lunes, 19 de septiembre de 2011

La cometa china y el papalote cubano



Isaac Deutscher cita a León Trotsky, quien afirmó en una ocasión que la revolución rusa corría el peligro de ser derrotada no sólo por una invasión armada, sino por una “invasión de mercancías extranjeras baratas”. El vaticinio de Trotski resultó correcto. Al final fueron los objetos de consumo y no los misiles los que hicieron polvo al imperio soviético. Mucho se ha hablado de la victoria del capitalismo frente al socialismo. Menos del triunfo chino en una confrontación similar. Que el país asiático se haya convertido en una forma peculiar de capitalismo de Estado no resta importancia al hecho de que, en una confrontación entre democracia y totalitarismo, la opresión conserve la delantera. Los esquemas ideológicos continúan limitando la comprensión de los procesos políticos. China se ha beneficiado en gran parte de la derrota de la URSS. Su éxito es la consecuencia lógica de apartarse del proyecto soviético en lo económico, pero las estructuras de dominación política se conservan casi intactas y son similares a las existentes en Moscú hasta hace pocos años.
Entre finales de los años cincuenta y principios de la década de los sesenta del pasado siglo, la Unión Soviética se aferró a la política de preservación del status quo en el equilibrio internacional. Nikita Jruschov temía el surgimiento de conflictos en Asia, el Oriente Medio y Africa, que apartaran a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) del avance en el terreno económico y social, en el cual estaba empeñado a fin de competir con el mundo capitalista, no mediante conquistas militares sino en el campo del dominio comercial y el bienestar ciudadano. Sólo el peligro de que Hungría se apartara del campo socialista –creado tras la Segunda Guerra Mundial– lo impulsó a invadir a ésta en 1956. Fue renuente en brindar ayuda a Vietnam, obligó a los comunistas iraquíes a reconocer incondicionalmente al general Abd al-Karim Kassem y durante la mayor parte de la lucha insurreccional el Partido Socialista Popular cubano no vio con buenos ojos la lucha guerrillera de Castro en la Sierra Maestra. A su vez, trataba de que la China de Mao Tse-tung y la Yugoslavia de Josip Broz Tito regresaran al redil soviético. Si bien la política de Jruschov no era monolítica –la KGB trabajaba y se mantenía al tanto de las condiciones existentes en cualquier nación para extender el comunismo–, en el terreno internacional se mantuvo el principio de la “coexistencia pacífica” tras de su destitución, una prolongación de la idea estalinista de “socialismo en un solo país”. El fracaso de Jruschov fue –además de sus limitaciones personales– la imposibilidad entonces de encontrar una fórmula de modificar el sistema sin destruirlo (Mijail Gorbachov y los gobernantes chinos representan los dos extremos a que se pudo llegar en esta búsqueda). Tras su destitución, la URSS experimentó un retroceso hacia el énfasis en formas de dominación política y militar –por otra parte nunca abandonadas durante el régimen de Jruschov.
Nadie como Castro hizo tanto por cambiar el principio de la “coexistencia pacífica”. Ni siquiera Ho Chi Minh en Vietnam, quien logró la derrota mayor contra Estados Unidos –y de amplias consecuencias para la sociedad norteamericana– pero se mantuvo aferrado a un nacionalismo independentista. Ante los ojos del mundo, para el mandatario cubano la ecuación aparecía planteada en términos opuestos a los del Tío Ho: la declaración de un internacionalismo a toda prueba era su forma peculiar de divulgar una política nacional. Pero las banderas que ondeaban en la Plaza de la Revolución ocultaban un cálculo exacto de riesgos y conveniencias en que poco contaban la explotación capitalista y el sufrimiento neocolonial. Contrario al Che Guevara, Castro no es un aventurero.
Cuando termine el régimen imperante en la isla, los cubanos se preguntarán, una vez más, qué logró el país en la acumulación de capítulos, párrafos, referencias y simples notas al pie de página, dedicadas al tema en los libros de historia de tantas naciones: el estancamiento económico ha persistido sin interrupción, los avances en la educación pública y la salud retroceden desde hace mucho tiempo, la pobreza reina en campos y ciudades y las nuevas generaciones no son ni más cultas ni más libres que antes de 1959. Sin embargo, el nombre de Fidel Castro seguirá acaparando la atención mundial hasta su muerte.
A diferencia de la época soviética posterior a la Segunda Guerra Mundial, donde el juego por el predominio mundial entre las dos superpotencias se resolvía en movimientos que siempre terminaban en un estancamiento forzoso de ambos contendientes –para iniciarse de nuevo una y otra vez–, ahora la jugada en tablas no es un resultado sino el punto de partida. China está lejos de alcanzar al poderío norteamericano, pero ya ha iniciado la larga marcha para lograrlo. La diferencia es que a Estados Unidos le ha tocado ahora hacer el papel de la URSS. Cada vez le serán más necesarios la superioridad militar y el control ciudadano como último recurso para impedir la derrota: el “peligro amarillo” llegó a las cadenas de tiendas y los supermercados norteamericanos.
En el nuevo ajedrez político, la cada vez más poderosa China está jugando con otro tablero: invertir en Cuba forma parte de una extensa campaña de expansión económica. Dentro de este nuevo orden, La Habana no es el peón de cambio donde establecer bases de cohetes para retirarlos después, sino parte de un plan de desarrollo y ampliación de mercados.
China sigue demostrando que se puede continuar siendo una nación con un sistema de fundamentos comunistas –modificado pero no transformado por completo: el capitalismo de Estado mezcla y admite principios ideológicos que pueden parecer incongruentes–, tener excelentes relaciones con Estados Unidos y conservar intacta la supresión de los derechos humanos. En lo que respecta a la Casa Blanca, ésta no muestra el menor interés de que se celebre un congreso de disidentes en el país asiático. Lo anterior no es aviso ni advertencia, sino la realidad en su estado más simple.
Fotografía de Rui Ferreira: La Ciudad Prohibida, el camarada Mao y yo.

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