sábado, 21 de mayo de 2011

El mayo español


Impúdica y rutinaria, la televisión cubana parece darse gusto con las imágenes de los españoles protestando. El propio Fidel Castro escribió, con una mezcla de ironía y vieja retórica: “¿qué pasará en España donde las masas protestan en las ciudades principales del país porque hasta el 40% de los jóvenes están desempleados, para citar solo una de las causas de las manifestaciones de ese combativo pueblo? ¿Es que acaso van a iniciarse los bombardeos a ese país de la OTAN?“. Pues bien, no se sabe lo que va a pasar. Lo que sí está más claro es lo que no va a pasar. Y lo que no va a pasar es que este movimiento que cobra fuerza por día, y surgió espontáneamente a partir de las manifestaciones populares del domingo 15 de mayo en 50 ciudades españolas, se diluya en otro domingo, el 22 de mayo, tras las elecciones autonómicas y municipales.
Las manifestaciones ―hablar de movimiento es aún demasiado arriesgado― fueron convocadas en su inicio por una pequeña organización de apenas unos meses de creada, Democracia Real Ya, que aglutina a miembros muy diversos pero con una característica común: están hartos de los partidos tradicionales, de su ineficacia y del hecho de que a los poderosos siempre les toque ganar. Se inspiraron originalmente en las revueltas estudiantiles griegas y luego en las revoluciones árabes, y han adoptado el uso de las redes sociales, el Twitter y los mensajes de texto, pero hasta aquí llegan las semejanzas.
A diferencia de lo que continúa ocurriendo en los países árabes, los manifestantes españoles no buscan ―hasta ahora― derrocar al gobierno. Van, hasta cierto punto, un paso más allá: quieren cambiar el sistema, pero no de la forma tradicional. Su pliego de reclamos guarda mucha más relación con una canción de Sabina que con un programa de gobierno. Un conjunto variopinto de exigencias y peticiones que van de lo utópico a lo realizable, pero que representan un afán por un socialismo verdadero ―más que cualquier otro proyecto―, que retoma en parte la filosofía que en sus inicios tuvo el mayo del 68 francés: lograr una renovación política que sacuda a la sociedad.
En España a nadie molesta tanto las protestas, ―que podrían definirse por su vocación anti Establishment― como al Partido Popular (PP), pero no por ello el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) sale bien librado de las manifestaciones. Es Izquierda Unida, como referente partidista, quien más se identifica con lo que ocurre, y quien más también tiene que ganar, no en conquistas sociales sino en algo más crudo y concreto: la tajada electoral. Entre los reclamos de los manifestantes está la modificación de la ley electoral, y cualquiera que haya hablado con un miembro de IU en los últimos años invariable ha tenido que escuchar la queja ―justa en su mayor parte― de que la ley perjudica a los pequeños partidos, que no obtienen la representación que se merecen pese a los votos ganados. Y más allá del PP y el PSOE, los pequeños partidos juegan un papel fundamental en la política española debido a las alianzas. Así que la reforma electoral es posible que sea uno de los grandes logros de los inconformes.
Quizá lo más interesante de lo que ocurre en Madrid y el resto de España ―las protestas amenazan con extenderse a toda Europa― es el nacimiento de una nueva forma de acción política, donde la organización, el apoyo y la movilización de los participantes se logra en corto tiempo y con el mínimo de recursos, gracias en buena medida al internet. También que, junto a solicitudes más o menos irreales, hay un grupo de peticiones claves, a las que los políticos deben buscar soluciones si quieren mantener sus cargos. De igual manera, las manifestaciones marcan el inicio del fin de la impunidad de los poderosos, el momento en que se descubre que la globalización es un camino de dos vías, que se inicia en el kilómetro cero de España, precisamente donde está situada la Puerta del Sol, y no una autopista en la que hay que pagar peaje para transitarla. Basta escuchar a un taxista de esta ciudad en los últimos años, para conocer que muchos de los reclamos que se oyen ahora en Sol llevan años circulando. Es algo que supera la tradicional división de partidos. Más allá de la izquierda y la derecha, las quejas han saltado del taxi a la calle.
Escribo esta columna el viernes por la tarde, y la situación puede complicarse dramáticamente en Madrid, a partir de la decisión de la Junta Electoral Central de prohibir las concentraciones del sábado (jornada de reflexión) y el domingo (día electoral). Es posible que haya una resolución del Tribunal Supremo, reunido para decidir sobre un recurso de IU contra la prohibición de las manifestaciones durante el fin de semana, y es posible también que no haga falta que intervenga la policía. Hasta el momento, el gobierno se ha mostrado reacio a una intervención por la fuerza, y evitar así la acusación posterior de que se ha convertido en el cancerbero del PP.
Tarde de sol madrileña. La ironía de Fidel Castro ha llegado a la prensa española. Sin embargo, nadie se detiene a levantar la cabeza y mirar al cielo. Pero, ¿hacia donde tienen que mirar los cubanos? A los que viven en la isla, el régimen les ha quitado muchas cosas. Entre ellas la posibilidad de salir a la calle e ilusionarse con la idea de que se asiste al nacimiento de una revolución.

domingo, 15 de mayo de 2011

Un documento contrarrevolucionario


Un documento contrarrevolucionario recorre la isla de Cuba. Es la versión, aprobada en el Sexto Congreso del Partido Comunista de Cuba, de las propuestas de reformas económicas y del final de una larga serie de prohibiciones, que durante décadas han imperado en el país.
El documento ha dado lugar a crecientes expectativas, desde el poder vender viviendas y automóviles hasta la posibilidad de viajar al extranjero como turista, pero seguramente también ha hecho pensar a muchos sobre el absurdo de un gran número de medidas que por años han restringido la vida de los cubanos. ¿Por qué abolirlas ahora y no hace treinta o cuarenta años? ¿Por qué surgieron en primer lugar? Todos estos años destinados a complacer el ego de Fidel Castro o su afán de figurar en la historia mundial. ¿Valió la pena tanto sacrificio que al final ha resultado absurdo?
La respuesta a estas preguntas no se encuentra solo en el mecanismo de un régimen que ha sabido desarrollar un mecanismo de represión casi perfecto, que ha mantenido doblegada a una población durante más de 50 años. Tiene su fundamentación también en una ideología inculcada desde las escuelas primarias, donde el sacrificio a la patria es un valor fundamental. Sacrificio que en lo fundamental ha sido simplemente una patraña utilizada por demagogos y oportunistas, pero que en el ideario nacional ha sido repetida hasta el cansancio y ha servido de soporte retórico a grandes abusos y falsas explicaciones históricas.
Desde la colonia hasta nuestros días, a una actitud pragmática capaz de sacarle provecho a cualquier situación,― la cual ha sabido vadear las situaciones de inestabilidad social e inexorablemente obtiene provecho de ellas― se ha unido una vocación emocional terca, dispuesta a la acción, que se guía por principios o prejuicios, pero siempre alienta la inmolación y el abandono personal. A esta última se deben las páginas más heroicas y los errores más costosos de nuestra historia.
El proceso de independencia cubano no fue nunca una lucha contra los españoles, al estilo de las guerras anticoloniales de América Central y del Sur, sino un combate por la purificación del país y la abolición de los frenos al desarrollo económico. Se ensayaron diversos métodos, pero terminó por imponerse el sacrificio heroico como único medio para alcanzarlo. Aunque este ideal fracasa en la práctica, queda como aspiración y bandera de lucha. La inutilidad del sacrificio no se reconoce como un medio inadecuado para alcanzar la plenitud como nación, sino como frustración republicana.
Las apariencias son buenas para la literatura y el arte, pero no para la historia. La independencia es un largo proceso en el que a la población le toca la peor parte. La guerra se nutre de sacrificios, pero no se gana a cambio de ellos. Sirvió para el enriquecimiento de la oligarquía peninsular, por las emisiones de bonos. Fue financiada principalmente no por el aporte de los tabaqueros, seducidos por la elocuencia martiana, sino por los grandes intereses azucareros, cuyo principal mercado no se encontraba en España sino en Estados Unidos.
Entre la salida emocional del disparo de Chibás y la entrada calculada de Batista media la tragedia cubana. El heroísmo es, en muchos casos, sólo la salida desesperada ante la mediocridad y la estulticia, pero un gesto condenado a consumirse en su propio esplendor, incapaz de dejar huella duradera en la vida nacional, salvo en el reino de lo anhelado y ausente.
Nunca al cubano se le ha dado la posibilidad de no tener que sacrificarse para ser libre. Nuestra historiografía se reduce en la mayoría de los casos a un afán desmedido de relegar las vicisitudes cotidianas como necesarias y carentes de valor, al tiempo que se exaltan las virtudes del martirologio. La galería de héroes se traduce en un llamado a dejar a un lado la disciplina mediocre para justificar la indisciplina heroica. Cuba es una isla que vive –siempre ha vivido– bajo un cielo de mártires y héroes, cuya sombra oculta la ineficiencia e injusticia que crea y alimenta la corrupción. Cuando se abandona la mítica del héroe, solo queda abrazar el cinismo, la amoralidad y el oportunismo.
Tras la llegada al poder de Fidel Castro, en Cuba se exaltó la necesidad del sacrificio no sólo como una vía hacia el desarrollo ―idea capitalista ya superada de que el ahorro es la base del capital―, sino como principio moral. Esa unión católica, judaica, revolucionaria se enquistó en la figura de Ernesto Guevara, convertido en héroe del jardín en la isla.
Lo que se está poniendo en evidencia cada vez con mayor fuerza no es la inutilidad de esos sacrificios de la población, algo que se sabía desde hace tiempo, sino su lo innecesario de éstos. ¿Por qué, por ejemplo, los niños en Cuba están condenados a no poder viajar como turistas? ¿Qué justifica que el Gobierno los retenga como rehenes salvo una mentalidad medieval? No vale la respuesta de que en muchos países los niños no solo no pueden viajar sino que no cuentan con la comida necesaria a diaria. Es cierto, pero no justifica el destino triste al que por décadas han estado condenados todos los cubanos, que han visto sus vidas limitadas por los caprichos de una elite gobernante incapaz de poner una taza de café en cada hogar cubano.
Fotografïa: la criatura mitológica de la Tarasca volvió a pasear el 29 de abril del 2011 por La Habana, tras 200 años de ausencia, en un carnaval callejero en el que el público "lanzó" sobre el muñeco las cosas malas de su vida, antes de que fuera quemado en pleno Malecón. Con cuerpo de dragón, la tarasca cubana tomó vida convertida en un "chivo expiatorio", que protagonizó tres días de desfile inspirado por las antiguas procesiones del Corpus Christi en la isla.

sábado, 14 de mayo de 2011

París con aguacero


Midnight in Paris es una nueva desilusión en la carrera de Woody Allen. Desde hace algún tiempo, los fanáticos no creo que en la actualidad nadie vea una película de Allen que no sea un fanático nos hemos acostumbrado a una serie de obras menores, como si se tratara de una nueva etapa de su filmografía que ya no tiene marcha atrás. Algunos de esos filmes menores están a un punto de desmentir la clasificación, como Match Point y la mayoría de las veces se sitúan entre éste y lo más bajo de la escala, acompañando a Hollywood Ending y Small Time Crooks, pero ninguna alcanza el nivel de Sweet and Lowdown, que hasta ahora constituye el canto del cine de un director que se mantiene produciendo, algo que se le agradece porque trasciende los desniveles y las valoraciones críticas.
 Uno de los problemas con Midnight in Paris es que uno tiene que aceptar y rechazar por completo el filme. No hay términos medios, o se admite como una película destinada a convertirse en un filme de culto o se rechaza como un esfuerzo fallido. Por mucho que uno simpatice con la obra de Allen  y hasta para los que caen en la cursilería de llamarlo Woody la película no se salva porque se queda corta en los excesos y abandona la aventura a favor de esa misma lógica pequeño burguesa de la que ha parecido burlarse antes. Como en ocasiones anteriores, Allen es un viejo envidiando ya no ser joven pero con los pies muy firmes en la tierra de su fama y fortuna. Ya nos hemos acostumbrado a verlo llenar la pantalla con actores jóvenes, bien cotizados y de moda siempre anhelantes de trabajar con él convertidos en sus alter egos. De esta manera, ahora el cinismo y la lucidez no sobrepasan el chiste de ocasión, y los juicios y las referencias sociales y políticas se sitúan en la pacotilla de relleno. Al punto que en ocasiones solo nos quedamos con la buena música y las actrices atractivas, sin más que agradecerle al director.
En Midnight in Paris son Rachel McAdams y Marion Cotillard quienes logran darle lo que tiene de vida a la película, y compensar en parte la actuación sosa de Owen Wilson, para el que el máximo de expresividad se reduce a poner cara de tonto o fingir asombro. Las películas de Allen se caracterizan por los buenos actores estos incluso han logrado en los últimos tiempos apropiarse de la cinta, como en Vicky Cristina Barcelona, algo impensable hace unos años en un filme de Woody Allen― y aquí no faltan, solo que los desiguales papeles llevan a espectador a perderse entre la búsqueda de una buena actuación o simplemente una caracterización.
Uno siente más el fracaso de Midnight in Paris porque sabe que han ido desapareciendo los directores como Fellini, capaces de enfrentarse con un tema semejante: hacer una película sobre la nostalgia, los mitos y estereotipos culturales, y lograr al mismo tiempo trascender el desfile de postales. El propio Fellini lo hizo en más de una ocasión, y una vez más su sombra persigue a Woody Allen, pero ya no es ni homenaje ni copia lo que logra, sino una incapacidad nueva para alcanzar al realizador italiano.
Ya desde el inicio el espectador sabe que la película tratará sobre el París literario, de la imaginación y el recuento, que refleja fundamentalmente la obra de Ernest Hemingway, pero ese París que era una fiesta nunca logra alcanzar la fuerza suficiente para imponerse en la pantalla, mientras se asiste a un desfile de figuras literarias y artísticas nunca creíbles ―no en la realidad sino en la imaginación― y al final todo queda como telón de fondo de una historia de amor más que trillada. Para colmo, el director se cree en la obligación de explicarle la película, y los conceptos y emociones simples en ella desarrollados, a los espectadores, esos fanáticos mencionados al inicio que aquí quedan reducidos a la categoría de simples idiotas.
Si algo salva a  Midnight in Paris de los ocho euros y los cien minutos gastados son las mujeres. En una cinta de hombres idiotas, pedantes y engreídos, todas las mujeres demuestran lo contrario. No solo MacAdams y Cotillard. Mimi Kennedy nos brinda una suegra que siempre es preferible mantener a distanciaque destila esa arrogancia de los estadounidenses ricos y no tan ricos en Europa, similar a la de su esposo con un desdén despreciable y deleitoso al mismo tiempo, al tiempo que está dispuesto a perdonar la actuación de Kathy Bates, enfrentada a ese papel imposible de representar a Gertrude Stein. Sin embargo, la palma de oro de la simpatía se la lleva Carla Bruni,  su rostro fotogénico y su actuación moderada es siempre un respiro en medio de un filme siempre a punto de hundirse en el Sena, sin fotógrafo, pintor o escritor a mano para relatar el hecho.

domingo, 8 de mayo de 2011

Sin mojitos y a la sombra


Hay una distancia cada vez mayor entre los métodos represivos utilizados por el gobierno cubano y la actividad que despliegan los blogueros en la Isla. Mientras el régimen permanece enclaustrado en sus formulas tradicionales ―encierros, amenazas y prohibiciones―, un grupo cada vez más numeroso se dedica fundamentalmente a divulgar denuncias, dar a conocer actividades y establecer una visión alejada tanto de lo que puede considerarse una disidencia tradicional como de las aspiraciones del exilio más conservador de Miami.
Aunque muchos de estos nuevos opositores son jóvenes, no es la edad el factor determinante a la hora de caracterizarlos, sino su actitud más desenvuelta y el dejar a un lado categorías ideológicas, embriones de partidos políticos y la formación casi a diario de una nueva organización para darla a conocer en esta ciudad.
De hecho, muchos de ellos pueden ser considerados opositores por su rechazo a un régimen que los asfixia, no por perseguir un programa de gobierno ni por pretender la llegada al poder. Si pudieran, estarían escribiendo poemas, pintando o enfrascados en la realización de una novela. En situaciones normales, sus inquietudes se definirían en la búsqueda de una editorial, una sala de exposiciones o un espacio en la prensa nacional. Su función de conciencia crítica les ha sido impuesta por las circunstancias y en muchos casos no por vocación de reformadores. Es por ello que han encontrado en la crónica y el artículo breve los medios ideales para desarrollarse. Sin embargo, más allá de sus intereses individuales, todos comparten el haberse convertidos en guardianes contra la impunidad y en ejemplos de que hasta en un régimen tan cerrado como el de La Habana vale la pena luchar por la independencia personal y el decoro.
Aunque en parte la acción represiva del régimen ha sido adaptada a las circunstancias actuales ―con detenciones breves, arrestos domiciliarios y advertencias―, mantiene intacta su esencia, que es castigar con dureza a quienes se manifiesten en favor de otro destino que no sea el pautado por los hermanos Castro.
Al estar el Gobierno cubano incapacitado para enfrentar con un enfoque novedoso a esta oposición ―ya que desde hace décadas quienes mandan en el país perdieron la capacidad de audacia―, la táctica más utilizada es tratar de llevar el enfrentamiento al socorrido encuadre de la época de la guerra fría. Se trata del viejo truco de intentar lanzar al otro extremo ideológico a cualquiera que disienta.
Dos ejemplos recientes de esa táctica. Uno es la negativa de permitir a Yoani Sánchez la salida de la isla. Se trata de la decimoquinta ocasión,  en apenas cuatro años, que se le impide viajar. Esta vez la bloguera pretendía recoger el premio que le entregara en noviembre el Center for Political Studies, presentar en Madrid su libro WordPress. Un blog para hablar al mundo y participar como jurado en el evento PhotoEspaña. Otro es la advertencia hecha a Ted Henken, profesor de la Universidad de la Ciudad de Nueva York, de que no puede volver a Cuba.
Henken, un especialista en el tema cubano, ha realizado múltiples viajes a la isla durante los últimos 15 años. Ha escrito ampliamente sobre el tema de los blogs cubanos y ha participado en diversos eventos académicos, donde ha presentado el resultado de su labor. Ningún misterio hay en su tarea. Incluso en este viaje fue publicando en su blog sus actividades en Cuba. Durante este viaje, sostuvo encuentros con blogueros de las más diversas tendencias ideológicas. No se limitó a reunirse con los más conocidos o con los de una oposición más manifiesta. También realizó entrevistas a quienes han abierto negocios particulares en fecha reciente. No le pidió permiso al gobierno cubano para llevar a cabo esas entrevistas, ya que se trataba de personas dedicadas a un quehacer privado.
Al momento de abandonar la isla, en el aeropuerto de La Habana, lo llamaron y condujeron a un cuarto para ser interrogado. Al final le dijeron:
Estamos aquí para informarte que ésta será tu última vez. ¿Entendiste?”.
Antes le habían hecho otra advertencia clara: “Si eres un turista debes estar en la playa tomando un mojito, no visitando paladares y contrarrevolucionarios y tomándoles fotos”.
En el caso de Yoani, la negativa a permitirle viajar fuera del país se inscribe de lleno dentro de las represalias típicas de la guerra fría en los países comunistas. Pero al tiempo que régimen actúa según patrones caducos, trata también de encasillarla en esos términos y la llama “contrarrevolucionaria”.
Precisamente por el hecho de que Yoani se ha convertido en una de las voces más populares de la nueva oposición cubana ―en muchos casos desplazando de la atención internacional a los disidentes tradicionales―, con un discurso que combina el uso de las nuevas tecnologías con su visión generacional sobre la isla, se intenta una y otra vez incluirla dentro de la contrarrevolución tradicional.
En Miami ―y también en otras partes de Estados Unidos― el profesor  Henken sería catalogado de “izquierdista” y “liberal”, no como una caracterización ideológica sino como una forma de rechazo. Ese compartir extremos desde las antípodas no es un fenómeno nuevo.
Una vez más queda claro que, además de mantener una confrontación constante con todo el que exprese un punto de vista contrario a la línea pautada por la Plaza de la Revolución, a La Habana sólo le interesa el turista con el mojito en la mano y el intelectual de izquierda borrego. Lo demás es arriesgarse a una estancia en la sombra.

domingo, 1 de mayo de 2011

Peces corruptos


Desde que inició su ascenso a la soledad en la cumbre del poder absoluto en Cuba, Raúl Castro lanzó una campaña contra las más diversas formas de corrupción —que imperan tanto en los negocios y asuntos nacionales como en los internacionales— y los robos al Estado.
Aunque este empeño ha tenido una gran repercusión, tanto en la isla como en el extranjero ―y de vez en cuanto se conoce que importantes figuras del régimen son investigadas, se encuentran detenidas o separadas de sus cargos―, la campaña contra la corrupción y el robo enfrenta graves dificultades.
Cabe además la sospecha que su triunfo está muy lejano o es imposible bajo el actual régimen.
En primer lugar porque esta corrupción no brota del aire. Forma parte de la esencia del sistema imperante en Cuba, que admite ser catalogado de dictadura militar corrupta.
Con su vida fundamentada sobre el principio de la escasez, tanto económica como sicológica, a partir del 1de enero de 1959 el cubano comenzó a vivir presa de la corrupción, que detesta y practica con igual fuerza. En este sentido, cualquiera que en la isla menciona la palabra corrupción, al hablar de un pescado, se refiere al estado de conservación del pez, y no a su procedencia más o menos legal. Porque de otra forma, ¿cómo comerlo y a qué precio?
De acuerdo a los documentos dados a conocer por Wikileaks a comienzos de este año, la corrupción en Cuba se ha convertido en un fenómeno generalizado que alcanza tanto a la cúpula del Partido Comunista como a profesionales sin adscripción política. “Las prácticas corruptas incluyen el soborno, la malversación de los recursos estatales y los chanchullos contables”, se afirma en ellos, al tiempo que se añade que el robo y la corrupción “de supervivencia” son generalizados en la policía, el sector turístico, el transporte, la construcción y la distribución de alimentos.
Raúl Castro señaló en su discurso inaugural del VI Congreso del Partido Comunista de Cuba que no se iba a permitir la concentración de la propiedad. El principio se interpretó como un freno a la producción privada, aunque es también una advertencia a la corrupción.
Si bien en los últimos años se viene persiguiendo la corrupción con mayor fuerza ―al menos como política oficial de gobierno― las autoridades cubanas toleran las malversaciones y prácticas ilegales de supervivencia hasta cierto punto, aunque pueden actuar con contundencia y severidad cuando los desvíos de dinero son muy importantes. De de ahí las periódicas destituciones de ministros y altos cargos gubernamentales.
Sin embargo, lo determinante es que en muchos casos la denuncia y condena de la corrupción actúa como venganza, ajuste de cuentas político, cuestionamiento de fidelidad o caída en desgracia, y no como el motivo principal que llevó al enjuiciamiento. Lo cual quiere decir ―y esto se aplica especialmente a los largos años de gobierno de Fidel Castro― que el ministro, funcionario o director de empresa puede haber estado administrando bienes, de los cuales se apropiaba en parte, de una forma indiscriminada e intocable, siempre que no “perdiera la gracia” del poder central.
Una y otra vez Raúl y Fidel Castro han apelado ―y siguen apelando― a los desfiles, militares y de todo tipo, para justificar su permanencia en el poder. Pero tras el desfile se pretende ocultar todo, desde la ineficacia hasta la doble moral del que desvía fondos estatales.
Raúl Castro lleva las de perder en la batalla contra este mal ―dando por supuesto que su afán es sincero―no solo porque él y su hermano son los principales corruptos del país, otorgadores de prebendas y dispensadores del erario público. Si el día de mañana se amparara en un manto de pureza, el problema seguiría en pie.
El problema no radica solo en el pecado original de la corrupción cubana ―una larga tradición que brota en la colonia y persiste con igual fuerza hasta 1959―, y en el hecho de que en su variante actual adquiera características propias de un sultanato. Tampoco en el personalismo de sus fuentes y en la cualidad de emanar de la mayor autoridad de gobierno.
La corrupción prolifera cuando hay exceso de poder, falta de control y mecanismos inadecuados para la selección de ejecutivos y burócratas. El gobierno de Raúl Castro está empeñado en mejorar los controles ―y hay que reconocerle el avance en este sentido―y se ha hablado de establecer normas menos dogmáticas, y con menor sustento ideológico, a la hora de escoger al personal administrativo. Pero incluso de producirse esos avances, no parece que el gobernante va a permitir un cambio sustancial en la concentración de recursos y poder que existe en Cuba. Y llegado a este punto, hay que preguntarse si la lucha contra la corrupción en la isla difiere mucho de la que sostienen los dueños de los casinos de juego contra estafadores, delincuentes de poca monta o simplemente idiotas que se creen con derecho a un poco de mejor suerte.