domingo, 30 de octubre de 2011

Los intelectuales y el poder


La problemática sobre el escritor cubano y la situación imperante en la isla y el exilio perderá importancia una vez que Fidel Castro muera, ya que la figura del gobernante cubano es el eje noticioso que alienta a la prensa mundial a situar a la nación caribeña en las seis columnas reglamentarias.
No quiere decir que con el fin de Fidel Castro desaparecerán las noticias de Cuba, pero salvo en situaciones extremas bajarán de categoría. Y el debate sobre el intelectual y la sociedad no tiene sentido alejado de la prensa.
Con menos pompa y circunstancia, la discusión quedará reducida en gran parte a una existencia que se justifica en base al éxito. Las leyes del mercado como una forma de censura.
Ocurrió con el programa de televisión de Alexandr Solzhenitsin, cancelado en Moscú debido a la carencia de televidentes, o con el diario de Bujarin (¿o era de Zinoviev?) sin imprimir por el temor a la falta de lectores. Se repite con la poca importancia que tienen las opiniones de los escritores norteamericanos para la opinión pública de esta nación, donde hace unos años provocaron más polémica unas palabras desfavorables al gobierno del expresidente George W. Bush de las Dixie Chicks que unas declaraciones de Norman Mailer. Y eso que, al igual que Hemingway, Mailer era un escritor mediático como pocos.
Junto al hecho de que en Estados Unidos se puede expresar libremente cualquier opinión, esté o no en desacuerdo con el gobierno de turno, hay otra verdad fundamental: los políticos saben que cualquier declaración o denuncia de los intelectuales tiene los días contados, si es que llega a los diarios.
En este país el público vive sumiso a una aparente variedad de información y entretenimiento ―aunque determinada por la fórmula del espectáculo― que no admite la prolongación de cualquier acto, salvo en casos muy selectos, como fue el drama del niño balsero Elián González, donde precisamente se mezclaban todos esos ingredientes capaces de convertir a la noticia en capítulos de telenovela.
En la medida en que Cuba comience a ser más libre, el escritor disidente u oficialista verá una disminución de su importancia extra literaria.
Sólo en las sociedades cerradas no tienen cabida oficial el cinismo y la superficialidad como sustitutos de un afán intelectual —casi siempre inútil— por mejorar la sociedad. Pero más que hablar de una ventaja en estos casos, la situación puede resumirse en una culpa mayor: la imposición de la parodia disfrazada de alegato político, medidas pueriles y represión sin límites.
Stalin, por ejemplo, catalogaba a los escritores y artistas de gente voluble, de una naturaleza sumamente peligrosa. Luego en Cuba, Ernesto Che Guevara, con una vocación frustrada por convertir en literatura sus recuerdos de guerras, atacaba a los intelectuales con lo que para él era su mayor pecado: no ser verdaderos intelectuales. Ahora ―de la tragedia a una izquierda ridícula― su hija Aleida acaba de confesar que le pidió al presidente venezolano Hugo Chávez que nacionalizara la prensa, es decir, que impusiera la censura informativa. Entre paréntesis, Aleida Guevara hasta ahora solo ha demostrado ser una buena administradora de la marca comercial que constituye su padre.
En el caso de las sociedades democráticas occidentales, no disminuye el interés del gobierno y los políticos por los medios de prensa, pero sí es más señalada la diferencia entre el escritor y el periodista. Aunque aún se combinan ambos oficios, muchos escritores recorren otros caminos más moderados a la hora de buscar la forma de ganarse la vida.
Es decir, mientras el columnista y el reportero continúan formando y dándole movilidad a las opiniones públicas, el escritor por lo general se refugia en la cátedra universitaria.
Al mismo tiempo, lo que ocurre en una sociedad democrática es que la necesaria libertad intelectual viene por lo general asociada a un menor interés de los centros de poder —y en última instancia de toda la sociedad— en las obras literarias y artísticas.
Este hecho no ocurre de igual forma en todas las naciones, pero en general se puede hablar de un proceso de parcelación cultural y social. Como parte de ese proceso, las universidades y diversas instituciones asumen los valores de determinados grupos, o consideran necesaria su divulgación, y facilitan la creación y publicación de obras literarias y artísticas, con el objetivo de distribuirlas en un circuito más o menos amplio. Por otra parte, actúan como contrapartida al rechazo y desconocimiento de la cultura, en un mundo donde la lectura y la participación en actividades culturales ocupan un lugar secundario, cada vez con mayor intensidad.
En muchos casos, todo ello lleva a la existencia de una censura invisible: la creencia de que no vale la pena publicar una obra cuando no existen posibilidades de divulgarla y discutirla. No hay mejor imagen del infierno que el cuento del borracho con la botella sin fondo y el amante que tiene sentada en sus piernas a una mujer sin vagina: la necesidad perenne y no satisfecha, eso es el infierno. Pero el castigo convierte a los condenados en algo peor: un borracho que sigue siendo borracho aunque llegó a olvidar el sabor de la bebida, y un amante dedicado a un gesto estéril mientras en su memoria se pierde la sensación de tibieza femenina.
La represión gubernamental y esta censura invisible son dos problemas diferentes a los que se enfrenta cualquier creador. Pero una diferencia entre ellos es que mientras el primero a veces alcanza a los titulares de los periódicos, el segundo permanece como una carga constante —anónima e implacable— que hay que enfrentar a diario.
Fotografía: decenas de cineastas y hombres disfrazados de zombies "asaltan" el sábado 29 de octubre de 2011, el pueblo cubano de San Antonio de los Baños, cerca a La Habana, donde desde hace cuatro años se realiza la única caminata de muertos vivientes que tiene lugar en la isla. EFE/Alejandro Ernesto

domingo, 23 de octubre de 2011

Médicos cubanos entre el bien y el mal


Fue en julio y en 1998 cuando un taxista mexicano nos preguntó a Sara y a mi: “¿cubanos de Cuba o de Miami?”, como si existiera un país dividido —al igual que Alemania después de la Segunda Guerra Mundial— o dos naciones que se habían apropiado de un mismo nombre. Luego de saber la procedencia, el hombre se empeñó en ganarse nuestros dólares, y al tiempo que se mostraba solícito en llevarnos a los Jardines de Xochimilco, las pirámides y los mercados de artesanía del Distrito Federal, alababa los logros de la medicina en la isla.
“Esta enfermedad, la curan en Cuba gratis”, nos dijo mientras nos mostraba un brazo y se viraba para que pudiéramos ver mejor las manchas de su cuello y cara. A partir de ese momento, supimos que nuestra conversación marcharía cuesta arriba, con dificultad creciente, si hablábamos de política. Alguien que padece de vitiligo no es fácil de convencer. Sobre todo si en algún momento le han hecho una promesa de tratamiento gratuito —así nos hizo saber—, en caso de lograr las conexiones necesarias para emprender el viaje a la isla. De nada sirvió explicarle que la medicina para extranjeros en La Habana había que pagarla con esos mismo dólares —muchos más— que se empeñaba en ganar aquella mañana, que salvo por razones políticas —no existentes entonces y tampoco hasta el momento— los mexicanos de a pie quedaban fuera de la caridad castrista hacia los enfermos latinoamericanos, que los cubanos residentes en la única Cuba que en realidad existe geográfica y políticamente pasan mil trabajos para encontrar cualquier medicamento. Ningún argumento tenía la fuerza necesaria para apartarlo de la esperanza. Aquel chofer debe seguir esperando todavía, ahora envidiando a venezolanos y bolivianos.
Miles de latinoamericanos han sido atendidos por médicos cubanos. Las cifras son impresionantes. No es fácil rebatir este esfuerzo. Y sin embargo, la existencia de una causa justa no le resta un ápice a un objetivo primordial de la campaña: el interés del gobierno de los hermanos Castro por mantenerse en el poder. Si antes el ‘’internacionalismo proletario’’ se manifestó a través de la lucha armada y la guerrilla, ahora el frente internacional se ha convertido en una fuente de prestigio, influencia y divisas. Al tiempo que los servicios médicos en el exterior es una de las principales fuentes de ingreso monetario, en buena medida se mantiene la leyenda de los facultativos cubanos dispuestos a ir a cualquier lado y antender a cualquiera. Es posible que la ingenuidad del taxista mexicano se haya reducido con los años, pero aún abundan los que defienden los ´´logros´´ de la salud pública en la isla.
El sacrificio de miles de cubanos —en muchas ocasiones brindando asistencia médica en condiciones difíciles— contribuye al mantenimiento de un gobierno dictatorial. No de una forma elemental. No se trata de atacar o criticar la labor de los médicos, lo cual sería injusto. Cualquier alivio del dolor y toda cura de un padecimiento son meritorios en sí mismo. Pero hay dos males mayores que este esfuerzo dilata: la permanencia de un gobierno que suprime las libertades individuales y el encubrimiento de la ineficiencia de varios gobiernos latinoamericanos —especialmente el de Venezuela— para resolver sus problemas.
La práctica médica cubana en el exterior, beneficiosa para miles de ciudadanos de otros países, también contribuye al reforzamiento de un gobierno perjudicial para millones de habitantes en la isla. Es parte de la lógica de un sistema, que para perpetuarse necesita tanto un objetivo internacional como un enemigo externo: un modelo que se repite en diferentes escenarios —y con diversos medios, tanto pacíficos como violentos— y que siempre se empeña en subordinar el destino nacional a un factor extranjero.
El populismo de Chávez se limita a dar algún respiro en medio de la miseria. El gobierno de Caracas ha logrado poco o nada en lo que se refiere al desarrollo económico del país, una reducción considerable de la pobreza y la creación de nuevas fuentes de empleos, al tiempo que la corrupción es igual a la de otros gobiernos. Pero Chávez cuenta a su favor con el historial de robo, incompetencia y entreguismo de los gobiernos anteriores, el cual continúa obrando a su favor dentro de determinados sectores ciudadanos.
Los médicos cubanos se han colocado en el centro de la política venezolana y son un factor determinante en el futuro de ese país, desde dos dimentiones diferentes pero relacionadas.
Por una parte, tienen a su cargo el cuidado personal del mandatario, que padece una enfermedad llena de rumores, incertidumbre y misterio. Por la otra, quienes se encargan de atender al venezolano común, sin los recursos de un hospital con la más moderna tecnología y los medicamentos más avanzados de cualquier país a la mano, disimulan las faltas de Chávez, no las de su salud sino las de su desempeño como gobernante: el empeño de éste de ser un líder latinoamericano, que subordina el interés nacional frente a un ideal de grandeza hemisférica. El dinero de Caracas alimenta la decadencia de La Habana y prolonga su agonía. Al igual que otros cubanos, los médicos de la isla se han convertido en protagonistas voluntarios e involuntarios de una época diversa y a la vez monótona, donde han compartido un mismo objetivo y padecido una afrenta similar: contribuir a la gloria de un hombre primero, luego a la permanencia en el poder de una familia, y siempre a resignarse tener que asumir un destino impuesto.

domingo, 16 de octubre de 2011

La patria del espía


Entre lo mucho que se comenta sobre el recién liberado espía René González, es que éste estaría dispuesto a renunciar a su ciudadanía norteamericana para poder ser entonces deportado a Cuba.
Creo que la deportación de González es la mejor solución para ambos países, Cuba y Estados Unidos, y me parece que éste debería tener todo su derecho a renunciar a la ciudadanía estadounidense.
Sin embargo, cuando el asunto se traslada del individuo al Estado y en este caso la persona no es más que un instrumento de un gobierno vuelve a resultar desproporcionada la distancia entre lo que el gobierno cubano pide o exige y lo que concede.
Cuba debería comenzar por reconocer el derecho a la doble ciudadanía, o al menos poner en práctica la ley constitucional vigente pero no aplicada que hace que la ciudadanía cubana se pierde cuando un ciudadano acepta otra nacionalidad.
De esta forma, cualquier cubanoamericano una denominación que define una categoría de origen, pero no establece un status migratorio o una legalidad ciudadana tendría el derecho a entrar a la isla con su pasaporte cubano, sin tener que renovar o adquirir el cubano. Es decir, mientras en Estados Unidos la distinción entre ciudadanía por nacimiento y ciudadanía por naturalización rige en muy pocos aspectos de la vida cotidiana al punto que en muchos casos sólo se recuerda en el caso de que a la persona se le ocurra la horripilante idea de aspirar a la presidencia del país―, en la isla es una especie de letra escarlata, que por la gracia del gobierno de los hermanos Castro uno no puede quitarse de arriba.
No es ni siquiera pedir que la nación cubana se comporte como el resto de muchos países civilizados, y permita la doble o la triple ciudadanía, en momentos en que han desaparecido muchas fronteras y los trámites de visados se han simplificado, a pesar de los retrocesos impuestos por las diversas amenazas terroristas. Es simplemente dar la opción de entrar como ciudadano cubano o como norteamericano al que ha adquirido esta condición.
Por supuesto que en esos casos el Estado cubano podría exigir la correspondiente visa, a falta de un tratado migratorio al respecto, pero el visitante tendría la opción de entrar a su país de origen con el respaldo de un país. ¿Quién respalda ahora al inmigrante o exiliado que vuelve a la isla? El gobierno norteamericano se lava las manos con razón, y lo establece bien claro. Quien, pese a tener un pasaporte de Estados Unidos saca uno cubano para entrar a la isla, está haciendo una renuncia temporal y explicita de ciertos derechos que le brinda su país de adopción. Se colocaba bajo una espada de Damocles por condiciones familiares o personales. Pero en última instancia acepta la renuncia a muchos de los derechos que recobró al abandonar Cuba, sea por un par de semanas o por un período más largo.
La respuesta a esta disyuntiva no debe ser una imposición por parte de otro Estado, como una prohibición o límite a los viajes, sino un reclamo del exilio. Desafortunadamente eso no existe. En Miami, por ejemplo, la mayoría de las organizaciones de exiliados se pierden en una falsa beligerancia, cuando no en un puro negocio a costa de la disidencia y la oposición en la isla. En lo que respecta al gobierno cubano, sólo le interesa un exilio de borregos, formado por mansos viajeros a los que se exige, en el menor de los casos, pasividad y obediencia sin chistar. Pero no basta con ello. Desde hace años hay toda una campaña ideológica y de propaganda que plantea como requisito fundamental, para adquirir la medalla del buen inmigrante, el respeto a la ´´soberanía´´ cubana.
Resultaría un mal chiste si no fuera patético. La caldosa de ´´soberanía´´, ´´patria´´ y ´´nacionalismo´´ comenzó a cocinarse en Cuba tras la desaparición de la Unión Soviética, el fin del uso del término ´´internacionalismo proletario´´ y la conclusión de las aventuras guerrilleras en todo el mundo. Hasta entonces, la unión mundial de los proletarios había sido la norma del marxismo leninismo. Primero como ideal central, durante la Primera Guerra Mundial y la Revolución de Octubre, y luego como disfraz del expansionismo soviético. Pero más allá de sus tergiversaciones o a consecuencia de ello el concepto fue un avance de lo que vendría después. ¿Qué es la globalización sino el internacionalismo corporativo? Sin marchas ni consignas, se ha impuesto una forma de internacionalismo que avanza y retrocede, pero al que ya es imposible abandonar incluso en época de crisis mundial.
Al  ver amenazado su mundo de intercambios socialistas, el gobierno cubano retrocedió ideológicamente a un refugio del Siglo XIX y a una exaltación patriotera de escuela elemental y logia de provincia. Tras años en que los cubanos fueron relegados a l fondo de la fila por la llegada del último guerrillero y el próximo becado, comenzó a repetirse que esos condenados a la cola estaban orgullosos de su origen patrio y que reclamaban desde su lejano turno que se ´´respetara la soberanía´´.
Matrimonios de todo tipo, alianzas casi imposible y reniegos de las luchas independentistas cuando miles de cubanos se lanzaron a reconquistar la ciudadanía española no han bastado para que se siga repitiendo, en las agencias cablegráficas, discusiones de expertos y programas de televisión de todo tipo, que los cubanos son los patriotas más furibundos que se conocen sobre la tierra. ¿Ignorancia, oportunismo  o ganas de no buscarse problemas?

lunes, 10 de octubre de 2011

La reconstrucción del cubano


Mientras abundan los estudios y conferencias sobre la reconstrucción de la Cuba poscastrista, poco se ha profundizado en esta transformación desde la óptica del individuo.
Enfrentar la necesidad urgente de crear los medios que posibiliten los cambios, para que el cubano devenga en un individuo capaz de enfrentar los retos y beneficios de un estado democrático y una sociedad civil, es tan apremiante como discutir las bases económicas y políticas de la nación del futuro. Conocer cómo piensan y actúan las personas que por demasiado tiempo han sobrevivido en un país en ruinas abarca un universo más amplio que las discusiones políticas.
Los cubanos han evolucionado en dos grupos, con diferencias y semejanzas significativas a lo largo de 45 años: un grupo —la mayoría— ha permanecido en el país. Otro ha creado una nueva forma de vida en el exilio.
Desde hace años, La Habana viene repitiendo que los exiliados abandonan Cuba por motivos económicos. El argumento ha encontrado eco en Miami. También aquí se proclama a diario que quienes han llegado en los últimos años lo hacen en busca de una mejor vida y no por razones ideológicas. Por esa paradoja que siempre crea la convergencia de los extremos, se alza ahora un discurso repetido en ambas costas —divididas por el estrecho de la Florida—, que proclama el surgimiento de una inmigración sólo interesada en el bienestar y no en un ideal de libertad.
La diferencia más significativa es que quienes han emigrado a Estados Unidos y otros países habitan en lugares donde rige un sistema capitalista, de libre comercio y gobierno democrático. Los que por voluntad o causas ajenas han permanecido en Cuba se ven obligados a regirse por las circunstancias imperantes en una sociedad totalitaria de corte comunista —aunque en la práctica esta nominación ideológica ha evolucionado, y el sistema imperante es la fachada de un sistema sólo preocupado en sobrevivir a cualquier precio. Más allá de poder expresarse libremente, ―aunque por lo general sin muchas consecuencias― en el capitalismo y la censura generalizada en un sistema que se llama socialista, lo que actúa con mayor fuerza sobre el individuo es el sentimiento de incapacidad para regir su vida. Esto puede tener como consecuencia una existencia encerrada en el desencanto y la apatía o una salida violenta en determinado momento.
Lo que se ha estado fraguando durante los últimos años en Cuba es un escenario extremadamente volátil, que hasta ahora el gobierno de la isla ha logrado controlar con represión y promesas.
Pese a ser generalizada, la represión se manifiesta de forma más visible contra la disidencia. El régimen aún cuenta con la capacidad de mantener fragmentada no sólo a la disidencia ―ello no es noticia desde hace años― sino en lograr que las pequeñas protestas y actos de desacato que ocurren a diario no alcancen una dimensión mayor. Ni la disidencia guía o logra aglutinar el sentimiento de descontento nacional ni el gobierno ha logrado grandes avances en un programa destinado a paliar en alguna medida la pobreza imperante. En este sentido, hay más bien un estancamiento, tanto en la oposición ―que en la actualidad exhibe solo la cara de los actos represivos contra las Damas de Blanco― como en el gobierno, cuyas reformas avanzan tan lentamente que simplemente puede decirse que están detenidas.
Todo ello lleva a un aumento de las posibilidades de un estallido social. De producirse esta fragmentación violenta ―y con independencia del resultado de la misma― el uso del caos y la fuerza como solución de los problemas se convertiría en un patrón de conducta adoptado por una parte de la población de la isla, que limitaría o impediría el avance social, al igual que ocurre actualmente en Haití. La manipulación dejaría de estar institucionalizada, como ocurre ahora, y se convertiría en tarea en manos de pequeños matones, demagogos y politiqueros de esquina.
En caso de ocurrir un estallido social ―y hay que repetir que las condiciones de la realidad cubana se asemejan mucho a una caldera que cada vez adquiere una mayor presión― la gente no va a lanzarse a la calle pidiendo libertades políticas —ya ese momento pasó—, sino expresando sus frustraciones sociales y económicas.
Es posible que un estallido popular ocurra primero fuera de La Habana que en la capital. De ocurrir así, obedecería a factores económicos: la pobreza es mayor en el campo que en la capital. Sin embargo, es un error hacer depender cualquier protesta de un empeoramiento absoluto del nivel de vida de la población. Más bien sería todo lo contrario.
Por otra parte, desde el punto de vista económico —y contrario a lo que podría pensarse inicialmente—, un agravamiento general de la situación económica no tiene que ser necesariamente el detonante de protestas más o menos generalizadas. Son las diferencias sociales, que se intensifican a diario, las que más fácil prenden la mecha.
Pese a las limitaciones extremas que han caracterizado a su labor ―determinadas en primer lugar por la fuerte represión que enfrenta― la disidencia se ha caracterizado no solo por alertar, sino por hacer todo lo posible para evitar que se llegue a esa situación caótica, tras la cual será muy difícil llevar a cabo esa tarea de reconstrucción del carácter del cubano, mientras que el gobierno de los hermanos Castro está empeñado en dejar sólo el caos tras su desaparición.

sábado, 8 de octubre de 2011

Cuba en la campaña electoral de Mitt Romney


Hasta ahora, la campaña por la candidatura republicana se muestra cada vez más risible. Sin embargo, hay un elemento que va dar mucho que hablar en Miami.
Mitt Romney, el precandidato republicano a la elección presidencial del 2012, ya metió el tema cubano en la contienda.
Muchos pensarán que ello no es nada nuevo en las contiendas electorales de Estados Unidos, donde siempre el candidato de turno, sea republicano o demócrata ―con la notable excepción del presidente Barack Obama― promete que va a ser duro con Castro, cualquier Castro, para acabar en nada.
Con Romney es posible que esa cantaleta se amplíe considerablemente con protagonistas locales, pero antes hay que situar a la campaña, aunque sea brevemente, en el lenguaje y el tono que hasta ahora impera: una vuelta absurda a los años cincuenta del siglo pasado.
Romney, prometió este viernes que arremeterá contra la “alianza maligna del socialismo de Cuba y Venezuela”.
Romney declaró también que Dios creó Estados Unidos para que dirigiera al mundo, y acusó al mandatario demócrata Barack Obama de haber debilitado al país.
“¿Es que el socialismo maligno de la Venezuela de Hugo Chávez, en estrecha alianza con el socialismo maligno de la Cuba de los Castro, van a socavar las perspectivas de la democracia en una región sedienta de libertad y de estabilidad y de prosperidad?”, preguntó el ex gobernador de Massachusetts en la academia militar The Citadel en Charleston, Carolina del Sur.
Esto de hablar de ´´socialismo maligno´´ nos lleva de cabeza a la época de Ronald Reagan, o más atrás si es posible.
“Estados Unidos debe conducir al mundo o lo harán otros”, agregó, señalando que el planeta sería más peligroso si Washington no jugara un papel de primer orden.
“Déjenme ser claro: como presidente de Estados Unidos, me dedicaré a (gestar) un siglo estadounidense”, señaló.
No hay nadie en sus cabales que pueda pensar que el futuro es un siglo estadounidense. Es posible que alguien se le ocurra decir que viene un siglo chino, lo cual tampoco es muy seguro que digamos, pero al menos que ocurra un apocalipsis nuclear, y también aquí hay que ponerlo en duda, nada indica la proximidad de un dominio absoluto norteamericano.
A ello habría que agregar que solo bajo un ataque de megalomanía a cualquiera se le ocurre que un futuro presidente de este país es capaz de lograr no el sueño americano sino la pesadilla del mundo: un siglo americano.
Es más, solo hay que imaginar por un segundo que es imposible que Estados Unidos sea guía del mundo gracias al dinero de China, pero esta nación está acostumbrada a escuchar a los candidatos presidenciales ―y sobre todo a los precandidatos presidenciales― repitiendo disparates.
No creo que Romney crea en eso de que Estados Unidos debe conducir el mundo. No me parece un fanático tarado, sino alguien que trata de aprovecharse de la situación.
Por otra parte, el rival más cercano que tiene Romney es el gobernador de Texas, Rick Perry, un cristiano evangélico y ultraconservador.
Los cristianos evangélicos son quienes le han hecho más daño al Partido Republicano en los últimos años, al apropiarse de su fundamentación ideológica, establecer alianzas impensadas en otras épocas, como el sumar objetivos comunes con el fundamentalismo sionista y dirigir su campañas políticas sobre la base de la intimidación, el odio y el terror.
Así que en una campaña que ha arrancado sobre los cimientos de la ignorancia, el rencor y el revanchismo, Romney mete el tema cubano. Y aquí llega también la cuestión el apoyo que va a encontrar en el exilio de Miami.
Durante la campaña presidencial anterior, Romney dijo en una entrevista del Tampa Tribune que contabacomo asesores a los congresistas Mario Díaz-Balart e Ileana Ros-Lehtinen. También que apoyaba una entrada masiva de cubanos.
De seguro ahora dará marcha atrás a ese apoyo a la entrada masiva de cubanos, pero es muy posible que en esta ocasión sí logre el apoyo de Díaz-Balart y Ros-Lehtinen.
En la campaña anterior, Romney nunca llegó a contar con un apoyo pleno de estos candidatos, que se declararon a favor del congresista John McCain, tras una serie de declaraciones y rectificaciones que es mejor leer en Herejías y Caipirinhas 2.0.
Ahora Romney también debe contar con el auxilio de Armando Pérez Roura, entre sus asesores sobre el tema cubano. Pero una advertencia para quienes siguen al pie de la letra las recomendaciones del director general de Radio Mambí. Quien ya en una ocasión fue el aspirante favorito del conocido locutor de Miami es un cambia casaca.
Durante la anterior contienda presidencial lo demostró un artículo de la revista The New Yorker del 29 de octubre de 2007. Romney dice lo que sospecha que cualquier posible elector, que tiene por delante, quiere escuchar.
La revista dejó claro que el político lo mismo hablaba como un abanderado de la protección ambiental, al estilo de Al Gore, que como un representante de la firma petrolera Exxon Mobil. The New Yorker aseguraba que ello era ''un hábito en Romney''.
El historial de Romney, como gobernador de Massachusetts así lo demuestra. De hecho, para entonces era el único aspirante a la presidencia, entre republicanos y demócratas, que había logrado un plan de salud universal en su estado. ¿Una medida "republicana de línea dura"? ¿Qué dicen de esto los legisladores cubanoamericanos por la Florida, que siempre se han opuesto a cualquier plan de salud que favorezca a quienes carecen de seguro, que incluso se opusieron a una ampliación de los servicios médicos a los niños de familias pobres y de clase media?
Por lo pronto, los votantes republicanos de origen cubano van a tener que confiar de nuevo en un Romney con sus ''promesas''. No es una tarea fácil.
En lo que respecta al resto del exilio, Estados Unidos y el mundo, lo que se dice en etapas tan cercanas de la campaña presidencial estadounidense puede resultar tan meritorio como lo que se repite más adelante en la contienda o incluso en la recta final: puro esfuerzo por conquistar con la palabra lo que no se puede lograr con la acción, mentiras, embustes o medias verdades.
Después de todo, quizá Romney no sea una mala opción, dentro del republicanismo, para lidiar con los esperados cambios en Cuba.
Romney con guayabera y en plena campaña electoral en un centro comunitario de Miami en 2007.

jueves, 6 de octubre de 2011

Los republicanos y el juego


Los legisladores republicanos están apostando fuerte. Quieren convertir al sur de la Florida en la nueva meca del juego en Estados Unidos. Al parecer van a triunfar en su empeño. Muchos proyectos han fracasado en esta zona ―el cine, la música, la moda, las agencias de noticia en español y todo tipo de empresas durante el surgimiento del internet y el auge de las .com―, pero es muy probable que el juego triunfo. A otros con el cuento de que esta industria va a traer trabajos a la Florida. Lo único que está floreciendo aquí es la industria del cabildeo, en la cual ya se encuentran personajes conocido como Lincoln Díaz Balart. Por otra parte, la asociación entre los casinos y destacados republicanos en el área no es nuevo, y para ejemplo socorrido basta citar que el esposo de la legisladora Ileana Ros Lehtinen, que en una época aspirara al cargo de fiscal estatal y lo fue de forma interina, desde hace años trabaja para los casinos de juego de los seminoles.
Los legisladores Erik Fresen, republicano por Miami y miembro de la Cámara, y la senadora Ellyn Bogdanoff, republicana por Fort Lauderdale, van a dar a conocer dos proyectos de ley idénticos. Supuestamente los proyectos pretenden inyectarle hasta $6,000 millones a la economía local, pero en realidad son una verdadera estafa.
El proyecto de ley de más de 90 páginas transferiría la actual licencia estatal de juegos así como las responsabilidades regulatorias del Departamento de Negocios y Regulación Profesional a la Comisión de Juegos.
Conociendo el historial de Miami, no hay que ser muy avispado para darse cuenta que esa comisión estaría en manos de las casas de juego.
El diario local señala, como de pasada, que se seguirá el modelo de las comisiones de Nevada y New Jersey. Bueno, al menos no creo que nadie pueda decir luego que lo cogieron desprevenido.
La tasa de impuestos sobre los ingresos por juego se establecería a la tasa más baja que existe hasta el momento, que es de 10 por ciento.
Es decir, que un trabajador por cuenta propia en esta área acabaría pagando más impuestos que las casas de juego.
¿Y hay quien tiene cara para decir que los casinos beneficiarán a esta ciudad?
Como siempre ocurre, los legisladores republicanos se han ido junto a los más poderosos y dejado en la estacada al resto.
Quienes tienen licencia para operar máquinas tragamonedas en el sur de la Florida pagan una tasa de 35% por sus operaciones.
Por supuesto, todo esto llena de regocijo a los miembros del exilio más tradicional que se han enterado del asunto. Junto con el viaje familiar a Disney World, nada alimenta más a estos personajes que una escapada anual a Las Vegas. Se podría afirmar que lo de Disney es una obligación, pero que ir a jugar a Las Vegas o a Atlantic City es un logro personal.
Si alguien sabe hacer bien las cosas son los casinos, por lo que el negocio parece cada vez más redondo.
La compañía Genting Group con sede en Malasia compró el terreno propiedad de The Miami Herald por $236 millones y adquirió casi 30 acres de una propiedad adyacente para construir un enorme casino llamado Resorts World Miami cuyo costo se calcula en unos $3,000 millones.

martes, 4 de octubre de 2011

El cadáver olvidado de Carlos Ripoll


Que uno se entere al atardecer del martes que Carlos Ripoll se suicidó el domingo por la tarde en esta ciudad, gracias al blog de Carlos Alberto Montaner, no causa preocupación a estas alturas, sino simplemente desaliento.
Saber de la muerte de un importante ensayista ―que además era un ferviente defensor de lo que podría catalogarse de interpretación bajo la óptica del llamado exilio histórico de cualquier hecho y pensamiento presente, pasado y futuro― es soslayada por la prensa local ―o que han pasado más de 48 horas de ocurrida y ni una línea en El Nuevo Herald― no debería asombrar mucho.
Tampoco altera mucho el conocer que el escritor se diera un tiro en la cabeza (abundan los ejemplos), sino más bien destacar el detalle cortés de antes llamar al 911 y dejar la puerta abierta, como para ahorrar sustos ajenos.
Sin embargo, poca esperanza hay en un sitio que se preocupa más por un futuro que apuesta a los casinos y olvida a sus escritores más fieles.

lunes, 3 de octubre de 2011

El corazón de las tinieblas


Cada vez estoy más seguro de que Miami se ha convertido en una especie de tierra de nadie, donde los caballos relinchan y se detienen en dos patas sin atreverse a avanzar. Los carros se vuelcan en las cunetas o caen a precipicios en su carrera loca hacia el pueblo y apenas la cámara, a la distancia, capta las viejas casonas, desde cuyas ventanas se ven sombras que no se sabe si son de humanos o de fantasmas. Todo esto puede ser hasta cierto punto cursi, pero me llama la atención como las grandes corporaciones ―noticiosas y de todo tipo― ven a sus filiales aquí como puestos fronterizos, tiendas de raya o bases para el comercio.
"The horror! The horror!"

La retórica de la reacción


Resulta curioso que mientras La Habana aún mantiene un discurso revolucionario de cara al exterior, en el lenguaje dirigido a la población enfatiza tesis reaccionarias, en su intento de infundir temor ante el cambio que no sea pausado, a largo plazo y bajo un control férreo.
Asistimos entonces a una confrontación que se define fundamentalmente por las retóricas de la intransigencia, según Albert O. Hirschman (The Rhetoric of Reaction), en donde casi nunca se escuchan las voces de un pensamiento opositor más avanzado, que se libre del estigma de ser considerado parte del pasado en lugar de promotor del futuro.
Tres son los recursos fundamentales que destaca este académico de Princeton:
La tesis de la perversidad, donde se sostiene que toda acción deliberada para mejorar el orden social, político y económico sólo sirve para agudizar la situación que se desea remediar. La tentativa de empujar a una sociedad en cierta dirección tendrá como resultado que se mueva efectivamente, pero en la dirección opuesta.
La tesis de la futilidad, la cual argumenta que los intentos para llevar a cabo reformas sociales serán nulos o de alcance limitado debido a su fragilidad teórica. Todo pretendido cambio es, fue o será en gran medida de superficie, de fachada, cosmético, y por tanto ilusorio, pues las estructuras “profundas” de la sociedad permanecen intactas.
La tesis del riesgo, que afirma que el costo político y social de las reformas propuestas sólo sirve para poner en peligro los logros precedentes. El cambio propuesto, aunque acaso deseable en sí mismo, implica costos o consecuencias inaceptables.
Lo curioso en el caso cubano es que estos tres argumentos han sido utilizados a la vez por el gobierno de La Habana y sus opositores.
En este sentido, tanto los que a diario se les catalogan de “castristas”, como a otros que se les cuelga el cartel de “anticastristas”, difieren en objetivos y valores, pero en la formulación de sus discursos recurren a un esquema retórico similar.
Ello hace que en gran medida un ideal conservador estrecho defina hasta el momento la discusión sobre Cuba, y no sólo en el plano teórico sino igualmente en la toma de decisiones.
En última instancia, y pese a los reiterados llamados al “cambio” —una palabra de la que se ha abusado en ambas costas del estrecho de la Florida—, el objetivo es la estabilidad, considerada como un estirar todo lo posible la situación vigente.
Las tres tesis de Hirschman han sido usadas ampliamente para criticar a la revolución cubana, no sólo pero principalmente desde una posición conservadora. Estas constituyen el discurso diario que se escucha en Miami y son repetidas una y otra vez por los exiliados.
De esta forma, desde el exilio se argumenta que tras un largo proceso —cuyos triunfos más amplios se posponen siempre, dirigidos hacia un futuro y casi carente de resultados presentes—, la mayoría de los residentes de la isla se encuentran en peores condiciones de vida que antes del primero de enero de 1959.
La crítica a La Habana desde Miami enfatiza que los costos y consecuencias de contar con una cobertura médica y educación gratuitas —de por sí cada vez más deficiente en estos momentos—no compensa las limitaciones sociales, económicas y de libre expresión a que se ven expuestos los cubanos.
La conclusión es que, al haber existido en la isla un cuerpo de leyes avanzado (Constitución de 1940), sindicatos, clínicas mutualistas y un desarrollo económico en marcha, no había razones para el surgimiento de una revolución.
Una conclusión que puede deducirse, al escuchar tales afirmaciones, es que la situación en Cuba, con anterioridad a la llegada de Fidel Castro al poder, era superior a la actual. Otra es que el exilio proyecta una visión de la isla que se fundamenta en una época anterior y sólo aspira a una vuelta al pasado.
La utilización de éstos y otros argumentos similares permiten al menos dos acotaciones:
La primera es que la retórica, que por lo común emplea el exilio para criticar al gobierno cubano, no se aparta en su formulación a los recursos verbales y al pensamiento propios de la reacción, incluso cuando son esgrimidos por quienes se niegan a ser catalogados de derechistas, reaccionarios o contrarrevolucionarios.
La segunda ejemplifica lo difícil que ha resultado y resulta que los motivos de los exiliados sean aceptados en otros países, al tiempo que pone de manifiesto el sentimiento de aislamiento que éstos enfrentan.
Lo que agrega mayor frustración a muchos exiliados es que, pese a que muchos de los argumentos anteriormente mencionados se encuadran en una retórica reaccionaria, son verdaderos.
La paradoja es que muchos que nacieron sin propiedades y sin la más remota posibilidad de ser “explotadores” ―y ahora viven en Miami― son vistos como enemigos de un sistema que hace mucho tiempo no promulga una sola medida que implique el mejoramiento social y económico de la ciudadanía.
La retórica “revolucionaria” que proclama el régimen no es más que un conjunto de tesis reaccionarias, que se apoyan en la apatía y desmoralización de la población; la inercia y la falta de esperanza de los habitantes del país. Junto al descrédito de ser el propio régimen quien produzca un cambio significativo, se encuentra el hecho de que el gobierno castrista ha matado —o al menos adormecido— el afán de protagonismo político, tan propio del cubano. El exilio como futuro es un aliciente mayor que un enfrentamiento callejero.

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