domingo, 27 de febrero de 2011

Futuras manchas


Más allá del mal uso y la falta de control sobre los millones de dólares que desde hace años viene destinando Estados Unidos para hacer avanzar la libertad en Cuba, fortalecer la sociedad civil y favorecer el respeto de los derechos humanos, hay varios aspectos que llaman la atención, en lo que hasta el momento no ha sido más que un gran derroche de fondos.
En primer lugar hay que señalar el desconocimiento y la prepotencia que subyace en ese esfuerzo ―aparentemente democrático y siempre generoso― que hasta el momento a lo único que ha conducido es a la impresión de miles de ejemplares de diversos textos dedicados a señalar la importancia de los derechos humanos. Lo que en un primer momento pudo haber sido una labor educativa, se ha convertido en el pretexto perfecto para justificar costos de imprenta, compras en librerías y elevados gastos de distribución. El fundamento que ha determinado tal colosal botadera de dinero es, en el mejor de los casos, de un paternalismo grosero, por no decir que constituye una muestra de racismo: quienes viven en la isla no han exigido mayores libertades porque las desconocen, nunca han leído que existen y ante todo hay que civilizar a los nativos.
El camino del aprendizaje —de acuerdo a esta estrategia— abriría las puertas de una mayor conciencia ciudadana, con la consecuencia de un aumento en las protestas y una mayor exigencia hacia el respeto de los derechos humanos. No solo se desconocen las características esenciales de la naturaleza represiva del régimen de La Habana; se sobrevalora la función de la propaganda.
Durante el gobierno de George W. Bush, la ilusión de lograr el avance de la democracia en Cuba llegó al despilfarro de crear una oficina con un presupuesto de 59 millones de dólares, y un despiste total sobre lo que ocurre en Cuba. A su cargo estaba Caleb McCarry, un hombre que desempeñaba una labor que por su suavidad debe haberle producido estrés. McCarry debe haberse aburrido mucho. Es posible que todavía esté aburriéndose.
La labor de McCarry y su oficina eran “acelerar el fin de la tiranía” de Fidel Castro. Sin embargo, nunca pudo exhibir ni un pequeño logro. Pero a nadie pareció preocuparle entonces. Ni al Congreso ni a los contribuyentes. Ahora se reclama diariamente un recorte de los gastos federales, pero nadie recuerda la contribución de esa oficina al déficit nacional.
McCarry también parecía obsesionado con el envío de información:
“Lo que estamos haciendo es cumplir con el pueblo de Cuba brindando información independiente, estrechando la mano con apoyo como, por ejemplo, con materiales de lectura que no son accesibles dentro de Cuba, que es una sociedad controlada por las autoridades”, afirmaba.
El gobierno de Barack Obama ha mostrado un rostro más sensato, en lo que podría ser la formulación de una política hacia el régimen cubano, pero una renuencia casi absoluta a dar los pasos necesarios para el establecimiento de un trato más racional.
Hasta el momento, la detención del subcontratista Alan Gross se ha convertido en la principal barrera para lograr un avance en el diálogo entre ambas naciones. En este sentido, el gobierno de La Habana debe cerrar el episodio. Un proceso transparente y la repatriación de Gross resultan indispensables en este sentido.
Al mismo tiempo, Washington debe ―de forma unilateral y sin exigir nada a cambio― enmendar una serie de errores de los gobiernos estadounidenses anteriores, a la hora de tratar con La Habana.
Hay que avanzar mucho más allá de la derogación de las sanciones a los viajes familiares y el envío de remesas, y de una tímida ampliación de los contactos personales y el envío de dinero. Ante todo, el gobierno de Obama debe poner fin a la política de cambio de régimen, que mezcla el unilateralismo en el terreno internacional con la utilización selectiva de los opositores residentes en el país, y realiza una evaluación de la situación cubana en la cual desprecia el pragmatismo, en favor de un juicio ideológico sobre los factores y protagonistas que supuestamente tienen la capacidad de influir sobre el proceso, con el fin de imponer un modelo de transición.
De igual forma, eliminar la entrega de fondos con fines de propaganda, tanto a las organizaciones fuera de la isla ―que dicen apoyar a la disidencia― como a Radio y TV Martí, cuya labor debe limitarse a la información verificada y el análisis noticioso de temas diversos, desde la política hasta la cultura. Esto implica poner fin al periodismo de barricada y el proselitismo político en favor de determinadas figuras, desde legisladores hasta supuestos líderes del exilio. Ello, por supuesto, implicaría llevar a cabo una revisión de los fines y modelos que llevaron a la creación de ambas emisoras.
Se impone el asumir hacia Cuba una política respetuosa, que acepte la realidad, pero que al mismo tiempo sea capaz de condenar las violaciones de los derechos humanos que ocurren en la isla. En otras palabras, no limitar la política internacional hacia un país vecino al campo de los derechos humanos y los reclamos del exilio de Miami. Es imperioso que Washington y La Habana conversen para crear los mecanismos que permitirían una labor conjunta en caso de un derrame petrolero que afecte a ambos países. ¿Y esa coordinación necesaria debe estar limitada por las declaraciones exaltadas de los congresistas cubanoamericanos, los reclamos justos de las Damas de Blanco o la vocinglera radio de Miami?
La actual administración debe establecer las prioridades más acordes a este país, a la hora de establecer su política hacia Cuba. De lo contrario, es probable que en el futuro no veamos una nueva marcha del exilio en Miami, sino las manchas de crudo en sus costas.
Esta es mi columna semanal, que aparecerá en la edición del lunes 28 de febrero en El Nuevo Herald.
Fotografía: Estación de servicio de ExxonMobil en Nueva York.

jueves, 24 de febrero de 2011

Preguntas a Hermanos


Creo que es iluso y de una perjudicial ceguera política negar que el ganador de este encuentro fue Fidel Castro. No se trató de una acción tomada en un momento de soberbia ni de un gesto impensado, sino de una decisión fríamente calculada, donde una vez más demostró sus conocimientos profundos de lo que puede esperar como respuesta de Estados Unidos a sus actos más osados. En primer lugar, el crimen del que fueron víctimas los Hermanos colocó de inmediato en un segundo plano la represión contra los miembros de Concilio Cubano. Luego, la aprobación de la Ley Helms-Burton como consecuencia del asesinato sirvió para volver a llevar la confrontación con el régimen cubano del terreno político al económico, y de dentro de la isla al plano La Habana-Miami-Estados Unidos. Hasta ahora, la única consecuencia visible de la Helms-Burton es el arrepentimiento de invertir en Cuba por parte de algunas empresas extranjeras. De nuevo la estrategia es el ataque económico contra el régimen de Fidel Castro. ¿Cuántos años más son necesarios para convencernos de que cada vez que aplicamos la estrategia de plaza sitiada estamos llevando la lucha al terreno más propicio para el gobernante cubano? ¿Cuántas veces tendremos que presenciar una y otra vez que cada vez que parece inmediato un acercamiento entre el gobierno de Estados Unidos y el de Cuba, Fidel Castro hace algo para impedirlo?
A su vez, la respuesta del gobierno norteamericano al derribo de las avionetas no puede catalogarse menos que de cobarde. No se trata solamente de que los pilotos derribados eran residentes de este país, tres de ellos ciudadanos norteamericanos, sino que se comprobó sin lugar a dudas que el derribo ocurrió en aguas internacionales. Si Estados Unidos demostró este hecho fácilmente, ¿por qué no castigó el crimen de forma más enérgica?, o ¿por qué no impidió antes las actividades de Hermanos al Rescate si quería evitar que en algunos de estos vuelos se violara el espacio aéreo cubano? El precario equilibrio entre neutralidad, simpatía con la causa del exilio y miedo a una confrontación actuó en contra de la vida de los Hermanos. Y contrario a lo que suele pensarse y el propio Fidel Castro afirma, el estrecho vínculo entre la política nacional y la internacional de Estados Unidos respecto a Cuba es aprovechado como un signo de debilidad por el régimen cubano.
Error táctico
Por otra parte, desde el punto de vista de la acción política, fue un error táctico que los aviones de Hermanos salieran a volar el 24 de febrero, como también fue un error anterior, que algunos criticaron adecuadamente en su momento, entregar públicamente $2,000 para Concilio Cubano, y dar pie a otro pretexto: el decir que Concilio estaba financiado desde Miami. Si Hermanos desplazó su labor humanitaria a la lucha política pacifista y a la desobediencia civil, su presidente debió tener en cuenta que el 24 de febrero no era el día más adecuado para salir con sus aviones. No hay ninguna duda de que el gobierno de Fidel Castro es el único responsable por las cuatro muertes, y que las guerras se ganan cometiendo errores, pero es hora de reconocerlos. Las razones que da Basulto para explicar el vuelo de ese día invitan a pensar que entre sus motivaciones también estaba un ansia de participar en una situación cuya acción se escapaba por completo para quienes residían en Miami, un afán de protagonismo si no político al menos histórico.
Ahora se contemplan retrospectivamente los hechos, y se ve cómo todos los peones de la jugada de Fidel Castro se movieron hacia las casillas favorables para él: doble agente listo para aparecer en el momento oportuno y montar una operación de distracción (con pobres resultados, es verdad, pero de cualquier manera un elemento en su favor, reforzado por la ineficaz labor del FBI), una condena mediatizada en los organismos internacionales, una Ley Helms-Burton repudiada por medio mundo, un movimiento de oposición interna que aún no ha podido recuperarse del golpe recibido. ¿El año que viene en La Habana, o de nuevo en el estrecho de la Florida?
Nota: esta columna la publiqué en El Nuevo Herald el lunes 24 de febrero de 1997, a un año del derribo de las avionetas. Me parece que mantiene vigencia y que las preguntas continúan sin respuestas.

martes, 22 de febrero de 2011

Comentarios memorables (IV)


Para algunos de mis lectores, el problema no es el hombre y su circunstancia, al decir de Ortega y Gasset, sino el hombre y su clóset:
“¿Por qué será que, y he observado mucho en este foro, los que defiende ‘eso’ que impera en Cuba, temen y esconden lo que sienten por ‘eso’ de allá y todo tiene que ser bajo zapa y, este Sr Armengol es vivo ejemplo de ello? ¿Por qué Armengol, no solo abandonó ‘eso’ que tando defiende hoy sino que, encima de todo, se hizo ciudadano americano? La respuesta —según muchos que le conocen—no es tan complicada como imaginamos. Mister Armengol —porque ya es Mister— se marchó de Cuba porque allá en Cuba no supieron estimar, y menos aún, premiar su talento —un poco confuso—, pero su talento superior que él estíma que posee, muy superior a muchos que en Cuba, en aquella época, estában por encima de él sin tener su talento y conocimiento. Además, aunque hubiese llegado a director del Granma o Juventud Rebelde, ese no era campo suficiente para el desarrollo de sus cualidades. Eso le trajo fricciones con el alto mando, y descontento consigo mísmo, además, ciertas tendencias burguesas de tipo gastronomicas lo impulsaron a dar el salto. Una vez aquí y al ver la libertad de expresión que se desbordaba frente a él, comenzo su ascenso en el Herald donde también, puede tirarle sus darditos a los que en Cuba lo marginaron y los pedruzcos al exilio historico y aunque parezca extraño, Mr. Armengol no se siente cómodo y, hasta desdeña al “hombre nuevo” que está arribando a Miami últimamente y los denomina los “cromagñones” y la pregunta es: ¿Saldrá Mr. Armengol del closet y se declarará Marxista/Leninista? y, eventualmente ¿regresará Mr. Armengol al closet y se declarará anti-cromagñon y “hombre nuevo”? That is the question Mr Armengol, be or not to be”.
Nota 1: como siempre, respeto la buena (o mala) ortografía del lector, aunque a veces me resulta muy difícil y .no puedo contenerme. Por ejemplo, este amable lector no sé por qué dejaba un espacio luego de cada signo de admiración o coma. Decidí corregirlo.
Nota 2: los comentarios de esta semana a mi columna han estado realmente buenos esta semana. Hay hasta un excolega, exdemócrata, es no sé cuántas cosas más que se embulló a escribir.

lunes, 21 de febrero de 2011

¿Reagan el mejor?, por favor

Ronald Reagan es considerado el mejor mandatario de Estados Unidos, según una encuesta publicada por la consultora Gallup, coincidiendo con la celebración del Día de los Presidentes.
Ceo que el significado más importante que se desprende de esta encuesta es no solo la poca memoria de los estadounidenses, sino el valor de la propaganda.
“Los estadounidenses tienden a mencionar a los presidentes más recientes, algo que no es una sorpresa ya que el estadounidense medio durante se vida escucha mucho sobre los presidentes en el cargo, pero comparativamente poco acerca de los presidentes históricos muertos hace tiempo”, indica Gallup.
De hecho, cuatro de los cinco presidentes más recientes están entre los mejores 10 presidentes de la lista de este año, el actual presidente, Barack Obama, su predecesor George W. Bush (2001-2009), Clinton y Reagan.
Los expertos consideran que las recientes celebraciones del centenario del nacimiento de Reagan han contribuido a fomentar la percepción positiva del expresidente.
Reagan ha sido recordado con actos en todo el país por sus planes económicos para encarrilar el país en la prosperidad, en un momento en el que EEUU vive una profunda crisis, o el discurso en la puerta de Brandemburgo de 1987, en el que invitó al líder soviético Mijaíl Gorbachov a derribar el Muro de Berlín.
Por duodécimo año consecutivo, Reagan, que dirigió el país entre 1981 y 1989, fue reconocido con esta distinción, seguido muy de cerca por el presidente número 16, Abraham Lincoln (1861-1865), recordado como el impulsor de la unidad del país y el precursor del abolicionismo, y de otro más moderno, el número 42, Bill Clinton (1993-2001).
Todo parece indicar que los estadounidenses han olvidado la profunda crisis económica ocurrida durante el mandato de Reagan, su marcha atrás en sus planes económicos y su rechazo inicial a Gorbachov. Nada, que el olvido de la historia, o en la historia, puede ser equivalente al mayor de los perdones.

El O.K.. Corral en las universidades de Texas


Si dejan a los republicanos gobernar un poco más de tiempo, van a destruir este país, o al menos devolverlo al siglo XIX. La batalla del O.K. Corral duró apenas 30 segundo y solo dejó tres muertos. Los nuevos combates serían mucho más sangrientos y duraderos. Supongamos que algún desquiciado entra armado en un recinto universitario y comienza a disparar. En vez de incrementar los controles y medidas de seguridad para que ello ocurra, a un brupo de políticos republicanos no se les ha ocurrido nada mejor que autorizar una respuesta armada por parte de los estudiantes. Me imagino que después de esto vendran las prácticas de tiro y las ferias de armas en los recintos universitarios, además de los cursos de Puntería 101, y Matar con certeza 202.
De acuerdo a una información cablegráfica, los alumnos de las universidades de Texas podrían acudir al recinto armados si llegara a prosperar una propuesta de ley presentada ante la cámara legislativa de dicho estado de Estados Unidos, informaron este lunes medios estadounidenses.
El gobernador de Texas, el republicano Rick Perry, se ha manifestado a favor de esta iniciativa respaldada por más de la mitad de los miembros de la Cámara de Representantes, que de aprobarse permitiría a los alumnos llevar armas de mano.
Fotografía: el gobernador de Texas, el republicano Rick Perry, se dedica a su prática favorita para ganar votantes.

Intercambios y oportunismo


Me es imposible lograr que Willy Chirino pueda dar un concierto en La Habana. Tampoco tengo la capacidad para conseguir que en la isla se realice el merecido homenaje a Celia Cruz, aún pendiente. Bebo Valdés ―qué más quisiera yo― no ha recibido los honores que merece en Cuba. Tampoco Guillermo Cabrera Infante y muchos otros. Me detengo para no convertir esto en un rosario de deudas.
Ahora bien: ¿debo convertir mis quejas en un inventario de omisiones y censuras, acumuladas en Estados Unidos hacia los escritores y artistas que residen en Cuba, e incluso se han manifestado en determinado momento a favor del régimen de La Habana?
Si el gobierno del presidente Barack Obama autoriza que los artistas cubanos residentes en la isla ―a los que por casi una década no se les permitió viajar a Estados Unidos― visitar este país, ¿lo único que se me ocurre hacer es convertirme en censor o aduanero, y exigir un intercambio uno a uno, como si simplemente se tratara de prisioneros o esclavos?
De entrada, debo aclarar que no creo que mi opinión tenga influencia alguna en Cuba. Al irme renuncié, voluntariamente o porque no me quedaba más remedio, a una serie de derechos y deberes. Cuando adopté la ciudadanía norteamericana, esta lista se amplió considerablemente. Es en Estados Unidos donde creo ―quizá con demasiada ilusión― que mi opinión tiene un mayor peso.
De acuerdo a las normas de este país, me parece que cualquier ciudadano norteamericano tiene el derecho de viajar a Cuba como turista, no porque se le considere un abanderado de la democracia, sino por un simple derecho de ciudadano. Lo demás es política de barrio, votos de legisladores logrados mediante contribuciones de campaña y falta de interés hacia el turismo en una isla caribeña.
A la vez, creo que Estados Unidos debe permitir la visita de artistas, escritores y académicos residentes en la isla sin exigir reciprocidad a cambio. Queda en manos de las universidades y otros centros académicos en este país el asumir la responsabilidad y los gastos del viaje. Lo demás: sacar a relucir antiguas cuentas o preguntarse por qué éste y no aquel, corre a cargo de resentidos de última hora o lo que es peor, de los oportunistas de esquina que siempre están dispuesto a las comparaciones.
¿Hasta cuándo se va a escuchar en esta ciudad el mismo argumento de la comparación fácil con el régimen de La Habana? Si Cuba censura, ¿por qué nosotros no vamos a hacer lo mismo? Si los cantantes de Miami no pueden actuar en la Plaza de la Revolución, ¿debemos aquí permitirle pasearse por las calles de Miami?
Pues sí. Por una razón muy simple: quienes vivimos en esta ciudad estamos hasta la coronilla de censores y no queremos uno más. Si a usted le disgusta que el intercambio cultural sea en un sólo sentido, tiene todo su derecho a expresar su criterio. Pero si al mismo tiempo, por esa limitación quiere suprimirlo o se pone de parte de los censores, pues sencillamente no ha entendido lo que es vivir en democracia. O lo que es peor, por conveniencia económica se pone de parte de quienes actúan igual que sus supuestos enemigos.
Quienes apelan al criterio de que se trata del dinero de los contribuyentes y de pronto se arropan con la bandera del erario público, para supuestamente defender que ni un solo dólar sea gastado en los espectáculos de quienes vienen de Cuba, son por lo general tergiversadores o ignorantes, más interesado en desvirtuar una política que en conocerla. Hipócritas y descarados, en la mayoría de los casos se limitan a pulsar una cuerda que en Miami siempre encuentra resonancia.
En la lista de los hipócritas merecen especial consideración quienes, bajo el disfraz de la ortodoxia anticastrista buscan una rápida notoriedad, con la esperanza de borrar un pasado en que recibieron los más variados privilegios del gobierno de La Habana, desde estudios en el extranjero hasta becas providenciales. Son quienes le sacaron partido a un status especial que les permitió un día abandonar la isla, sin tener que preocuparse por los actos de repudio, el ostracismo o las humillaciones que siempre ha implicado la salida definitiva del país.
Estos patriotas de la diáspora, a los que simplemente les bastó subirse a un avión, aterrizar en cualquier destino y declararse miembros del talibán anticastrista, gritan a diario ante cualquier acercamiento con alguien que vive en la isla.
Con una frecuencia que desafía el tiempo y la cordura, se fabrica en el exilio cubano un motivo o una querella para que ciertos instigadores de la opinión pública justifiquen su incompetencia cultural y política con nuevos llamados a la persecución y el insulto. No merecen el título de intransigentes, porque su intransigencia es acomodaticia. Son mercaderes de la intolerancia, no verdaderos intolerantes. Se dedican a la caza de brujas, amparados en la inmadurez y la frustración desarrolladas por un exilio demasiado largo, y en la ilusión de poder que da un micrófono, un periódico o una simple carta. En esencia no son más que inquisidores de gueto, que realizan cruzadas en que exigen disculpas, arrepentimientos y retractaciones, en busca de culpas ajenas para olvidar las propias.
Fotografía: protesta de Vigilia Mambisa por el concierto organizado por Juanes en La Habana.

lunes, 14 de febrero de 2011

El informante bueno y el informante malo

Al estilo de un Perry Mason cubano, el abogado Arturo Hernández, que encabeza la defensa legal de Luis Posada Carriles, ha entregado a la corte no solo pruebas suficientes para según él desestimar tres cargos contra su cliente, sino también resuelto un crimen.
Hernández explicó que uno de los documentos desclasificados que estaba en poder de la fiscalía federal contiene “revelaciones alarmantes” que establecen que los atentados en 1997 fueron ordenados por el propio Fidel Castro, para desviar la atención de la visita del papa Juan Pablo II.
Juan Pablo II visitó Cuba en enero de 1998. El viaje del Sumo Pontífice a Cuba fue un triunfo para Castro. No hubo manifestaciones en contra del gobierno, se evitaron casi completamente las confrontaciones directas y el Papa no presentó el rostro enojado que caracterizó su encuentro con los sandinistas en Nicaragua.
Castro ganó legitimidad en un momento difícil de su carrera política. Una jugada que el mandatario quiso dar a entender que resultó riesgosa, cuando en realidad todos los peligros siempre estuvieron calculados de antemano. El propio gobernante se había dedicado a especificar —antes de la llegada de Juan Pablo II— que la situación polaca era muy diferente a la cubana: el comunismo en el país europeo había sido impuesto por las tropas de ocupación soviéticas y el rechazo al socialismo ruso se explicaba en gran parte por un sentimiento nacionalista de un pueblo profundamente católico, fueron sus palabras. Un ataque frontal a una potencia que había elogiado hasta el cansancio, pero que ya no existía y que por lo tanto no valía la pena justificar como había hecho antes.
No tiene mucho sentido la hipótesis de que un año antes tratara de torpedear la visita que Castro preparaba con tanto detalle, con el acto burdo de colocar unas cuantas bombas y producir un grave daño a la industria turística que ya para entonces el Gobierno cubano estaba empeñado en desarrollar.
Cuando el Secretario de Estado del Vaticano, cardenal Tarcisio Bertone, visitó la isla del 21 al 26 enero de 2008, en ocasión del décimo aniversario del histórico viaje de Juan Pablo II, se supo que Fidel Castro también había invitado a visitar Cuba al nuevo Pontífice.
Bertone estuvo en La Habana en octubre de 2005, cuando era arzobispo del puerto italiano de Génova.
En esa ocasión se entrevistó con Castro, quien le pidió que intercediera para que el nuevo Papa, Benedicto XVI, elegido el 19 de abril de 2005, cumpla una visita a la Isla.
“¿Puede ayudarme? ¿Puede decirle al Papa que quiero invitarlo a Cuba? ¿Puede ser el portavoz de mi deseo?”, contó Bertone que le dijo Castro en la revista italiana Il Consulente RE.
No parece entonces que una visita papal constituyera un problema para Fidel Castro. Salvo en Miami, el argumento de este abogado se acoge con mucha reserva en cualquier parte.
Sin embargo, Hernández indicó en El Paso que la fuente del FBI —que según él tenía información del Ministerio de Interior de Cuba— explicó en el documento que se planeó imputarle al exilio cubano, específicamente a Posada Carriles y a la influyente Fundación Nacional Cubana-Americana (FNCA), con sede en Miami, los ataques y serviría al régimen como justificación para continuar con la “represión” a los cubanos en la isla.
Más bien da la impresión que este informante estaba detrás de unos cuantos pesos y un informe agradable al oído de los estadounidenses y el exilio de Miami.
La validez o no del informe resulta esencial, porque no hay otro documento presentado que corrobore este testimonio.
Es decir, hay que creer a pie juntillas lo que dice este informante.
El problema es que entonces también se puede argumentar que hay que creer lo que dicen otros informantes anteriores, en contra de Posada Carriles y de Orlando Bosch.
Quienes defienden a ambos en el exilio de Miami consideran que estos otros confidentes carecen de credibilidad.
Durante el juicio, el propio abogado Hernández ha lanzado un asesinato de carácter a fondo contra Gilberto Abascal, al que ha buscado presentar como loco, sinvergüenza, mentiroso y más. Sin embargo, este informante nuevo no ha hecho más que decir la verdad.
Arturo Hernández es un letrado que ha declarado que lo importante para él es cumplir dos obligaciones: servir el sistema jurídico con honestidad y ética, y los in-tereses del cliente. En su página en internet describe que su reputación ha ido creciendo en la medida de que se ha incrementado su trayectoria como un abogado agresivo pero comprometido en mantener y mejorar la ética de su profesión.
El hombre que una vez soñó con ser escritor, y que mantiene viva su pasión por la filosofía comenzó en la práctica pública defendiendo a los delincuentes llegados a Miami por el puente Mariel-Cayo Hueso ―también destaca en su página que logró que muchos salieran absueltos, para pasar al ejercicio privado donde adquirió renombre como defensor de narcotraficantes y casos notables de lavado de dinero.
Sin embargo, lo que le ha otorgado fama nacional e internacional es su defensa de casos de conocidos exiliados cubanos que han enfrentado problemas con la ley, desde el excomisionado de Miami Humberto Hernández hasta notables anticastristas, como el empresario Santiago Álvarez, un empleado suyo llamado Osvaldo Mitat y Roberto Ferro, a quien las autoridades decomisaron en California un arsenal de 1.400 armas de todo tipo. Pero sin duda el caso de Posada Carriles es hasta el momento la cima de su trayectoria.
Aunque no se ha formulado imputación ética alguna, desde el punto de la práctica legal, a la labor de Hernández, me pregunto cuántos en Miami o en otros lugares saben que su defensa está a cargo de un conocido defensor de narcotraficantes y acusados de lavado de dinero.
Lo cierto es que en el caso de Posada, la defensa viene utilizando algunos de los recursos usuales a que recurren los abogados en casos criminales de otra naturaleza. Es verdad que lo que está realmente en juicio no son las simples acusaciones de que un anciano mintió en su declaración para hacerse ciudadano norteamericano, también es cierto que Posada Carriles tiene todo su derecho a buscar una defensa agresiva, cuando tienen que enfrentar la poderosa maquinaria de la fiscalía estatal, pero nada de lo anterior permite pasar por alto los detalles de la estrategia para librar de la prisión al “patriota” de Miami.
Un ejemplo de ello es que la defensa ha escarbado entre el mamotreto presentado por la fiscalía, en busca de cualquier indicio que pudiera servirle en sus intentos de anular el juicio. Por supuesto que esta conducta no se puede catalogar de ilegal aquí en Estados Unidos y que solo ha repetido una práctica usada a diario por los abogados de este país. Incapaz de demostrar la inocencia de su cliente, el equipo legal que defiende a Posada Carriles se ha dedicado con saña a convertir el juicio en un sainete o una pesadilla, y a sembrar la duda en el jurado. Nada de heroico en este comportamiento, pero como en otras ocasiones ha ocurrido con Posada Carriles, al final siempre el fin justifica los medios.
Para conocer lo que ha dicho la fiscalía federal de Estados Unidos sobre esta moción, pinche aquí.
Para acceder a la página del abogado Arturo Hernández, pinche aquí.
Fotografía: Luis Posada Carriles al centro, con su hija y el abogado Arturo Hernández, al regresar a Miami luego de estar encarcelado en El Paso, Texas, durante dos años.

domingo, 13 de febrero de 2011

Cuba y la estabilidad aparente


Por momentos da la impresión que Cuba alberga dos naciones distintas. Durante los últimos años hemos asistido al desarrollo de una política exterior exitosa, multiplicarse los acuerdos, diversificarse las fuentes de ingresos y consolidarse un importante número de inversiones.
También se ha permitido la expresión de opiniones diversas ―bien es cierto que en limitados asuntos― y la aceptación, mas allá de lo que por décadas fue el patrón oficial de formas alternativas de conducta, en aspectos que van de las preferencias sexuales al modo de ganar dinero por medios lícitos.
Con una consistencia absoluta, que desafió los pronósticos, asistimos a un traspaso de poder ―por momentos de alcance limitado, otras veces más amplio de lo esperado― que ha logrado despreciar cualquier intento de acercamiento por parte de Washington.
Sin embargo, donde el gobierno cubano no logra levantar cabeza es en un desarrollo económico que se exprese en mejoras en el nivel de vida de la población, y el “enemigo“ que de forma pausada pero constante ha comenzado a ganarle batallas es el sector privado de la economía.
Permitido a una escala que ha motivado que ―a veces con desprecio y otras con razón― se le considere simplemente como la multiplicación de timbiriches, esos pequeños negocios y esfuerzos personales han comenzado a cambiar no solo la situación del país sino hasta su paisaje.
Acaba de conocerse que el sector privado ha demostrado una mayor eficiencia en la construcción de viviendas que el Estado. El resultado no es asombroso, pero si se considera que cualquier gran firma constructora en un país como Estados Unidos aplasta sin remedio no sólo al constructor aislado sino a la pequeña empresa edificadora ―al punto de que estos últimos tienen que contar con protección y ayuda federal en el mejor de los casos― queda claro no solo la ineficiencia del Estado cubano, sino su vocación para el despilfarro.
Es decir, que en Cuba el Estado aprovecha al máximo su poder represivo, pero malgasta su poder económico. La explicación de esta ineficiencia estatal está dada en gran medida en el hecho de que el burócrata no se beneficia de la eficiencia, sino todo lo contrario. Como en buena medida sus privilegios dependen de que el acceso de bienes y servicios se mantengan escasos, hace todo lo posible para perpetuar esa situación.
A este problema se enfrenta el presidente Raúl Castro, al tratar de buscar una mayor eficiencia en la economía. Su gobierno está tomando medidas destinadas a evitar fenómenos que van del tráfico de divisas a la evasión fiscal, la corrupción y el robo en las empresas estatales.
Sin embargo, tanto el limitado sector privado, como el amplio sector de economía estatal, están en manos de personas que conspiran contra esa eficiencia por razones de supervivencia.
La fragilidad de un socialismo de mercado es que su sector privado, si bien en parte está regulado por ese mismo mercado, en igual o mayor medida obedece a un control burocrático. Al mismo tiempo, este control burocrático lleva a cabo muchas de sus decisiones a partir de factores extraeconómicos: políticos e ideológicos.
Asombra la distancia entre todo ese aparato efectivo de control nacional, que ha logrado mantenerse sin variaciones, ese esfuerzo en ampliar los servicios de cara al turismo internacional, y esos resultados tan pobres, en lo que tiene que ver con la satisfacción de las necesidades de la ciudadanía, que de pronto convierte en noticia el surgimiento de un puesto de fritas o la reapertura de una tienda de tarecos con precios exagerados. Como si fuera necesaria la actuación de un Estado poderoso para poner a la venta candados, tuberías y hamburguesas. Ridículo que un aparato tan completo y complejo, a la hora de actuar con éxito en la esfera internacional, sea tan torpe y limitado cuando se trata de ofrecer unos cuantos artículos.
El ensanchamiento o la disminución de la brecha entre la Cuba del ciudadano de a pie y la Cuba que a los ojos del mundo intenta ofrecer una visión de permanencia, estabilidad y desarrollo depende el fracaso o el triunfo del gobierno de Raúl Castro.
Las apariencias de estabilidad, sin embargo, no deben hacer olvidar que lo que hasta ahora ha resultado determinante, en casi todas las naciones que han enfrentado una situación similar a la hora de definir el destino de un modelo socialista o de levantarse contra una tiranía, es la capacidad que ha tenido el régimen para lograr que se multipliquen no mil escuelas de pensamiento sino centenares de supermercados y tiendas. Eso y la fidelidad del ejército nacional al gobierno. El mantenimiento de un poder férreo y obsoleto sobrevive no sólo por la capacidad de maniobrar frente a las coyunturas internacionales y por sustentarse fundamentalmente en la represión y el aniquilamiento de la voluntad individual, sino que el desarrollo de una sociedad que avanza en lo económico y la satisfacción de las necesidades materiales del ciudadano, aunque sea sobre una base de una discriminación económica y social en aumento, puede permitir a la vez el mantenimiento del monopolio político clásico del sistema totalitario. La propiedad estatal y privada pueden coexistir en la Cuba actual, pero se trata de una simbiosis incómoda, plagada de aspectos imprácticos, cuyo equilibrio es más una apariencia que una estabilidad real.
Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparecerá mañana lunes en el periódico.

viernes, 11 de febrero de 2011

Comentarios memorables (III)

Hay amores que matan o el constructor a bombas y cañonazos:
“Aunque presumiendo que el Doctor Orlando Bosch haya cometido algún error durante su larga y sacrificada vida de lucha en contra de la Tiranía, la realidad es que se ha ubicado al lado de los sometidos y explotados, está en el grupo de los que aman y construyen”.

jueves, 10 de febrero de 2011

La república de Hialeah contraataca (I)

Por favor, dejen a los ciudadanos de Hialeah vivir en paz, y abandonen esos sueños de república bananera:
Con el voto unánime de sus siete miembros, el Concejo de Hialeah acordó solicitar al Congreso de Estados Unidos que prohíba la entrada de artistas y músicos cubanos procedentes de Cuba.
“Es una falta de respeto permitir un intercambio cultural con Cuba cuando allá siguen reprimiendo al pueblo”, indicó Carlos Hernández, presidente del Concejo.


martes, 8 de febrero de 2011

Diálogos del exilio



Uno de los logros de la película Diálogos de Exiliados del chileno Raúl Ruiz, un filme menor por otra parte, es que logra transmitir el carácter temporal del exilio y la fragilidad del recién llegado, que acaba de abandonar su país. Esos apartamentos hacinados de chilenos, quienes acaban de llegar a un país extraño, del que desconocen lenguaje y cultura, o esas diferencias sutiles y no tan sutiles, que se van estableciendo entre quienes dominan el francés y los que apenas lo chapurrean penosamente, muestran un conjunto en que las actividades políticas, de denuncia al régimen de Pinochet, son tanto un elemento de unión como un medio de supervivencia.
Si mientras mira la película uno trata de imaginar situaciones similares en el exilio cubano, principalmente en Miami, encuentra que es más fácil establecer diferencias que similitudes. No porque quienes abandonaron la isla no hayan sufrido situaciones semejantes sino porque al evocarlas o tratar de representarlas es imposible no referirse al momento en que ocurrieron.
Así, mientras el exilio chileno es un hecho definido en tiempo y lugares geográficos, el cubano es global geográficamente y parcelado en etapas políticas, sucesos, confrontaciones y oleadas migratorias. Nada, que siempre hay que poner una fecha por delante.
De esta forma, el sentimiento de pérdida que siempre caracteriza al exilio en el caso cubano se transforma y esconde. El desamparo casi desaparece con el establecimiento de un núcleo poderoso que domina una ciudad, Miami, y el afán de vuelta se trastoca en la cultura de triunfo propia de la sociedad estadounidense. La incapacidad para lograr un cambio de régimen en la isla, ni siquiera un traspaso de poder, se esconde tras los evidentes logros de una comunidad poderosa y con un poder político hipertrofiado en Washington.
Eso explica que los llamados a no elegir de nuevo funcionarios corruptos, dejar de aferrarse al embargo y echar a un lado la intolerancia, ejercida en cuestiones culturales y académicas que desconocen, caigan en saco roto ante un sentimiento arraigado en los que controlan buena parte de la opinión pública de esta ciudad: somos poderosos. De esta manera, las frecuentes llamadas a no ofender el ''dolor del exilio'' no son más que advertencias claras a no cuestionar el “poder del exilio”.
Esta aberración ha llegado al extremo de alentar la esperanza de que el senador Marco Rubio se convierta en el presidente de Estados Unidos, como el camino más largo inimaginable para lograr un triunfo político: al no poder imponer un mandatario en Cuba, ocupar la Casa Blanca actúa como premio de consolación.
Lo singular en todo esto es que dos perdedores en la lucha contra Fidel Castro se han convertido en héroes del exilio: Orlando Bosch y Luis Posada Carriles. No es poco común que el culto al perdedor impere en la historia y la literatura, lo que resulta llamativo, en el caso cubano, es que se justifiquen estas acciones con el argumento de que “Castro hizo lo mismo'”.
Además de infantil (es el niño que justifica sus maldades diciendo que su hermano hizo lo mismo), este argumento de justificación de la violencia indiscriminada acerca peligrosamente― y aquí esta palabra no se usa para adjetivar sino para caracterizar una situación― la actitud y los valores de un grupo de exiliados a los de sus opuestos en el gobierno castrista. Este intento de derrumbe de un gobierno por medio de la violencia terrorista, de tener éxito, no hubiera sido más que otra vuelta a la espiral de frustración y odio que recorre la historia cubana.
La asociación entre fracaso bélico y acciones terroristas, en el caso cubano, no evidencia el recurrir al terror como última instancia ni ante la superioridad del enemigo, aunque tampoco excluye estos argumentos. Es más bien una exigencia de definición: o conmigo o contra mí, que se hizo práctica común en Cuba después del triunfo de Fidel Castro. El exilio adopta este principio no como táctica, es más bien su razón de ser. Perdura hasta hoy en día en Miami e intentar definir cualquier actividad, desde oír música en la radio hasta asistir a un cabaret, bajo el rigor ideológico. Lo curioso es que muchos partieron hacia Estados Unidos precisamente, entre otros motivos, para abandonar esa rigidez. Por ello el mejor ―y quizá único― cambio introducido en la naturaleza política de Miami, por las nuevas generaciones de exiliados, es el rechazo a subordinarse a esa inquisición versallesca.
En el caso de Bosch y Posada Carriles, sin embargo, su fracaso en todas las acciones contra el gobierno de La Habana, es acogido como un martirologio. A la acusación de terroristas, sus partidarios más fieles responden no sólo asumiendo estas acciones como necesarias, sino también pasando por alto la inefectividad de éstas. Posada y Bosch se convierten entonces en la representación de un exilio ajeno a la temporalidad, perpetuo en sus errores.

Comentarios memorables (II)


“Independientemente que no comulgo con el castrismo velado de Alejandro Armengol, me adhiero a su condena de las actividades terroristas que se han llevado a cabo en nombre de ‘la libertad de Cuba’. Por ejemplo, el atentado con bombas organizado por Posada Carriles a fines de la década de los noventa en La Habana coincidió con una visita de mi esposa a Cuba para conocer a mis hijos y nietos [a mí el gobierno no me deja entrar al país]. Pues bien, la bomba que mató al italiano pudo haber herido a mis familiares, que ese día iban a una piscina juntos a pasar el día. Al escuchar aquí la noticia, empecé a llamar frenéticamente a casa de una hija en La Habana, donde tardó algo en conocerse la noticia del bombaso. Afortunadamente, mis parientes habían cambiado a última hora sus planes y en lugar de a ese hotel fueron a Río Cristal. Además del susto, la fiesta me salió en más de $250 en llamadas a Cuba.
En cuanto a Miguel Barnet, fui vecino de sus padres en Santa Clara y por eso lo conocí desde la década del 60, antes de que escribiera su famoso libro Cimarrón, que por cierto me honre en reseñar en la revista de la Universidad Central [fue la primera reseña publicada]. De ahía en adelante seguí su carrera y fui incluso compañero suyo, junto a Moreno Fraginals y otras personalidades, en un grupo de investigaciones organizado por el Teatro Nacional, del cual salió el Instituto de Etnología y Folklore. Me llamó la atención que en los primeros años no le permitieran cobrar derecho de autor por sus obras publicadas en el extranjero, aunque después se dieron cuenta del error y lo captaron como un laureado escritor oficial. Terminó la exclusión y siguieron los halagos, que con el tiempo lo llevaron a la presidencia de la UNEAC. Barnet se dejó querer por el régimen y ahora todos conocemos el resultado, que en nada disminuye su talento de poeta y narrador”.

lunes, 7 de febrero de 2011

Comentarios memorables (I)


Me parece que va a resultar divertido hacer una sección donde aparezca algún que otro comentario realizado por los lectores de mis columnas de los lunes en El Nuevo Herald.
El único criterio que voy a utilizar en la selección de éstos es el de su singularidad. No importa que sean a favor o en contra de lo escrito. Solo un momento para añadir lo obvio: nunca he tenido que ver con la selección de comentarios en El Nuevo Herald, ni en el caso de mis artículos o de algún otro. Y en los aislados casos en que se me ha consultado sobre alguna carta que me critica con dureza, siempre he sido partidario de publicarla.
Por el momento basta agregar que cualquiera que diga que fui militante del Partido Comunista o la Juventud Comunista en Cuba, miembro de algún cuerpo de seguridad, inteligencia o policial en la isla, agente encubierto o no encubierto del gobierno cubano en Estados Unidos no sólo me insulta sino que me difama. Para esos mentirosos, muchos de los cuales sí formaron parte de esas instituciones políticas o represivas en Cuba, solo tengo desprecio.
Ahora, sin odio y sin saña, va a ir apareciendo esos comentarios de los lectores, a medida que los encuentre.
Para comenzar este me parece “genial”. El autor está en lo cierto en que en muchos casos cada Estado condecora a sus terroristas. Lo que me llama la atención es que al menos considera que Miami es un país independiente de Estados Unidos. Que yo sepa, a Posada Carriles y Antonio Bosch no los ha decorado Washington, sino que ha intentado o logrado condenarlos. A continuación, el comentario del lector:
“Estos nostálgicos que si hubiera buena comida y aire acondicionado en Cuba no vivirían en Miami cogen a Bosch y Posada Carriles para toda situación. Señores cada país condecora a sus terroristas y condena a los demás. Los ingleses condecoraron a los pilotos que arrasaron las ciudades alemanas, los judíos premiaron al terrorista Begin haciéndolo primer ministro todas las veces que quiso. Los rusos premiaron a los generales que masacraron Chechnia mientras los chechenios premiaron a los terroristas que asesinaron a los niños en las escuelas de Moscú. Los palestinos llaman héroes a sus suicidas y los Israelíes a sus soldados que los masacran. Castro le da cobija a los de la Eta y cualquier otro terrorista que ande por el mundo. Chávez llama hermano al Chacal y Obama se inclina ante los reyes Sauditas que financian el terrorismo mundial.........por qué no dejan a Bosch y Posada Carriles tranquilos?”.

De escritores, artistas y cederistas



Nada hay de singular en que un grupo de intelectuales y artistas exiliados enviaran una carta de protesta a una universidad de Nueva York, por invitar al escritor Miguel Barnet, presidente de la oficial Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC).
Que Geandy Pavón ―proyeccionista de la imagen de Zapata Tamayo en embajadas y teatros de diversos países― quiera dar a conocer su rechazo al acto, una simple presentación de una novela de Barnet traducida al inglés, es un acto común en un país democrático. Tanto él como los otros intelectuales y artistas que firman la carta han utilizado sus derechos ciudadanos para expresar una opinión. Quizá hay por ahí quien les reproche que en realidad lo que están haciendo es brindarle publicidad al lanzamiento del libro (nunca antes había oído de la existencia de la editorial Jorge Pinto Books), pero es posible que ellos piensen que este es un daño colateral inevitable.
El envío de misivas de protesta a instituciones académicas es una práctica casi cotidiana. Pocos meses atrás ―aunque con peor suerte de divulgación en este periódico― hubo otra carta por la entrega de una placa, que se le otorgó a Orlando Bosch en un centro académico de la Universidad de Miami (UM). Profesores de todo el país, entre ellos un grupo nutrido de la UM, criticaron el evento de homenaje a Bosch que organizó el Instituto de la Memoria Histórica Cubana.
Claro que la comparación entre Barnet y Bosch no es adecuada. Aunque a uno no le gusten los libros del autor de Biografía de un cimarrón, no simpatice con sus opiniones políticas, rechace su labor al frente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y reniegue de sus declaraciones, no puede decir que el escritor ha sido condenado por actividades terroristas en Estados Unidos. Bosch sí.
Lo que une a ambas cartas es la diferencia entre Barnet y Bosch, no sus semejanzas. Uno es alguien que ha dedicado su vida al enfrentamiento violento contra el régimen de La Habana, sin detenerse en que los medios empleados puedan causar víctimas civiles. Para el sector más recalcitrante del exilio de Miami es un héroe, para el resto del mundo ―incluidos los tribunales norteamericanos y la Secretaría de Justicia durante el gobierno de George Bush― un terrorista. El otro es un escritor que durante una época estuvo marginado y luego reincorporado por completo al sistema imperante en la isla, que ha sabido aprovechar al máximo esa “rehabilitación” y ha hecho declaraciones lamentables.
La conclusión es que a Barnet se le puede rechazar desde el punto de vista político o ético, pero en el caso de Bosch estamos frente a un individuo que se salvó de una orden de deportación porque ésta fue cancelada por el ex presidente Bush padre.
Algo no anda muy bien en un exilio donde se rechaza tanto a Barnet y se admira tanto a Bosch. No es que esa sea la forma de pensar de la mayoría de los cubanos que viven en Miami, New Jersey o Nueva York, pero es lo que se quiere aparentar, y la prensa contribuye a ello.
De acuerdo a los publicado en este diario, quienes promueven la carta “afirman que la presencia de Barnet únicamente servirá de ‘plataforma de promoción’ de quienes apoyan y justifican la represión en Cuba”. Es decir, el escritor debe ser excluido, sacado del juego.
Lo que se propugna entonces es el franco rechazo, la oposición abierta, el desprecio y el odio. Este rechazo lleva a la pérdida de la confrontación, por la cual a veces vale la pena pasar por encima de las trampas del enemigo. Cerrarle el paso al Barnet funcionario, sin detenerse a pensar que existe también el Barnet escritor (cuán bueno o malo es un problema de la crítica literaria, no de la policía del pensamiento). Lo peor en estos casos es que la ideología sustituye a la literatura y la visión en blanco y negro lleva a generalizaciones injustas. Eso ha ocurrido aquí, pero no hay que llegar a la novela para comprobarlo, basta mirar las primeras páginas del libro.
Aunque no ha sido la intención de los autores de la carta, en internet ya se ha movilizado la chusma diligente y la han emprendido contra el novelista exiliado José Manuel Prieto, quien escribió el prólogo a la edición en inglés del libro de Barnet.
Si hay escritor callado y reservado es José Manuel Prieto. Dedicado por completo a su literatura, salvo cuando tiene que ganarse el sustento como profesor universitario, Prieto es una figura ausente de los debates políticos, las batallas ideológicas y los bretes entre exiliados o entre los escritores que viven en la isla y en el extranjero. Nada de esto lo salva ahora para ser colocado en la picota, insultado y vejado por tres o cuatro que desperdician su tiempo en escribir sandeces, en vez de intentar mejorar una escritura deficiente.
Resulta asombroso que unos cuantos escritores y artistas no aprovechen el exilio para distanciarse de una valoración en que la política es la única guía, la cual por décadas imperó en Cuba. Un código que censuraba principalmente películas y libros, no por su falta de valores artísticos sino porque se apartaban de un patrón cederista de fidelidad absoluta. Esa fidelidad sin Fidel es la que sigue operando en la mente de algunos exiliados.