jueves, 22 de diciembre de 2011

El cine, Irak y Afganistán (I)


Ahora que las tropas estadounidenses han terminado de retirarse de Irak ―de forma pausada, sin mucha celebración y dejando por detrás más incertidumbre y temores que esperanza y triunfos― vale la pena intentar analizar las películas que han tratado el tema de la guerra, tanto en Irak como Afganistán.
Ambos conflictos se han caracterizado por un control férreo de la información, sobre todo en el campo de batalla, hasta donde han podido las fuerzas militares, pero donde han imperado los extremos visuales. En este sentido, lo que comenzó con un despliegue de imágenes digitalizadas dio un giro al otro extremo con las fotografías de las humillaciones y torturas a los prisioneros islámicos en cárceles como Abu Grhaib, por una parte, y las decapitaciones y otros actos de terror de los fundamentalistas, por la otra.
En este sentido, el espectro visual de la guerra se vio de pronto dominado por dos formas de deshumanización. Una digital, que convertía un vehículo en un pequeño punto, su estallido producto de un cohete o una bomba en un breve flash y la muerte, el dolor y la agonía, los pedazos de cuerpos esparcidos y la carne quemada desaparecidos de la pantalla, en una operación casi quirúrgica, libre de sangre y tumor. La otra violenta y primitiva, que convertía al video en un instrumento medieval y mostraba la barbarie sin pudor, y por supuesto sin resto de humanidad de los ejecutores.
Entre unas imágenes y otras aparecían en la prensa y la pantalla análisis y comentarios, algunos partes de guerra y declaraciones políticas que poco a poco fueron sembrando la desconfianza frente al apoyo que inicialmente tuvieron las acciones bélicas de Estados Unidos.
Por otra parte, no había el consuelo de un enemigo definido, como en otros conflictos. Este se movía en las sombras, y aunque las guerras se desarrollaban ―y continúan desarrollándose en cierto sentido― en territorios específicos, en ocasiones resultaba muy difícil aplicar los conceptos tradicionales. Incluso el uso del término ´´guerra´´ empezó a ser cuestionado, y sustituido por ´´lucha´´ o ´´campaña´´, en una aproximación más policial que bélica.
Todo ello abría varias interrogantes sobre la posibilidad del tratamiento del conflicto en el cine. La primera de ella era respecto al tiempo que debía transcurrir para que finalmente se pudiera contar con la distancia necesaria para producir y realizar obras que abarcaran a los conflictos en su dimensión más amplia y que no fueran simple propaganda o películas que pudieran ser consideradas derrotistas. Otra pregunta era la posibilidad de si el cine estadounidense sería capaz de ir más allá de la película de acción o la serie de televisión, y filmar es escenarios o reconstruir éstos en una trama que trascendiera el entretenimiento emocional de una hora de duración. Lo que resultó fácil para la televisión, que de inmediato incorporó con éxito la guerra contra el terrorismo como un tema más de sus producciones habituales, no parecía fácil para el cine.
A los pocos años las respuestas han sido sorprendentes y las consecuencias diversas. Los peores augurios no se cumplieron, pero hay más de un resultado que brinda poco ánimo.
Lo primero a destacar es que en pocos años se han hecho varias películas excelentes, que tratan el tema desde diversos ángulos. Esto en el terreno de la ficción, donde habría más dudas al respecto, porque en lo que se refiere a los documentales la lista es incluso más impresionante. Por otra parte, no han faltado los reconocimientos y premios, entre ellos los de la Academia. Basta señalar que The Hurt Locker ganó seis Oscar en 2009.
Al comparar el cine dedicado a las guerras de Irak y Afganistán con el realizado sobre la guerra de Vietnam saltan las semejanzas, pero también las diferencias. Ahora las películas de calidad han llegado mucho más rápido, en varios casos su contenido es mucho más amplio y comparativamente los niveles de calidad son mayores en la actualidad.
Sin embargo, hay una diferencia que se impone sobre las otras, y también trasciende las semejanzas. La guerra de Vietnam no fue una guerra popular, pero las películas que se realizaron varios años más tarde si lo han sido, continúan exhibiéndose en televisión y se siguen viendo.
En lo que respecta al cine sobre los conflictos en Irak y Afganistán, el fracaso económico es notorio. De acuerdo a los datos de taquilla en Estados Unidos, Green Zone ingresó $35 millones, In the Valley of Elah menos de $7 millones, Lions for Lambs $15 millones, e incluso The Hurt Locker, con todos sus Oscars, solo recaudó $16 millones. Se trata de cintas hechas con actores extremadamente populares, como Matt Damon y Tom Cruise, con una realización técnica perfecta y distribuidas por las principales compañías. ¿Qué ha fallado entonces? La respuesta parece ser simple. El público no parece interesado en ver películas sobre esas dos guerras.
Si esta respuesta es la correcta, entonces hay motivos para preocuparse.
Porque lo paradójico del caso es que la mayoría de estos filmes tratan el tema con rigor. Por supuesto que hay diferencias, y también películas malas, como Delta Force. Pero si dejamos fuera esos productos que toman a Irak o Afganistán como pretexto para hacer otro filme de horror más, hay un conjunto de películas que merecen verse, y algunas más de una vez.
El tema abarca más de un post, y en este limitaré al resto del comentario a Lions for Lambs.
Antes de ver esta cinta, dirigida por Robert Redford, pensé encontrarme con la visión de lo que en Estados Unidos se considera un izquierdista o un liberal. Se trata de un cliché, pero un cliché que funciona. Por otra parte, Redford ha contribuido a ello. Lions for Lambs rompe todos esos estereotipos y es la más amarga de un conjunto de películas amargas, quizá porque nos recuerda que la culpa de la entrada de la guerra de Irak es de todos, y en buena de la prensa.
Con tres actuaciones excelentes, la de Redford, la de Cruise y la de Meryl Streep. En un primer momento pensé que la actuación de Cruise era la mejor, en su papel de este tipo de senador neocon que parece que estamos destinados a padecer, con un vigor que impresiona y una sagacidad que atemoriza, un tipo peligroso en cualquier sentido y que Cruise nos presenta con autenticidad y entusiasmo. Incluso cuando se nos aparece más vulnerable, pronto nos llega la duda de si es un truco más. Lo mejor ―¿o debo decir lo peor?― es que conozco a más de un espectador que otorga a esta actuación brillante, en que se representa a un arribista con talento, una prueba a favor del balance y la objetividad de Redford como director. Pero a medida que transcurria la cinta me di cuenta que ninguna otra actriz del cine norteamericano actual era capaz, como Streep, de presentarnos a esa periodista ―ya no joven― que con discreción e inteligencia le hace saber al político, en todo momento, que no es un hueso fácil de roer, pero que termina más que derrotada, cansada; no por la habilidad del congresista sino por las concesiones que se ha visto obligada a realizar durante toda su carrera amarrada a un medio cada vez más inútil y corrompido. Streep es capaz de transmitirnos esa derrota, ese cansancio, no solo en una dimensión emocional ―eso se ha logrado otras veces― sino física.
Si algo se puede reprochar a Lions for Lambs es que resulta demasiado discursiva, y eso la acerca más al teatro convencional que a cualquier otro género. Es más, se puede añadir que toda la envoltura de cine contemporáneo se fundamenta en la parte de acción, y que por lo demás la películas son tres actos de una obra teatral, dos de ellos de puro diálogo, y que han sido fragmentados para forzar al espectador a mantener la atención.
Más allá de estas limitaciones, Lions for Lambs es mejor que Green Zone, que en gran parte se limita a la clásica película de buenos y malos ―aquí los malos son los que engañaron sobre las armas de destrucción masiva― con Matt Damon repitiendo una vez más el papel al que parece condenado antes de mostrar signos de envejecimiento. Y si bien es cierto que The Hurt Locker la supera como película, en cuanto a calidad de realización, Lions for Lambs brinda una posibilidad de análisis posterior que va más allá de una película de acción, por muy bien hecha que esté.

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