miércoles, 30 de noviembre de 2011

El hacedor de empleos


Hay algo malsano en la afirmación de uno de sus aspirantes a la candidatura presidencial republicana, al decir que va a crear empleos de ser elegido.
El republicano Mitt Romney, de 64 años, centró su discurso de hoy en la economía y la creación de fuentes de trabajo, durante una visita a la empresa hispana Conchita Foods, en Hialeah.
En igual sentido, la representante por el sur de la Florida, Ileana Ros-Lehtinen, afirmó al referirse a Romney: ´´Tenemos algunos desacuerdos en diversos asuntos. Pero lo más importante es la creación de empleos´´.
Sin embargo, cuando un republicano habla de la creación de empleos se remite fundamentalmente a dos aspectos.
El primero es otorgarles todo tipo de ventajas, privilegios y prebendas fiscales a los inversionistas y empresarios, como una forma de alentarlos a ´´crear empleos´´. La decisión al respecto, la cifra de posibles empleos y el grado de explotación a que serán sometidos éstos, queda por completo en manos de los inversionistas o los capitalistas en general.
El segundo es la mayor rebaja posible de impuestos a esos mismos capitalistas, ya sean nuevos inversionistas, propietarios de viejas instalaciones o empresarios en busca de oportunidades.
El problema es que los privilegios pueden resultar provechosos, para el enriquecimiento aún mayor de unos pocos, pero de poca o nula efectividad en la creación de empleos.
Sin embargo, el intentar una mayor participación del Estado en los procesos económicos ―salvo en lo que se refiere a un número de regularizaciones básicas, que desde la época de Reagan se fueron desestimando, tanto por demócratas como por republicanos― no ha brindado los resultados esperados.
Este ha sido fundamentalmente uno de los principales fracasos de los gobiernos socialdemócratas y de corte progresista durante los últimos cuatro años. Pero también de algunos de tendencia derechista e incluso neoliberal.
La forma tradicional en que un gobierno puede crear empleos es aplicando medidas keynesianas. Esto es lo que han hecho tanto gobiernos demócratas como republicanos en los últimos años. Lo hizo George W. Bush y lo repitió, a gran escala, Barack Obama. En ambos casos fracasaron.
También el gobierno de Zapatero aplicó el keynesianismo en España, mientras le duró el dinero.
Lo que más debe preocupar, en este sentido, es que la ecuación se ha invertido: en lugar del Estado ―y en última instancia los gobiernos― ejercer en última instancia una función del control sobre el mercado, lo que en la actualidad rige es lo opuesto. Los mercados determinan quién gobierna o no, y no a la inversa.
El político, empresario y exgobernador de Massachusetts considera que está en una “gran posición” para enfrentar al presidente Obama, quien, según Romney, no quiere medirse con él en las elecciones presidenciales de Estados Unidos en noviembre de 2012, de ganar la candidatura republicana.
“El no quiere enfrentar a alguien que puede hablar de la economía, sobre el fallo de su trayectoria y quien puede crear trabajos para Estados Unidos como yo”, afirmó en Hialeah.
Sin embargo, ser un empresario de éxito no es una garantía para crear trabajos. Un país no se gobierna como una empresa.
Por otra parte, Romney tiene un viejo historial de cambia casaca que sigue persiguiéndolo. Así lo mostraba un artículo en la revista The New Yorker del 29 de octubre de 2007.
Según la revista, Romney decía lo que sospechaba que cualquier posible elector que tenía por delante prefería escuchar.
Entonces se le criticó que lo mismo hablaba como un abanderado de la protección ambiental, al estilo de Al Gore, que como un representante de la firma petrolera Exxon Mobil.
The New Yorker consideraba que ese comportamiento era un ''un hábito en Romney''.
La situación no parece haber cambiado mucho.
En su discurso en Conchita Foods, en Hialeah, Romney tuvo que defenderse de las críticas del Comité Nacional Demócrata Nacional, acerca de su cambio de opinión sobre los derechos de los homosexuales, el aborto y la inmigración.
No es de extrañar entonces que Romney se haya convertido, aunque no tuviera que nacer de nuevo para ello. De un liberal republicano ha pasado a ser un representante del ala ultraderechista de su partido.
En cualquier caso, hasta el momento solo Newt Gingrich le interfiere el camino para alcanzar la nominación republicana. Así que tendremos tiempo para conocer mejor sus propuestas destinadas a mejorar la economía y crear empleo. Digo, sin no las cambia tanto que resulte imposible saber cuándo dijo Diego
Mitt Romney hace campaña en la Conchita Foods Inc., en Hialeah, en el sur de la Florida.

lunes, 28 de noviembre de 2011

¿Calles tomadas o calles prestadas?


Dos marchas se celebraron el sábado 15 de octubre en Madrid. Una, multitudinaria, recorrió una parte de la Gran Vía, se apoderó de los alrededores de la plaza Cibeles y ocupó varias calles, desde las que los participantes acudieron a la Puerta del Sol. La otra, muy reducida, de apenas decenas de personas, estuvo formada por los basureros que, con un andar pausado y cotidiano, fueron recogiendo papeles abandonados y cualquier tipo de basura; los carteles que en un momento parecieron ingeniosos a sus creadores y terminaron por el piso o colgados en alguna reja. Una fue toda algarabía. La otra trabajo silencioso.
Sin embargo, al terminar la segunda marcha no quedaba en las calles rastro de la primera.
Soy pesimista por naturaleza. Quizá por ello tuve la impresión ese sábado en Madrid que el contraste entre ambas actividades era una buena metáfora de lo que ocurre en España con el movimiento de los indignados, de su presencia nula en las elecciones presidenciales que acaban de concluir, y no me quedó ni una ligera duda de que su futuro residía tras el esperado triunfo del Partido Popular. Cualquiera podría haber pensado que eran capaces de tomar las calles, pero en realidad el gobierno del Partido Socialista Obrero Español se las prestaba por un rato. Vamos a ver ahora, cuando organicen la primera protesta contra el gobierno de Mariano Rajoy.
Había una paradoja que rodeaba al fenómeno de los indignados españoles desde un principio. Cómo conciliar el hecho de que exista un movimiento de rechazo al capital financiero internacional, los consorcios transnacionales y los políticos que juegan un papel de cómplices de esos intereses que cada vez ahogan más a un sector de la población. Porque por mucho que se repudiara a Zapatero y la política de complacencia del PSOE con los grandes intereses bancarios y de bienes raíces, se demostró tener una mentalidad muy estrecha al castigar al PSOE otorgándole el voto al PP. Es decir, entregando el país a la fuerza política que es el aliado natural de esos intereses.
La realidad en las urnas demostró no sólo la existencia de una incongruencia aún mayor. El PSOE recibió la peor paliza electoral en toda su historia y el PP su mayor triunfo. A partir de ahora, Rajoy cuenta con la mayoría absoluta en el Congreso de los diputados para gobernar a sus anchas. Para comprender lo ocurrido hay que tener en cuenta un hecho muy simple: los españoles no sólo ejercieron el voto de castigo contra los socialistas, sino que votaron por el cambio. La palabra cambio fue la clave en toda la propaganda del PP, colocadas en las calles madrileñas y en todo el resto de España. Por su parte, la propaganda del PSOE fue sosa y gastada, como reflejo de que se sabían perdedores.
Sin embargo, no hay que perder un hecho de vista. Los españoles no votaron por Rajoy porque quisieran un gobierno de derecha, votaron por el cambio. Ahora, está por ver si el cambio que quiere Rajoy sea el mismo que quieren los españoles.
Uno de los errores del PSOE fue tratar de mantener la gobernabilidad, y dar lecciones a la derecha respecto a un socialismo posible, a costa de tener que pagar cualquier precio para conseguirlo. Y llegó el momento en que el precio consistió en abandonar su objetivo de priorizar las políticas sociales, es decir: dejar de ser socialistas en su esencia y convertirse en una especie de pálida nueva izquierda temerosa de los mercados. Con Rajoy, y esto hay que reconocerlo, no hay disfraces a la vista. Rajoy representa la derecha tradicional sin ataduras: su gobierno será un gobierno a favor de los empresarios.
La crisis del PSOE no es la crisis de las ideas de izquierda en España. No solo porque Izquierda Unida fue la gran triunfadora minoritaria en las elecciones. Los problemas que en estos momentos está afrontado la socialdemocracia española son más un preámbulo que el fin del pensamiento social. Pero ello no quiere decir que la solución, o al menos una vía de solución, se encuentre al doblar de la esquina, con el movimiento de los indignados.
La falta de esperanza en los indignados españoles, como fuerza política capaz de transformar la sociedad, radica en buena medida en los elogios que algunos han dedicado a lo que no es siquiera un movimiento. Más que considerarlo un ejemplo de nuevas formas de plantearse la política y una fórmula innovadora de enfrentar los problemas sociales, se debe destacar cuánto hay de nostalgia en las acciones de sus miembros. Su fundamentación ideológica no se aparta mucho del canon tradicional de la izquierda de repartir la riqueza, y en sus lemas, frases y reclamos hay una acusada melancolía por las demostraciones callejeras que históricamente influyeron o cambiaron el rumbo de la historia. En sus cantos y consignas son frecuente las repeticiones pasadas de moda, desde la cantaleta del pueblo unido jamás será vencido hasta la casi constante presencia de un par de camisetas deportivas con la imagen del Che Guevara, que nunca faltan en los cuerpos ya envejecidos de algunos participantes.
El problema es que con nostalgia no se ganan las batallas políticas. En caso de alguna duda, pregúntele al exilio cubano de Miami.

lunes, 21 de noviembre de 2011

La croqueta de la ilusión


Al aspirante a la candidatura presidencial republicana Herman Cain no se le ha ocurrido nada mejor, durante los últimos días, que venir a Miami, elogiar las croquetas del Versailles, y decir que Estados Unidos debería aumentar su presión sobre el Gobierno de Cuba, con el apoyo del exilio de esta ciudad.
Con una campaña electoral que no va a parte alguna y acusado de acoso sexual por cuatro mujeres, el recurso de prometer mayor firmeza contra el gobierno de los hermanos Castro parece casi un madero medio podrido y lleno de clavos, donde afianzarse en medio del océano. No hay duda que se lo comerán los tiburones.
Sin embargo, lo que llama la atención no es el recurso gastado del anticastrismo, sino la facilidad con la cual los políticos, en especial los candidatos a cualquier puesto acuden a éste. Y peor aún, que encuentren algún iluso, o algunos cientos de ilusos que lo sigan. En muchos casos está en juego algún dinero o la promesa de un futuro cargo, pero eso es para los vivos que buscan aprovecharse de la situación. Para los votantes es simplemente el engaño, que sigue funcionando.
Muchos pensarán que ello no es nada nuevo en las contiendas electorales de Estados Unidos, donde siempre el candidato de turno, sea republicano o demócrata ―con la notable excepción del presidente Barack Obama― promete que va a ser duro con Castro, cualquier Castro, para acabar en nada.
Por su parte, Mitt Romney, otro precandidato republicano a la elección presidencial del 2012, ya ha metido el tema cubano en la contienda.
Con Romney es posible que esa cantaleta se amplíe considerablemente con protagonistas locales. Pero en este caso hay que situar a la campaña, aunque sea brevemente, en el lenguaje y el tono que hasta ahora impera en el campo republicano: una vuelta absurda a los años cincuenta del siglo pasado.
Romney ha prometido que arremeterá contra la “alianza maligna del socialismo de Cuba y Venezuela”. También ha declarado que Dios creó Estados Unidos para que dirigiera al mundo, y acusó al mandatario demócrata Barack Obama de haber debilitado al país.
“¿Es que el socialismo maligno de la Venezuela de Hugo Chávez, en estrecha alianza con el socialismo maligno de la Cuba de los Castro, van a socavar las perspectivas de la democracia en una región sedienta de libertad y de estabilidad y de prosperidad?”, preguntó el ex gobernador de Massachusetts en la academia militar The Citadel en Charleston, Carolina del Sur.
Esto de hablar de ´´socialismo maligno´´ nos lleva de cabeza a la época de Ronald Reagan, o más atrás si es posible.
“Estados Unidos debe conducir al mundo o lo harán otros”, agregó, señalando que el planeta sería más peligroso si Washington no jugara un papel de primer orden.
“Déjenme ser claro: como presidente de Estados Unidos, me dedicaré a (gestar) un siglo estadounidense”, señaló.
No hay nadie en sus cabales que pueda pensar que el futuro es un siglo estadounidense. Es posible que a alguien se le ocurra decir que viene un siglo chino, lo cual tampoco es muy seguro que digamos, pero al menos que ocurra un apocalipsis nuclear ―y también aquí hay que ponerlo en duda―, nada indica la proximidad de un dominio absoluto norteamericano.
A ello habría que agregar que solo bajo un ataque de megalomanía a cualquiera se le ocurre que un futuro presidente de este país sea capaz de lograr no el sueño americano sino la pesadilla del mundo: un siglo americano.
Es más, solo hay que imaginar por un segundo que es imposible que Estados Unidos se convierta en el único líder mundial gracias al dinero de China, pero esta nación está acostumbrada a escuchar a los candidatos presidenciales ―y sobre todo a los precandidatos presidenciales― repitiendo disparates.
Así que en una campaña que ha arrancado sobre los cimientos de la ignorancia, el rencor y el revanchismo, Romney mete el tema cubano y luego viene Cain y lo imita. Y aquí llega también la cuestión del apoyo que va a encontrar en el exilio de Miami.
No vale la pena perder el tiempo con Cain, que seguro contemplará los resultados de la próxima elección presidencial desde la comodidad de su hogar, si algún amigo no lo invita antes a la suya. Mejor es advertir a quienes creen que Romney puede hacer algo a favor de la democracia en Cuba: el aspirante a la candidatura republicana es un cambia casaca.
Durante la anterior contienda presidencial lo demostró un artículo de la revista The New Yorker del 29 de octubre de 2007. Romney dice lo que sospecha que cualquier posible elector, que tiene por delante, quiere escuchar.
La revista dejó claro que el político lo mismo hablaba como un abanderado de la protección ambiental, al estilo de Al Gore, que como un representante de la firma petrolera Exxon Mobil. The New Yorker aseguraba que ello era ''un hábito en Romney''.
En lo que respecta al resto del exilio, Estados Unidos y el mundo, lo que se dice en etapas tan tempranas de la campaña presidencial estadounidense puede resultar tan meritorio como lo que se repite más adelante en la contienda o incluso en la recta final: puro esfuerzo por conquistar con la palabra lo que no se puede lograr con la acción: mentiras, embustes y verdades a media.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Tempestad en las urnas españolas: ¿el comienzo del fin de la socialdemocracia europea?


Tras los resultados nacionales, la aplastante victoria del PP español añade un nuevo indicador a una tendencia política europea cada vez más visible: la socialdemocracia parece tener los días contados.
En España no había duda de la derrota del PSOE, solo algunas breves interrogantes sobre la magnitud de la caída. Los resultados electorales superaron todas las expectativas.
Hay factores evidentes que contribuyeron a la derrota del Partido Socialista Obrero Español. El primero es que ha resultado el chivo expiatorio perfecto para una crisis que en gran medida no hubiera podido resolver partido alguno. Europa le ha brindado la victoria a Rajoy. No es fácil sobrevivir a la peor crisis económica desde 1929.
Sin embargo, buscar todos los culpables en el exterior no es un buen análisis.
Los españoles comenzaron a apartarse del PSOE, y en especial de José Luis Rodríguez Zapatero, cuando éste llevó a cabo el abandono de las políticas de avance social, para lograr la confianza de los mercados y los inversionistas europeos. Para tener un gobierno liberal, mejor uno bien definido en ese terreno, y ahora llegó Rajoy para poner las cosas en claro.
La selección de Alfredo Pérez Rubalcaba como sustituto de Zapatero en la contienda electoral no resolvió nada y fue simplemente un movimiento obligado por la maquinaria política. Demasiado identificado con el gobierno de Zapatero, resultaba imposible que Rubalcaba fuera la esperanza de algo nuevo.
Una de los detalles más humillantes de la aplastante derrota del PSOE es que el partido no perdió por ser socialista, sino por no serlo lo suficiente. El resto de los partidos españoles de tendencia socialista ganaron puntos. El caso más destacado es el de Izquierda Unida.
En este sentido es que la derrota del PSOE pone en evidencia un fenómeno de mayor alcance, y este tiene que ver con los partidos socialdemócratas en su conjunto, los cuales parecen ser buenos para gobernar en tipos normales o de bonanza, pero inútiles en tiempo de crisis. Es decir, que han resultado incapaces de adaptarse a las nuevas condiciones imperantes en Europa y no han ido más allá de cambios cosméticos. De continuar esta tendencia, podríamos estar asistiendo al fin de la socialdemocracia.

 

sábado, 19 de noviembre de 2011

La ilusión de la impotencia


Entre la denuncia de actos represivos en su contra y el anuncio de planes o propuestas de unidad transita el estancamiento del movimiento disidente en Cuba.
Las denuncias, en la mayoría de los casos, tienen que ver con actos y acciones ocurridos en el oriente de la isla. Por lo general, estas informaciones no pueden ser verificadas de forma independiente y los reporteros de las agencias de prensa extranjeras no muestran el menor interés en investigarlas o se ven impedido de hacerlo. Quizá todo se reduzca al miedo de hacer algo, o de meter las narices en algo, que puede acarrearles la expulsión del país. Sin embargo, meses atrás, los actos de repudio contra la Damas de Blanco, realizados fundamentalmente en La Habana, recibían una amplia cobertura internacional.
Tras la liberación de los presos políticos, se ha creado un doble rasero a la hora de cubrir estos hechos. Lo que ocurre en oriente no llega a los cables, y en La Habana sucede bien poco.
Todo ello crea una zona de incertidumbre: ¿hasta dónde son verdaderas las denuncias de hechos represivos que ocurren en pueblos alejados de la capital, en lugares en que la impunidad de los agentes del régimen podría estar dada, en buena medida, por su lejanía de los centros del poder, o incluso su aislamiento?
Cabe la duda de si esos hechos que se denuncian nos llegan en versiones exageradas, incompletas o incorrectas.
El problema es que, en el mejor de los casos, la táctica represiva puesta en práctica por el gobierno de Raúl Castro resulta muy eficiente a la hora de implantar el terror: reprimir de forma limitada, solo lo necesario, pero al mismo tiempo no permitir que se olvide o se pierda el miedo.
Hasta el momento, el instrumento ha resultado perfecto en impedir que cualquier protesta, la más mínima, adquiera un carácter generalizado.
Esa vendría a ser la mitad de la ecuación. La otra mitad radica en la existencia de horizontes alternativos, que hace que todo cubano lo piense dos veces, y hasta cuatro y cinco, antes de unirse a un grupo disidente.
Es decir, la alternativa entre la cárcel y el esperar la oportunidad de partir hacia Miami define desde hace décadas la realidad cubana.
¿Existe una salida al respecto? De momento la única posible parece radicar en una apuesta hacia un futuro incierto, determinado por la muerte de los hermanos Castro, lo que puede ocurrir en uno, cinco, diez o más años. Entregar el destino del país a la biología no deja de ser la ilusión de la impotencia. Pero de momento no se vislumbra otra.

sábado, 12 de noviembre de 2011

Otro Papa, ¿otra Cuba?


No será un viaje marcado por la expectación. Si se realiza la visita anunciada del papa Benedicto XVI a Cuba, en la primavera de 2012, las circunstancias y los protagonistas serán diferentes a lo ocurrido la tarde del 21 de enero de 1998, en que Juan Pablo II besó el suelo cubano e inició su encuentro con una población que por casi cuatro décadas había escuchado repetir que “la religión es el opio de los pueblos”.
Tampoco se trataba de un pontífice cualquiera. El que llegaba a la isla era un sacerdote nacido y criado bajo un régimen comunista, acompañado de la aureola de ser uno de protagonistas —para muchos, el principal protagonista— del desmoronamiento de ese sistema en buena parte del mundo. Un enemigo ideológico de primer orden para Fidel Castro y un hábil comunicador. Cuando Juan Pablo II tomó el avión de regreso a su patria, el cubano comenzó a convencerse de lo que había sospechado desde que se anunció el viaje: que durante unos días había vivido en un paréntesis.
La intención del Papa no fue nunca abrir un paréntesis, sino sentar las bases de una transformación mayor, que aún no se ha producido en Cuba. Sin embargo, la afirmación de que la Cuba que visitará Benedicto XVI es la misma que conoció Juan Pablo II, a partir de que continúa el régimen de los hermanos Castro y la falta de democracia en la isla, encierra varias limitaciones. No sólo en cuanto a la existencia de un gran número de transformaciones ―muchas de ellas realizadas en última instancia y a regañadientes por parte del gobierno― ocurridas en los últimos años, sino también en lo relativo a los objetivos de la visita para la Iglesia. Si bien, de producirse este encuentro, será de más pompa y menos circunstancia, no se puede obviar que tiene el objetivo fundamental de apoyar y reforzar el papel de esta institución en la nación cubana. En este sentido, cabe afirmar que de forma pausada y más o menos directa, la Iglesia Católica le está ganando la batalla a lo que algunos aún se empeñan en llamar o considerar como socialismo cubano
El viaje del Juan Pablo II a Cuba fue un triunfo para el régimen castrista, si se analizan sólo las consecuencias inmediatas. No hubo manifestaciones en contra del gobierno, se evitaron casi completamente las confrontaciones directas y el Pontífice no presentó el rostro enojado que caracterizó a su encuentro con los sandinistas en Nicaragua. Castro ganó legitimidad en un momento difícil de su carrera política. La estrategia de Fidel Castro se fundamentó no sólo en su habilidad política y en una operación policial discreta pero efectiva. Por una parte explotó las características del catolicismo de los cubanos. Por la otra aplicó con rigor la política represiva de no infundir terror más allá de lo necesario, pero no permitir ni por un momento que se olvidara el miedo. Ambos aspectos constituyen, entonces y ahora, el principal campo de batalla entre El Vaticano y La Habana, además de las divergencias ideológicas. Controlar la razón o la sinrazón del temor y el porqué de éste.
La principal fuerza de la Iglesia Católica en Cuba, antes del triunfo de la revolución, era institucional. Una organización que, desde el punto de vista jerárquico, arrastraba el pecado original de su asociación con el poder colonial español. Aunque hubo curas mambises, la Iglesia —en tanto que organización social— se asociaba con las ideas políticas conservadoras y se percibía situada de parte de los poderes dominantes. El padre Félix Varela no ejemplificaba a la institución como un todo. Aunque en diferentes momentos de la historia cubana, la Iglesia trató de ejercer una función mediadora en los conflictos políticos y sociales, siempre le faltó capacidad de movilización popular e influencia decisiva, así como voluntad para que esta mediación resultara más efectiva. Es precisamente esta función la que Fidel Castro siempre se mantuvo renuente a facilitarle, y que ahora se ha visto ampliada muy ligeramente, bajo el gobierno de Raúl Castro.
A finales de la década de los sesenta, tanto la Iglesia como el gobierno iniciaron una reorientación encaminada a establecer una mejor comunicación.. De la confrontación se pasó a la búsqueda de una participación activa, pero limitada, de la Iglesia dentro de la sociedad cubana. Ampliar esta participación, desde el punto de vista institucional, fue uno de los objetivos de Juan Pablo II durante su visita. Lo logró en cierta forma. No sólo con gestos visibles, como el regreso del feriado de La Navidad a la isla, sino fundamentalmente con el apoyo del Vaticano a una Iglesia nacional que continúa su labor en condiciones difíciles.
Si el gobierno de los hermanos Castro no ha permitido un mayor aumento del papel institucional de la Iglesia en la isla, es porque sabe que la percepción que en la actualidad tiene el cubano sobre ésta es diferente a la existente con anterioridad. La Iglesia ya no se asocia con el poder sino con una alternativa a ese poder. Benedicto XVI viajará a Cuba con un interés más visible en reforzar esa función institucional de la Iglesia y no con una marcada agenda social y mucho menos política. Pero la Iglesia Católica lleva muchos siglos practicando el principio de que no sólo las guerras, sino las instituciones caritativas, religiosas y humanitarias son también la política por otros medios.
Fotografía: el cardenal Jaime Ortega considera que el papa Benedicto XVI le ha dado "prioridad" a Cuba con el anuncio del viaje que prepara para 2012.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Policías y corruptos


Esta semana se celebrará en Cuba el V Encuentro Internacional sobre la sociedad y sus retos frente a la corrupción. Participarán especialistas de 20 países e incluso expertos estadounidenses del Fondo Monetario Internacional, una organización que, por otra parte, nunca ha gozado de la simpatía del gobierno cubano, especialmente de Fidel Castro.
El coordinador del foro, el jefe de la dirección de relaciones internacionales de la Fiscalía General de la isla, Miguel Ángel García, ha dicho que el encuentro será ´´polifacético, muy abierto, de alto carácter científico´´.
Al evento asistirán más de 350 jueces, abogados, fiscales, procuradores, auditores, economistas, expertos en finanzas, politólogos, asesores jurídicos, profesores y estudiantes de derecho.
Puede parecer un esfuerzo encomiable, pero es un acto fútil. Para tratar el fenómeno de la corrupción en Cuba lo hace falta no es una reunión de expertos sino una redada policial.
El gobierno del presidente Raúl Castro ha declarado que la lucha contra la corrupción es una de sus prioridades más importantes y ya se han celebrado encausamientos o se llevan a cabo investigaciones que han destapado algunos escándalos muy notables. La Contraloría General de la República ―creada por Raúl Castro, y en cuya comisión desempeña un papel fundamental su hijo, el coronel Alejandro Castro Espín― desempeña un papel cada vez más significativo en la sociedad cubana.
Hay sin embargo una cuestión fundamental, que no será debatida en el foro ni figurará en documento alguno. En Cuba la lucha contra la corrupción es una cuestión policial, no un problema moral ni educativo. No importa que se celebre un encuentro internacional o se lleve a cabo algún tipo de campaña. Lo determinante es que un agente fiscal no logre echarle el guante al administrador que roba o al ministro que trafica. Se dirá que lo mismo ocurre en todas partes, comenzando por Miami, pero hay una diferencia importante: la corrupción en la isla está extendida a todos los niveles ―desde el simple trasiego callejero hasta las empresas mixtas y las inversiones internacionales― y las fronteras entre lo ilegal y lo permisible son porosas, cambiantes y determinadas en muchas ocasiones por factores políticos y hasta de vínculos familiares.
Es decir, que durante varias décadas se han confundido las prácticas corruptas con los privilegios inherentes al cargo. Y aunque el gobierno de Raúl Castro ha tratado de imponer cierto ´´orden´´, no ha podido desterrar ciertas prácticas, actitudes y situaciones porque son típicas de un régimen totalitario.
Así que luchar contra la corrupción en Cuba es una labor policial. Cuando un intelectual advierte sobre tales conductas, no sale bien parado. Así le ocurrió a Esteban Morales, cuando se le separó del Partido Comunista de Cuba (PPC) por un artículo sobre la corrupción, donde advertía que ésta podría ´´destruir la revolución´´. Si bien se le restituyó la militancia a Morales, el ´´conteo de protección´´ no fue por gusto.
Lo importante, en el caso de Morales, y como viejo militante del PPC él parece haberlo entendido en ese sentido, es que lo que se mantiene sin cambio es la maquina estéril que determina cuando se puede y cuando no se puede formular una crítica. Y nadie mejor que un policía para dejar bien en claro lo permitido y lo prohibido.
No es que la corrupción sea un fenómeno endémico del totalitarismo cubano. Corrupción ha existido en la isla desde la época colonial. Fue una de las justificaciones mayores de las luchas independentistas y continuó con la independencia. Lo que ha caracterizado a este fenómeno durante el gobierno de los hermanos Castro ha sido su estructura piramidal y la censura a las denuncias contra los corruptos, por las implicaciones políticas de los casos. Así, tanto Fidel Castro como su hermano se han reservado para ellos el papel de fiscales.
Cierto que ahora Raúl Castro ha dado pasos de avance en la organización de un frente anticorrupción. Sin embargo ―y los peros y los sin embargos son inevitables cuando se trata de sistemas totalitarios, no es pesimismo sino simple precaución―, cabe preguntarse si esta lucha contra el delito no implica o encubre otro tipo de represión.
Hay otra disidencia en Cuba y los hermanos Castro siempre lo han tenido muy presente. No son hombres y mujeres valientes. No desafían el poder, porque forman parte del mismo. No gritan verdades, ya que se ocultan en la mentira. Ni siquiera se mueven en las sombras. Habitan en el engaño.
Son los miles de funcionarios menores ―y algunos no tan menores― que desde hace años desean un cambio nacional, pero al mismo tiempo lo temen y son incapaces de producirlo. Quieren que todo cambie, pero que al mismo tiempo ellos sigan iguales. Nunca han distinguido sus privilegios del robo institucional, la prebenda o la corrupción en su forma más descarnada. Ni tampoco les ha interesado. Ahora están en la mirilla y ellos lo saben. No se trata de apostar por ellos para el futuro del país, y en la mayoría de los casos son fuerzas retrógradas. Nada de esto impide que potencialmente constituyan una tendencia antigubernamental o más bien contrarrevolucionaria, en una de las tantas acepciones del término. Desde el punto de vista represivo, atacarlos, enjuiciarlos, hacerles entrar por el aro ―en fin, meterles miedo― no deja de ser un ejercicio preventivo muy saludable en tiempo de crisis. Este es, en última instancia, un componente esencial de la lucha contra la corrupción en Cuba. Para ello no hacen falta juristas ni profesores. Basta entrenar a unos cuantos en el uso de la fuerza.

Bouguereau, sociedad y erotismo

La obra de William-Adolphe Bouguereau recorre con facilidad y simpleza dos mundos afines y contradictorios: la pintura de la segundad m...