lunes, 22 de agosto de 2011

La fragilidad del mal


De pronto la vida se ha tornado frágil para los hijos de los dictadores. Es un fenómeno nuevo que los debe tener sorprendidos. A diferencia de sus padres, que es posible que para llegar al poder hubiera tenido que luchar durante algún tiempo, llevar a cabo un golpe de Estado o ascender a la cumbre mediante intrigas y asesinatos, pero siempre a riesgo de perder la vida en una de esas escaramuzas, los supuestos delfines se la tenían bastante fácil: una escolta constante no solo para proteger sino para soportar las peores majaderías, estudios en universidades y sitios privilegiados en los que nunca pudieron, a su edad, poner un pie sus padres y lo que vendrían a ser placeres sin milites, una frase banal pero verdadera. Cierto que existían rivalidades entre hermanos que a veces se resolvían con la muerte, pero esos eran simples problemas domésticos. La clave, en todo caso, era convencer a la figura paterna, como no bastaba el simple hecho de ser el progenitor o por no serlo, y lo demás una dulce mezclas de halagos y habilidad.
Ahora no es así, uno tras otro hemos visto caer al hijo tras el padre, muertos o encarcelados. No hay sucesión segura. Es más, se impone que los herederos piensen sobre la testarudez paterna, cuando aún es tiempo y dedique un momento a hacer las maletas.
Hay cierto empecinamiento en la historia y la política, de repetir un guión similar. Tras largos de poder absoluto, gobiernos totalitarios que parecían eternos se desmoronan en semanas, días, incluso horas. Las plazas que por décadas se realizaron discursos en que se ensalzaba al dictador caen en manos de los opositores y son rebautizadas de inmediatos, los cientos, miles de carteles con la imagen del hasta entonces poderoso jefe de Estado son pisoteadas, escupidas, desechas en minutos.
Al parecer dos de los hijos de Gadafi han sido arrestados. Uno de ellos es Gadafi Saif al Islam, quien era visto como el posible sucesor del dictador. En la foto de arriba lo vemos en uno de sus días de gloria cotidiana, ya pasados: elegante, de aspecto decidido y rostro inteligente. Por un momento representó sin duda un rostro más civilizado y conciliador que su padre, ese asesino con trajes de opereta. Pero en la práctica era igualmente brutal que su hermano, aparentemente también preso, Khamis Gadafi. Saif al Islam fue la esperanza reformista, en cuanto a inversiones extranjeras y cambios económicos, para algunos círculos occidentales, mientras que otros lo consideraban simplemente un instrumento de su padre, destinado a lograr, precisamente, que esas reformas nunca llegaran. En un discurso por televisión, y durante el inicio de la revuelta, mostró su verdadera cara en un discurso televisivo, en que amenazaba con un dedo y prometía acabar con todos los opositores
En esta etapa final de la Era Gadafi, que Libia inauguró el domingo, no ha servido de nada ni la astucia de Saif al-Islam ni la bestilidad de Khamis, jefe de policía y de la Brigada Khamis, el núcleo duro de las fuerzas especiales. La temida Brigada Khamis ha resultado la sorpresa del día, al ofrecer una mínima resistencia a los rebeldes.
Podrá demorarse más o menos, pero en la vida de muchos de estos dictadores llega el momento en que, como que se les agota la cuerda. A veces es necesaria la ayuda exterior, como en el caso de Libia, para que ello ocurra. Otras, el ejemplo de Stalin, nunca ocurre y la cuerda que se les agota es la de la vida, no la del régimen, que se extiende más allá con otros nombres, otras épocas. En el mundo en que vivimos hay cada vez menos esperanzas, pero esta es una de ella: que las cuerdas se están acabando inexorablemente.

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