lunes, 21 de noviembre de 2011

La croqueta de la ilusión


Al aspirante a la candidatura presidencial republicana Herman Cain no se le ha ocurrido nada mejor, durante los últimos días, que venir a Miami, elogiar las croquetas del Versailles, y decir que Estados Unidos debería aumentar su presión sobre el Gobierno de Cuba, con el apoyo del exilio de esta ciudad.
Con una campaña electoral que no va a parte alguna y acusado de acoso sexual por cuatro mujeres, el recurso de prometer mayor firmeza contra el gobierno de los hermanos Castro parece casi un madero medio podrido y lleno de clavos, donde afianzarse en medio del océano. No hay duda que se lo comerán los tiburones.
Sin embargo, lo que llama la atención no es el recurso gastado del anticastrismo, sino la facilidad con la cual los políticos, en especial los candidatos a cualquier puesto acuden a éste. Y peor aún, que encuentren algún iluso, o algunos cientos de ilusos que lo sigan. En muchos casos está en juego algún dinero o la promesa de un futuro cargo, pero eso es para los vivos que buscan aprovecharse de la situación. Para los votantes es simplemente el engaño, que sigue funcionando.
Muchos pensarán que ello no es nada nuevo en las contiendas electorales de Estados Unidos, donde siempre el candidato de turno, sea republicano o demócrata ―con la notable excepción del presidente Barack Obama― promete que va a ser duro con Castro, cualquier Castro, para acabar en nada.
Por su parte, Mitt Romney, otro precandidato republicano a la elección presidencial del 2012, ya ha metido el tema cubano en la contienda.
Con Romney es posible que esa cantaleta se amplíe considerablemente con protagonistas locales. Pero en este caso hay que situar a la campaña, aunque sea brevemente, en el lenguaje y el tono que hasta ahora impera en el campo republicano: una vuelta absurda a los años cincuenta del siglo pasado.
Romney ha prometido que arremeterá contra la “alianza maligna del socialismo de Cuba y Venezuela”. También ha declarado que Dios creó Estados Unidos para que dirigiera al mundo, y acusó al mandatario demócrata Barack Obama de haber debilitado al país.
“¿Es que el socialismo maligno de la Venezuela de Hugo Chávez, en estrecha alianza con el socialismo maligno de la Cuba de los Castro, van a socavar las perspectivas de la democracia en una región sedienta de libertad y de estabilidad y de prosperidad?”, preguntó el ex gobernador de Massachusetts en la academia militar The Citadel en Charleston, Carolina del Sur.
Esto de hablar de ´´socialismo maligno´´ nos lleva de cabeza a la época de Ronald Reagan, o más atrás si es posible.
“Estados Unidos debe conducir al mundo o lo harán otros”, agregó, señalando que el planeta sería más peligroso si Washington no jugara un papel de primer orden.
“Déjenme ser claro: como presidente de Estados Unidos, me dedicaré a (gestar) un siglo estadounidense”, señaló.
No hay nadie en sus cabales que pueda pensar que el futuro es un siglo estadounidense. Es posible que a alguien se le ocurra decir que viene un siglo chino, lo cual tampoco es muy seguro que digamos, pero al menos que ocurra un apocalipsis nuclear ―y también aquí hay que ponerlo en duda―, nada indica la proximidad de un dominio absoluto norteamericano.
A ello habría que agregar que solo bajo un ataque de megalomanía a cualquiera se le ocurre que un futuro presidente de este país sea capaz de lograr no el sueño americano sino la pesadilla del mundo: un siglo americano.
Es más, solo hay que imaginar por un segundo que es imposible que Estados Unidos se convierta en el único líder mundial gracias al dinero de China, pero esta nación está acostumbrada a escuchar a los candidatos presidenciales ―y sobre todo a los precandidatos presidenciales― repitiendo disparates.
Así que en una campaña que ha arrancado sobre los cimientos de la ignorancia, el rencor y el revanchismo, Romney mete el tema cubano y luego viene Cain y lo imita. Y aquí llega también la cuestión del apoyo que va a encontrar en el exilio de Miami.
No vale la pena perder el tiempo con Cain, que seguro contemplará los resultados de la próxima elección presidencial desde la comodidad de su hogar, si algún amigo no lo invita antes a la suya. Mejor es advertir a quienes creen que Romney puede hacer algo a favor de la democracia en Cuba: el aspirante a la candidatura republicana es un cambia casaca.
Durante la anterior contienda presidencial lo demostró un artículo de la revista The New Yorker del 29 de octubre de 2007. Romney dice lo que sospecha que cualquier posible elector, que tiene por delante, quiere escuchar.
La revista dejó claro que el político lo mismo hablaba como un abanderado de la protección ambiental, al estilo de Al Gore, que como un representante de la firma petrolera Exxon Mobil. The New Yorker aseguraba que ello era ''un hábito en Romney''.
En lo que respecta al resto del exilio, Estados Unidos y el mundo, lo que se dice en etapas tan tempranas de la campaña presidencial estadounidense puede resultar tan meritorio como lo que se repite más adelante en la contienda o incluso en la recta final: puro esfuerzo por conquistar con la palabra lo que no se puede lograr con la acción: mentiras, embustes y verdades a media.

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