento de un poder férreo, que sobrevive por la capacidad de maniobrar frente a las coyunturas internacionales ―y se sustenta fundamentalmente en la represión y el aniquilamiento de la voluntad individual― resulta obsoleto, en el sentido más nefasto para las libertades individuales, frente al desarrollo de una sociedad que avanza en lo económico y en la satisfacción de las necesidades materiales de la población, sobre la base de una discriminación económica y social creciente —fiel reflejo de la existente en las democracias occidentales— y conserva a la vez el monopolio político clásico del sistema totalitario.
Esta disyuntiva, que abre un camino paralelo a las esperanzas de adopción de cualquiera de las alternativas democráticas existentes en Occidente, no es ajena a la realidad cubana. Poco a poco ha surgido en Cuba —frente a una impotencia occidental que de forma hipócrita mira sin querer ver y un temor nacional que no se atreve a declararlo— la necesidad de decidir un camino entre la China de hoy, de cara al futuro, o al menos en la adopción de la versión vietnamita (más limitada), y la Corea del Norte aferrada al ayer.
Por supuesto que ambas vías arrojan por la borda cualquier ilusión democrática, pero no por ello son cada vez más reales ante la aceptación —con disimulado júbilo o a regañadientes— de que la transformación política en la isla es a largo plazo. Y sin embargo, se mantiene la presión económica que obliga a reconocer que el proyecto nacional de un país pequeño y tan interdependiente del espejismo de una imaginaria ciudad-Estado, que simboliza Miami, puede definirse sólo de forma frágil sobre el concepto de excepcionalidad.
¿Cómo conformarse con una nueva tienda cada tres o seis meses, si en esta ciudad, donde viven tantos cubanos, surgen decenas cada semana? Hasta ahora, la política de aislamiento —practicada con éxito en lo político por quienes controlan el poder en ambas orillas— ha sido el obstáculo principal, que ha impedido que la influencia de aquí para allá sirva poco más que de ayuda para la subsistencia de los residentes en la isla, y de vía de escape que sustituye por la fuga cualquier esfuerzo en pro de una difícil acción política nacional.
Vía de escape que desde hace años también se trata de limitar —con la complacencia declarada de un sector del exilio cuyos miembros desde hace años se han convertido en votantes estadounidenses— no solo para hacer realidad la táctica de aumentar la presión mediante el cierre de la válvula de escape, sino para limitar la incidencia, a la hora de dar a conocer sus puntos de vista en las urnas, de las nuevas oleadas de refugiados, y tratar de conservar la resquebrajada —o ya superada por completo— “unidad del exilio”.
Está por verse si el pragmatismo de Raúl Castro termina por brindar frutos mayores a los expresados por unos pocos indicadores económicos y el avance lento del sector privado en la esfera de la producción y los servicios, con cifras que superen esos números raquíticos que la prensa cubana da como grandes logros.

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