lunes, 12 de diciembre de 2011

Entre la moral y la economía


A grandes rasgos, el debate sobre la oposición en Cuba se divide en dos tendencias: los que sostienen que los moderados cambios económicos que ha llevado a cabo el gobierno de Raúl Castro son el principio de una apertura mayor, cuya fecha aún es imposible determinar, por lo que todo se queda en una esperanza, y los que priorizan o exigen cambios políticos profundos ―en el sentido de un avance hacia la democracia―, que no se han producido y nada indica se llevarán a cabo de inmediato.
Hay también un importante sector, que considera que los cambios económicos y políticos deben realizarse de forma simultánea, pero que en definitiva termina situándose del lado de los exigen mayor libertad, o al menos cierta libertad.
Hoy en día, lo que se escucha y lee pueden reducirse a la fórmula del vaso medio lleno de agua: los que ven en cualquier iniciativa hacia la economía de mercado un avance libertario y los que encuentran en una supuesta protesta en un pueblo de la isla el comienzo de una oleada de manifestaciones y actos ―al estilo de lo ocurrido en la llamada ´´Primavera Árabe´´ y antes, durante la caída del Muro de Berlín― que podrán fin al gobierno de los hermanos Castro.
En ambos casos, estoy viendo el vaso más vacio que lleno. Las reformas económicas que ha puesto en marcha el gobierno cubano ―o comienza a poner en marcha― son más importantes de lo que se quiere reconocer en Miami, al tiempo que tanto se ha intensificado la represión como producido un aumento de los actos de oposición, de forma pública y en cualquier rincón del país.
Sin embargo, de momento no es posible atribuir, ni a las protestas ni a las reformas, una capacidad sustancial de cambio. Vale decir que las segundas intentan mantener un status quo y que las primeras no logran avanzar más allá de lo ocasional, la cuadra y la vivienda.
En este sentido quedaría conformado un cuadro en que, por una parte, la protesta contra la falta de libertad y la ausencia de democracia encuentra su definición mejor en el terreno cívico ―y sobre todo moral―, mientras que el interés por hacer avanzar los cambios económicos correspondería a los intereses políticos e incluso empresariales.
Por lo general, a estas dos vías que buscan una transformación en el país, le corresponden también dos participantes diferentes. Quienes buscan estos dos objetivos diversos ―que pueden resultar contradictorios, pero no lo son en esencia― se diferencian en profesión, simpatías y alcance de sus esfuerzos. Es decir, que tradicionalmente quienes sostienen una posición moral sin claudicación alguna ―siempre y cuando sus intenciones sean sinceras― trascienden más en la prensa, en la literatura y la historia, pero menos en cuanto a resultados prácticos. Poetas, escritores en general y miembros de un exilio lleno de añoranzas integran sus filas. Mientras, en el otro bando se  encuentran los políticos en general, quienes representan o forman parte de los grandes intereses económicos, mercenarios de todo tipo ―para poner también la cara fea del grupo― y hasta algún que otro periodista, más o menos astuto. Al final, no resulta relevante ver en blanco y negro esta división. Es más, es incorrecto señalar un bando de buenos y otro de malos. Lo importante es no olvidar que ―aunque se alcen los gritos contra el oprobio― la práctica avanza mucho más rápido, y sabe más, en la mayoría de los casos.
La complicación ―y también la complicidad― en el caso cubano, es que ambas sendas no marchan por caminos paralelos, como resultaría normal desde una óptica impersonal, sino se cruzan, muerden y atacan a cada minuto. Con un exilio demasiado largo ―que lleva a preguntarse si la pasión por la patria no deja de ser un anacronismo―y poderoso al mismo tiempo, capaz de influir y determinar políticas de otra nación, pero al mismo tiempo incapaz de conquistar Estado alguno, que alimenta la ilusión de que uno de sus miembros alcance la presidencia del país más poderoso del planeta, pero que ha fracasado sistemáticamente en igual empeño en su nación de origen.
Así tenemos a legisladores cubanoamericanos que dedican la mayor parte de su tiempo a la justa denuncia de la represión en Cuba, pero que al mismo tiempo hacen todo lo posible para que quienes viven en la isla no puedan alcanzar la menor libertad económica. Que desde sus oficinas refrigeradas en Washington o Miami apuestan por el todo o nada, una posición fácil de asumir cuando la vida cotidiana no depende del ómnibus que no llega ni de la comida que falta. Cierto que el culpable de ello es el gobierno cubano ―repetirlo se ha convertido en un tedio necesario―, pero certeza similar es constatar que la impotencia, a la hora de producir un cambio más profundo en Cuba se sustituye por la arrogancia en cerrar cualquier camino que signifique un alivio parcial, por más limitado que este sea, a las carencias que existen en su país de origen.
Quienes en esta ciudad apoyan de forma activa a la disidencia expresan que este movimiento no debe ser aislado, que las voces de quienes protestan, critican o se oponen pacíficamente al gobierno de La Habana deben de ser escuchadas en todo el mundo. ¿Y entonces, por qué llevan años haciendo todo lo que esté a su alcance para impedir cualquier medida que facilite un cambio mínimo en la realidad cubana?

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