sábado, 17 de diciembre de 2011

Razonamiento torcido


En su blog Penúltimos días, Ernesto Hernández Busto recurre a una referencia curiosa para explicar su apoyo a la enmienda de Díaz Balart.
Dice Hernández Busto que en los primeros tiempos del Tercer Reich, la letra gótica dominó todos los impresos de la propaganda nazi. Sin embargo, en enero de 1941 se produjo un cambio. La letra gótica quedó prohibida por decreto. La verdadera razón detrás del cambio ―según el autor del post― era puramente práctica: a medida que el imperio alemán iba creciendo, necesitaba también ampliar su protocolo de comunicación. Y la tipografía gótica, de poca legibilidad, se hacía difícil de entender en los territorios ocupados. El otro motivo era que la sobreabundancia de material impreso en el Tercer Reich tropezó con una carencia de tipos móviles en letra gótica. En las fundiciones e imprentas del resto de Europa (Francia, Holanda…) la cantidad era reducida. Así que se decretó el salto al tipo romano.
En el caso que explica Hernández Busto, la carencia de un producto no se determina por una falta específica en la producción, sino por un incremento inusitado de la demanda. Los alemanes adoptaron la solución más práctica, y también la más fácil, pero el ejemplo es interesante porque muestra que el pragmatismo se impuso sobre una ideología fundamentalista.
Viene después el enlace que Hernández Busto, de esta referencia erudita con el caso cubano: ´´El cambio ideológico en una sociedad totalitaria, aventuro, no es tanto el resultado del debate o el roce con una ideología contraria (una ideología situada en una visión del mundo completamente opuesta, de entrada), sino de imperativos prácticos que van orillando a un régimen determinado a priorizar su supervivencia como grupo de poder´´.
Más adelante añade: ´´Siempre he creído que este punto de inflexión tendrá más que ver con la falta de dólares que con su superabundancia por la vía turística. Y es por eso que estoy a favor de la enmienda Díaz-Balart´´.
Interesante ejemplo. Comparto además el criterio de que los imperativos prácticos ―y en última o primera instancia la supervivencia― son los que obligan a los cambios en una sociedad totalitaria. Y no totalitaria también, en buena medida. Solo que a la hora de armar el juguete, encuentro que el fin no justifica los medios (empleados).
En primer lugar, la enmienda de Díaz Balart está dirigida contra la familia cubana, no contra el turismo hacia la isla. Si el legislador hubiera querido fundamentar una medida contra el turismo, debería haber incluido todos los viajes a Cuba, en particular los de los norteamericanos, que se han ampliado notablemente durante el gobierno de Barack Obama. Cierto que los principales viajeros a la isla son los cubanos que residen en Miami, pero por principio los norteamericanos no debieron haber sido excluidos de la medida: volver también a la situación existente durante el gobierno del ex presidente George W. Bush, cuando resultaba más difícil que un estadounidense viajara a Cuba. Díaz Balart lo que se limitó fue a trasladar un problema entre cubanos a un proyecto de ley norteamericano. Y por decantación, a considerar a los cubanos residentes en Estados Unidos, que viajan a Cuba, ciudadanos de segunda categoría.
Por otra parte, no hay razón que indique que un viaje cada tres años, una visita solo a los padres y no a los tíos, y $1,200 al año en remesas es la medida justa que separa lo humanitario de lo turístico. Si lo que se quiere es acusar a los cubanos, residentes en Estados Unidos, de hacer turismo (no entiendo desde cuándo esto es un delito) y no viajar por motivos sentimentales; si lo que se plantea de forma más o menos abierta es que los cubanos regresan como visitantes para comer barato, alardear y disfrutar de diversos placeres a precios de liquidación, y no para ver a la familia, hay que plantearlo a las claras.
En realidad, la enmienda de Díaz Balart no es más que un intento de darle marcha atrás a las manecillas del reloj: volver a la época de George W. Bush, ese sueño de un sector del exilio de Miami que no se resigna al fin de una época. Por lo demás, a Díaz Balart no le importa el resto de los electores de su distrito y, por supuesto, tampoco el resto de los cubanos que viven en Miami.
Sin, embargo, lo que más me llamó la atención del post en Penúltimos días es que también puede servir de explicación para justificar lo contrario de lo que plantea el autor: el cambio tipográfico que menciona ocurrió en una época de expansión, no de miseria, retirada y deterioro. De acuerdo al ejemplo, sería la abundancia y no la escasez la causa del cambio.

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