lunes, 28 de noviembre de 2011

¿Calles tomadas o calles prestadas?


Dos marchas se celebraron el sábado 15 de octubre en Madrid. Una, multitudinaria, recorrió una parte de la Gran Vía, se apoderó de los alrededores de la plaza Cibeles y ocupó varias calles, desde las que los participantes acudieron a la Puerta del Sol. La otra, muy reducida, de apenas decenas de personas, estuvo formada por los basureros que, con un andar pausado y cotidiano, fueron recogiendo papeles abandonados y cualquier tipo de basura; los carteles que en un momento parecieron ingeniosos a sus creadores y terminaron por el piso o colgados en alguna reja. Una fue toda algarabía. La otra trabajo silencioso.
Sin embargo, al terminar la segunda marcha no quedaba en las calles rastro de la primera.
Soy pesimista por naturaleza. Quizá por ello tuve la impresión ese sábado en Madrid que el contraste entre ambas actividades era una buena metáfora de lo que ocurre en España con el movimiento de los indignados, de su presencia nula en las elecciones presidenciales que acaban de concluir, y no me quedó ni una ligera duda de que su futuro residía tras el esperado triunfo del Partido Popular. Cualquiera podría haber pensado que eran capaces de tomar las calles, pero en realidad el gobierno del Partido Socialista Obrero Español se las prestaba por un rato. Vamos a ver ahora, cuando organicen la primera protesta contra el gobierno de Mariano Rajoy.
Había una paradoja que rodeaba al fenómeno de los indignados españoles desde un principio. Cómo conciliar el hecho de que exista un movimiento de rechazo al capital financiero internacional, los consorcios transnacionales y los políticos que juegan un papel de cómplices de esos intereses que cada vez ahogan más a un sector de la población. Porque por mucho que se repudiara a Zapatero y la política de complacencia del PSOE con los grandes intereses bancarios y de bienes raíces, se demostró tener una mentalidad muy estrecha al castigar al PSOE otorgándole el voto al PP. Es decir, entregando el país a la fuerza política que es el aliado natural de esos intereses.
La realidad en las urnas demostró no sólo la existencia de una incongruencia aún mayor. El PSOE recibió la peor paliza electoral en toda su historia y el PP su mayor triunfo. A partir de ahora, Rajoy cuenta con la mayoría absoluta en el Congreso de los diputados para gobernar a sus anchas. Para comprender lo ocurrido hay que tener en cuenta un hecho muy simple: los españoles no sólo ejercieron el voto de castigo contra los socialistas, sino que votaron por el cambio. La palabra cambio fue la clave en toda la propaganda del PP, colocadas en las calles madrileñas y en todo el resto de España. Por su parte, la propaganda del PSOE fue sosa y gastada, como reflejo de que se sabían perdedores.
Sin embargo, no hay que perder un hecho de vista. Los españoles no votaron por Rajoy porque quisieran un gobierno de derecha, votaron por el cambio. Ahora, está por ver si el cambio que quiere Rajoy sea el mismo que quieren los españoles.
Uno de los errores del PSOE fue tratar de mantener la gobernabilidad, y dar lecciones a la derecha respecto a un socialismo posible, a costa de tener que pagar cualquier precio para conseguirlo. Y llegó el momento en que el precio consistió en abandonar su objetivo de priorizar las políticas sociales, es decir: dejar de ser socialistas en su esencia y convertirse en una especie de pálida nueva izquierda temerosa de los mercados. Con Rajoy, y esto hay que reconocerlo, no hay disfraces a la vista. Rajoy representa la derecha tradicional sin ataduras: su gobierno será un gobierno a favor de los empresarios.
La crisis del PSOE no es la crisis de las ideas de izquierda en España. No solo porque Izquierda Unida fue la gran triunfadora minoritaria en las elecciones. Los problemas que en estos momentos está afrontado la socialdemocracia española son más un preámbulo que el fin del pensamiento social. Pero ello no quiere decir que la solución, o al menos una vía de solución, se encuentre al doblar de la esquina, con el movimiento de los indignados.
La falta de esperanza en los indignados españoles, como fuerza política capaz de transformar la sociedad, radica en buena medida en los elogios que algunos han dedicado a lo que no es siquiera un movimiento. Más que considerarlo un ejemplo de nuevas formas de plantearse la política y una fórmula innovadora de enfrentar los problemas sociales, se debe destacar cuánto hay de nostalgia en las acciones de sus miembros. Su fundamentación ideológica no se aparta mucho del canon tradicional de la izquierda de repartir la riqueza, y en sus lemas, frases y reclamos hay una acusada melancolía por las demostraciones callejeras que históricamente influyeron o cambiaron el rumbo de la historia. En sus cantos y consignas son frecuente las repeticiones pasadas de moda, desde la cantaleta del pueblo unido jamás será vencido hasta la casi constante presencia de un par de camisetas deportivas con la imagen del Che Guevara, que nunca faltan en los cuerpos ya envejecidos de algunos participantes.
El problema es que con nostalgia no se ganan las batallas políticas. En caso de alguna duda, pregúntele al exilio cubano de Miami.

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