lunes, 26 de septiembre de 2011

La pequeña corrupción


Era a mediados de la década de 1970 y ese día me había tocado ir a la microbrigada. ´´El es buena gente. Yo he estado en su casa´´, dijo de pronto uno que trabajaba a mi lado. Se refería a quien era entonces ministro del Trabajo, un sujeto desagradable y distante, de baja estatura, que siempre asistía a las reuniones enfundado en una chaqueta de cuero negro, para que a ninguno de los asistentes le quedara duda de que vivía en un clima refrigerado.
´´¿Y que tu hacías en casa del ministro?´´, le preguntó otro, mientras la capa de relleno en la pared seguía aumentando de volumen innecesariamente (´´A mí que me importa, no voy a vivir aquí´´, había respondido antes, cuando le advirtieron que todo ese cemento y arena, mal mezclado y acumulado terminaría rajándose a los pocos meses).
´´Fuimos a hacer un trabajo´´, y no había orgullo, pero tampoco pena o bochorno en sus palabras.
´´Así que el ministro mandó a hacer una reparación en su casa a miembros de la microbrigada. Yo jamás hubiera ido´´, afirmó el que seguía tirando mezcla contra la pared, aunque la mitad de cada paletada caía al suelo.
´´No fue un arreglo, fue una ampliación´´, dijo el primero, que comenzaba a arrepentirse de sus palabras.
Lo peor, lo verdaderamente malsano, es que ninguno de nosotros, de los que esa mañana hacíamos labores de construcción― muchos sin saber nada de cómo se levantaba una pared o se hacía un encofrado― estábamos realmente asombrados de lo escuchado. Que un ministro utilizara una fuerza laboral, que supuestamente llevaba a cabo la labor ejemplar de edificar viviendas para ellos y sus compañeros de trabajo (´´los gloriosos cascos blancos´´, como los había llamado Fidel Castro), era una prerrogativa más que podían permitirse los que estaban por arriba en la jefatura de mando, como vivir encerrados en habitaciones con el aire acondicionado al máximo y tener a su disposición una flotilla de automóviles, mientras afuera, en la otra realidad del país, lo único disponible eran ómnibus viejos y destartalados que nunca llegaban a tiempo y calor, mucho calor.
¿La estará emprendiendo el gobierno de Raúl Castro con los miles de pequeños corruptos que existen en Cuba? No sé si dispone de la fuerza necesaria para ello. Ojalá y así sea, pero lo pongo en duda. En primer lugar porque los procesos que se conocen hasta el momento tienen que ver con algunos desmedidos, que en un momento dado pensaron que podían obrar ´´por la libre´´. En segundo, porque la corrupción es inherente al sistema implantado en la isla: algo endémico, pero que a la vez trata de aparecer como ajeno, impostado.
Más que un gobierno propiamente dicho, Fidel Castro estableció una forma de mando, que en buena medida aún se mantiene en pie en el país, donde logró aunar una apariencia protofacista en lo ideológico, las consignas, las grandes concentraciones y marchas y los discursos del líder con una administración nacional ―casi doméstica―, más cercana a un estilo mafioso, gansteril, donde el reparto de cuotas de poder a determinadas familias quedaba siempre supeditado a la voluntad del jefe, que era a la vez padrino y líder; dispensador de prebendas y castigos. Así, durante su mandato, el destape de un corrupto era más bien una pérdida de la gracia otorgada por el jefe (´´cayó en desgracia) que el resultado de una verdadera operación de rastreo, denuncia y castigo de lo mal hecho.
Al parecer Raúl Castro ha modificado esta ecuación, y el perseguir los diversos tipos de corrupción es una prioridad de su gobierno. Pero más allá de la consideración ―que no debe pasarse por alto― de que estas investigaciones son en primer lugar una fórmula para sacar del camino a los partidarios de su hermano mayor, queda la interrogante de si el sistema administrativo que se quiere mantener en Cuba es capaz de existir sin la corrupción, si ese mecanismo de desvío de recursos, latrocinio y desorden no es también una fuente de estabilidad para el gobierno.
Lo que resulta muy difícil, casi imposible, es eliminar toda esa corrupción imperante en la isla sin dar al mismo tiempo formas alternativas de obtención de recursos, ingresos e incluso de enriquecimiento.
Ofrecer esa lista menguada de ocupaciones ―más bien propia de un feudo que de un país subdesarrollado― no alimenta las esperanzas de que en un futuro cercano surja en la isla un sector privado legal, que por su propio beneficio combata, en lo individual y lo nacional, una corrupción que limite su desarrollo.
Uno de los aliados que por décadas ha empleado el gobierno cubano es la escasez. La falta desde alimentos hasta una vivienda o un automóvil ha sido utilizada, tanto para alimentar la envidia y el resentimiento, como en ocupar buena parte de la vida cotidiana de los cubanos. En tal situación, la corrupción y el delito han reinado durante más de cincuenta años del proceso revolucionario.
Ya los ministros no pueden utilizar a los microbrigadistas para arreglar o ampliar sus viviendas, sencillamente porque las microbrigadas han desaparecido. Ello no le impide a cualquiera que tiene un puesto más o menos importante en Cuba el buscar alguna forma de obtener beneficios de forma fraudulenta. Le va la vida ―o al menos la vida fuera de la cárcel― cuando lo hace. También pierde una vida ―mejor, más priviligiada― cuando no lo hace.

martes, 20 de septiembre de 2011

Ni plumas ni cacareando


Los líderes del exilio histórico están perdiendo la chispa. Se roban uno de los gallos de la Pequeña Habana, para colmo el llamado ´´gallo cubanoamericano´´, y no salen a denunciar el acto como una maniobra del gobierno de los hermanos Castro.
Es increíble que a nadie se le ocurra apuntar hacia La Habana para buscar al culpable.
Primero están los motivos. ¿A quién se le ocurre robarse una de esas espantosas esculturas, que son de fibra de vidrio y pesan unas 70 libras? Descontado que nadie va a comprar tal adefesio. Como no se puede colocar a la intemperie, por ejemplo en algún vivero o finca de Homestead, al ladrón o los ladrones solo les queda ponerlo en la sala de la casa, y descontado que a las pocas horas toda la familia estará protestando por el estorbo. Tampoco se puede vender como chatarra. Miami no es Europa y no da para esculturas de bronce. Aquí hay que conformarse con fibra de vidrio y una pieza miserable que apenas cuesta $3,000, según su dueño, y ese precio a todas luces está inflado.
Así que quedan dos opciones respecto a los motivos del robo. O fue uno o varios jodedores o los motivos son políticos.
La opción de la jodedera se cae por su peso, o por el peso del gallo. Supongamos que a un grupo de jóvenes ―o de viejos, que para algo están las pastillas― se les ocurre después de algunos tragos de más o vaya a saber qué otra cosa, llevarse el gallo. Pues aquí surge el primer problema que va a desencantar a los ladrones. La pieza escultórica estaba fijada con tuercas a una placa de metal en la acera y las tuercas habían sido reforzadas con un pegamento especial.
Así que todo indica que se trato de una brigada especial, especialistas en demolición, con equipos pesados, que sabían su trabajo. El nuevo Team Avispa, que desde hace tiempo opera en Miami. La Habana dio la orden oportuna, aprovechando el vacío de poder tras el despido del jefe Esposito. Nunca en años esta ciudad estuvo más indefensa frente a los ladrones de gallo.
Para reforzar esta teoría, bastan algunos puntos:
  • El gallo era cubanoamericano.
  • Lo robaron de frente al restaurante El Pub, lugar de reunión de los políticos locales y los elaboradores de planes para derrocar a Castro. Es decir, los elaboradores de planes que tienen dinero, y eso son los que cuentan y La Habana lo sabe. Si alguien hubiera tomado la decisión sabia de colocar al gallo frente al Versailles, todavía estaría allí.
  • El gallo fue símbolo del gobierno de Batista. La conocida estatua del Gallo de Morón, levantada durante la dictadura batistiana, fue destruida el 1 de enero de 1959. Luego el llamado gobierno revolucionario edificó otra, pero nunca fue lo mismo. Al robarse el gallo, el golpe fue dirigido no solo contra el ilustre exilio histórico, sino contra su corazón más antiguo: el alma batistiana.
  • El gallo tenía los colores y las estrellas de las banderas de Cuba y Estados Unidos. Una afrenta más. Al régimen de Castro seguro molestaba mucho esa mezcolanza de estrellas en el corazón de Miami.
Para tamaña operación terrorista, el régimen de La Habana debe haber contado no solo con los recursos proporcionados por el presidente Hugo Chávez, sino con las ganancias de los últimos conciertos de músicos de la isla llevados a cabo en esta ciudad. Ya se empiezan a ver las consecuencias de esa operación malévola, que el digno exilio histórico rechazó en su momento.
No pasará mucho tiempo sin que Wikileaks comience a filtrar los documentos de las conversaciones secretas para intercambiar al gallo por los Cinco Espías.
Lo alarmante de esta situación es que ni Saavedra ni ninguno de los otros aguerridos anticastristas se han pronunciado al respecto. Lamentable esa pérdida de militancia, esa guardia en baja, ese desinterés por un gallo.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Errar el rumbo


Fernando Savater fue un buen amigo de Guillermo Cabrera Infante y es fiel a su memoria. Es por esa fidelidad que Savater escribe un artículo en el diario español El País donde denuncia que el gobierno cubano intenta rescatar para sí la figura de Guillermo Cabrera Infante, y que los últimos burócratas del régimen “fingen un reconocimiento tardío a sus méritos ensalzando sus logros creativos para mejor difuminar su oposición al régimen, que queda soslayado como algo circunstancial y menor”.
El hecho de que –no ahora sino desde hace años– el régimen de La Habana se ha convertido en un desenterrador a destiempo de cadáveres exquisitos bien merece un responso, y en este sentido Savater acierta. En lo que se equivoca es erigir como ejemplo un libro recién publicado de dos jóvenes periodistas cubanos residentes en la isla, Sobre los pasos del cronista: el quehacer intelectual de Guillermo Cabrera Infante en Cuba hasta 1965, y aquí comete el pecado común al periodista pero imperdonable para el filósofo: escribir sobre lo que no sabe.
Del artículo de Savater se desprende que el estudio sobre los primeros años de Cabrera Infante como escritor forma parte de una conspiración castrista para secuestrar la obra de quien fue uno de los intelectuales más críticos al sistema. Nada más lejos de la realidad. El libro surge como consecuencia de ciertos espacios abiertos a través de los años y se aprovecha más de un desgaste ideológico en el país que de una trampa abierta a los autores exiliados.
Es cierto que La Habana necesita controlar tanto la lectura como la escritura. Pero en ambos aspectos se han producido avances en Cuba, aunque más allá de casos específicos, géneros y momentos históricos, aún el régimen y los intelectuales que lo defienden fundamentan su política cultural en una administración territorial de la creación, así como en practicar una aduana ideológica, que permite pasar a unos y a otros no.
Si bien lo no publicado en Cuba no puede considerarse sinónimo de lo no leído en la isla, la presencia de libros, temas y autores marginados no es lo suficientemente fuerte como para romper la lógica de la exclusión. Sobre los pasos del cronista se sitúa en ese esfuerzo por extender la inclusión de los participantes en la cultura cubana. Sus autores, Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco, necesitaron más de cuatro años para su elaboración y entrevistaron tanto a intelectuales que residen en la Isla y guardan una fidelidad al sistema, o la mantienen más o menos aparente, y otros que desde hace décadas viven en el exilio y tienen credenciales anticastristas más que demostradas. Tras resultar premiado –por suerte o desgracia en el proceso cubano hay tantos libros malditos que primero resultaron premiados y luego fueron prohibidos, que sospechar del premio es más que tonto –estuvo más de dos años sin ser publicado, y a la presentación de una obra tan singular no asistió Miguel Barnet, quien está al frente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC).
Savater, que reconoce que no ha leído el libro, y evidentemente tampoco sabe de estos detalles, se agarra del argumento de que la viuda de Cabrera Infante, Miriam Gómez, no figura en el libro. Escribe al respecto: “Falta la voz esencial de la compañera constante y más intima colaboradora del escritor, Miriam Gómez. Cuantos conocimos a Guillermo no podemos recordarlo ni imaginarlo siquiera sin Miriam. Fue la primera lectora de todas y cada una de sus páginas, la destinataria de muchas y la mecanógrafa que puso en limpio la mayoría”. No hay duda que la fidelidad a una amistad, valor encomiable, lo lleva a exagerar.
Si bien la participación de Gómez hubiera contribuido a la obra, dicha colaboración no ha resultado imprescindible. Es más, estoy seguro que Guillermo Cabrera Infante se hubiera negado a contribuir al proyecto, y ello tampoco lo habría invalidado. Es el argumento baladí, esgrimido por Zoé Valdés, de que esta “biografía”, que no es tal, queda invalidada porque no es una “biografía autorizada”, como si en muchos casos las biografías mejores –repito que este no es el caso– son las biografías autorizadas.
Lo que hay que reconocer en primer lugar es que el estudio trata de los años formativos de Cabrera Infante, y muchos de los artículos, reportajes, críticas de cine y de música, entrevistas y cuentos a los que se hace referencia en el libro Miriam Gómez no los leyó por primera vez y mucho menos los mecanografió, sencillamente porque no existía en la vida del futuro novelista.
Lo que Savater omite en su argumento es que buena parte de los años a que se refiere este libro son los del primer matrimonio de Cabrera Infante. El primer libro de cuentos de éste, Así en la paz como en la guerra, está dedicado “A Marta y Anita y a Carola”, en referencia a la primera esposa y las dos hijas con ésta. Cuando en Un oficio del siglo veinte, Caín dice que las recopilaciones de las críticas “las hizo mi mujer” se está refiriendo a Marta Calvo, su primera esposa, que era quien guardaba todos las “crónicas” que aparecían en la revista Carteles en unos scrap-books que luego sirvieron para elaborar el libro.
Más bien lamentable es convertir esta argumentación en un asunto doméstico, casi de alcoba, pero no queda otro remedio que hacerlo cuando precisamente una disputa doméstica se quiere hacer pasar por conflicto político o batalla ideológica. Cabrera Infante dedicó decenas de páginas a su primera esposa y casi siempre no fueron agradables. Lo que fue y es disputa, rivalidad y odio enconado forma parte de la vida de un escritor y no puede echarse a un lado. Siempre es válido referirse a ello. Convertirlo en motivo político es otra cosa. Sobre los pasos del cronista debe verse como un texto necesario –no único– para conocer mejor a Cabrera Infante y su obra. Reconocer que sus autores fueron valientes al escribirlo, pero sobre todo persistentes. Su publicación en Cuba es una ventana, pequeña pero ventana al fin.

La cometa china y el papalote cubano



Isaac Deutscher cita a León Trotsky, quien afirmó en una ocasión que la revolución rusa corría el peligro de ser derrotada no sólo por una invasión armada, sino por una “invasión de mercancías extranjeras baratas”. El vaticinio de Trotski resultó correcto. Al final fueron los objetos de consumo y no los misiles los que hicieron polvo al imperio soviético. Mucho se ha hablado de la victoria del capitalismo frente al socialismo. Menos del triunfo chino en una confrontación similar. Que el país asiático se haya convertido en una forma peculiar de capitalismo de Estado no resta importancia al hecho de que, en una confrontación entre democracia y totalitarismo, la opresión conserve la delantera. Los esquemas ideológicos continúan limitando la comprensión de los procesos políticos. China se ha beneficiado en gran parte de la derrota de la URSS. Su éxito es la consecuencia lógica de apartarse del proyecto soviético en lo económico, pero las estructuras de dominación política se conservan casi intactas y son similares a las existentes en Moscú hasta hace pocos años.
Entre finales de los años cincuenta y principios de la década de los sesenta del pasado siglo, la Unión Soviética se aferró a la política de preservación del status quo en el equilibrio internacional. Nikita Jruschov temía el surgimiento de conflictos en Asia, el Oriente Medio y Africa, que apartaran a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) del avance en el terreno económico y social, en el cual estaba empeñado a fin de competir con el mundo capitalista, no mediante conquistas militares sino en el campo del dominio comercial y el bienestar ciudadano. Sólo el peligro de que Hungría se apartara del campo socialista –creado tras la Segunda Guerra Mundial– lo impulsó a invadir a ésta en 1956. Fue renuente en brindar ayuda a Vietnam, obligó a los comunistas iraquíes a reconocer incondicionalmente al general Abd al-Karim Kassem y durante la mayor parte de la lucha insurreccional el Partido Socialista Popular cubano no vio con buenos ojos la lucha guerrillera de Castro en la Sierra Maestra. A su vez, trataba de que la China de Mao Tse-tung y la Yugoslavia de Josip Broz Tito regresaran al redil soviético. Si bien la política de Jruschov no era monolítica –la KGB trabajaba y se mantenía al tanto de las condiciones existentes en cualquier nación para extender el comunismo–, en el terreno internacional se mantuvo el principio de la “coexistencia pacífica” tras de su destitución, una prolongación de la idea estalinista de “socialismo en un solo país”. El fracaso de Jruschov fue –además de sus limitaciones personales– la imposibilidad entonces de encontrar una fórmula de modificar el sistema sin destruirlo (Mijail Gorbachov y los gobernantes chinos representan los dos extremos a que se pudo llegar en esta búsqueda). Tras su destitución, la URSS experimentó un retroceso hacia el énfasis en formas de dominación política y militar –por otra parte nunca abandonadas durante el régimen de Jruschov.
Nadie como Castro hizo tanto por cambiar el principio de la “coexistencia pacífica”. Ni siquiera Ho Chi Minh en Vietnam, quien logró la derrota mayor contra Estados Unidos –y de amplias consecuencias para la sociedad norteamericana– pero se mantuvo aferrado a un nacionalismo independentista. Ante los ojos del mundo, para el mandatario cubano la ecuación aparecía planteada en términos opuestos a los del Tío Ho: la declaración de un internacionalismo a toda prueba era su forma peculiar de divulgar una política nacional. Pero las banderas que ondeaban en la Plaza de la Revolución ocultaban un cálculo exacto de riesgos y conveniencias en que poco contaban la explotación capitalista y el sufrimiento neocolonial. Contrario al Che Guevara, Castro no es un aventurero.
Cuando termine el régimen imperante en la isla, los cubanos se preguntarán, una vez más, qué logró el país en la acumulación de capítulos, párrafos, referencias y simples notas al pie de página, dedicadas al tema en los libros de historia de tantas naciones: el estancamiento económico ha persistido sin interrupción, los avances en la educación pública y la salud retroceden desde hace mucho tiempo, la pobreza reina en campos y ciudades y las nuevas generaciones no son ni más cultas ni más libres que antes de 1959. Sin embargo, el nombre de Fidel Castro seguirá acaparando la atención mundial hasta su muerte.
A diferencia de la época soviética posterior a la Segunda Guerra Mundial, donde el juego por el predominio mundial entre las dos superpotencias se resolvía en movimientos que siempre terminaban en un estancamiento forzoso de ambos contendientes –para iniciarse de nuevo una y otra vez–, ahora la jugada en tablas no es un resultado sino el punto de partida. China está lejos de alcanzar al poderío norteamericano, pero ya ha iniciado la larga marcha para lograrlo. La diferencia es que a Estados Unidos le ha tocado ahora hacer el papel de la URSS. Cada vez le serán más necesarios la superioridad militar y el control ciudadano como último recurso para impedir la derrota: el “peligro amarillo” llegó a las cadenas de tiendas y los supermercados norteamericanos.
En el nuevo ajedrez político, la cada vez más poderosa China está jugando con otro tablero: invertir en Cuba forma parte de una extensa campaña de expansión económica. Dentro de este nuevo orden, La Habana no es el peón de cambio donde establecer bases de cohetes para retirarlos después, sino parte de un plan de desarrollo y ampliación de mercados.
China sigue demostrando que se puede continuar siendo una nación con un sistema de fundamentos comunistas –modificado pero no transformado por completo: el capitalismo de Estado mezcla y admite principios ideológicos que pueden parecer incongruentes–, tener excelentes relaciones con Estados Unidos y conservar intacta la supresión de los derechos humanos. En lo que respecta a la Casa Blanca, ésta no muestra el menor interés de que se celebre un congreso de disidentes en el país asiático. Lo anterior no es aviso ni advertencia, sino la realidad en su estado más simple.
Fotografía de Rui Ferreira: La Ciudad Prohibida, el camarada Mao y yo.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Viaje a la miseria

Puerto Príncipe-Sorprende al viajero al llegar a la capital haitiana un vendedor que ofrece unos pequeños látigos mango de madera, varias tiras de goma― por unos cuantos gourdes. Piensa que es para conducir el ganado o tiene algún empleo ceremonial o quizá es simplemente un juguete torpe. Luego conoce que los martinets están especialmente diseñados para usar en niños y ocasionalmente en esposas. Haití, la primera nación del Caribe y Latinoamérica en liberarse de la dominación colonial gracias a una sublevación de los esclavos es también el único país del Hemisferio Occidental donde un instrumento de abuso infantil y maltrato doméstico se vende impunemente en las calles. Más cerca de África que de América, es un lugar donde no pasa nada, y cuando ocurre es para mal.
Se aprecia en los rostros fatigados, marcados por la resignación y la apatía, que se acumulan en calles y avenidas, si fuera posible designar de esa manera a lo que, en la mayoría de los casos, no es más que un camino pedregoso y sin pavimentar, con huecos enormes que resultan imposibles de esquivar por completo y el vehículo salta y cae y parece que los ejes no van a resistir esa nueva sacudida. Recorrer la avenida Delmas, la arteria principal de la ciudad, es viajar sobre una de las pocas sendas asfaltadas, de doble vía, donde el avance lo determina la persistencia en presionar el claxon y la decisión de salir adelante. En Puerto Príncipe, los conductores solo ceden el paso cuando están seguros de que el otro vehículo viene dispuesto a pasarles por encima. Ese tráfico sin orden ni concierto, por calles llenas de agujeros, es la mejor metáfora de lo que ha sido y continúa siendo la historia haitiana, su política y supervivencia.
Poco cambia en Haití, y basta leer The Comedians, la novela que Graham Greene escribió sobre la época de ´´Papa Doc´´ Greene iba de un ´´país exótico´´ a otro repitiendo el mismo modelo, ya fuera Cuba, Vietnam o Haití―, para percatarse de ello. ´´La casa del Diablo´´, advierten los haitianos a quien se acerca para contemplar las ruinas del Palacio Presidencial, que se vino abajo durante el terremoto del 2010, con una mezcla de temor y burla. ´´El Diablo todavía vive en Haití´´, advierte la recepcionista del hotel, enfatizando aún más ese rencor sordo que corroe el alma de todo haitiano, pero que en la mayoría de los casos no se exterioriza en odio sino en una perplejidad latente que no logra comprender como la desgracia se ha apoderado del país. François Duvalier ha desaparecido y su hijo ha vuelto al país y no se sabe cuál será su futuro o su papel dentro del futuro de Haití como una muestra más de que el Diablo está empecinado a permanecer en el país.
Una nación que existe en la calle, Haití no es un destino turístico predilecto. Sin conocer al menos un residente en la ciudad uno se arriesga a no poder comprar una aspirina. No porque el país carezca de algo hay de todo, sino por el desconocimiento a la hora de encontrar la pastilla. El comercio es una actividad callejera en una ciudad donde las aceras de las principales vías y de muchas secundarias también están ocupadas ininterrumpidamente por todo tipo de puestos de venta, donde se ofrecen desde ventiladores hasta colchones y gomas de vehículos, además de los artículos típicos de cualquier economía informal.
Esto sin contar los peligros. En los últimos días, nueve extranjeros asesinados, un norteamericano secuestrado y un cubano que reside en Puerto Príncipe herido de gravedad, quien mientras era asaltado recibió un tiro de un fusil automático probablemente por nerviosismo de uno de los delincuentes que le entró por la garganta y le atravesó varios órganos, lo que por poco le cuesta la vida (por cierto, los servicios médicos cubanos se negaron a atenderlo porque no pertenecía a la misión cubana o era un funcionario de la isla, y se trataba solo de un cubano inmigrante: la caridad castrista compartimentada).
Junto a esa ciudad de miseria e insertados en ella de forma antinatural, pequeños oasis que recuerdan a los fuertes de las películas del oeste, solo que mucho mayor confort. Protegidos por guardias armados, estos establecimientos existen solo para el consumo de una elite privilegiada haitiana, pero sobre todo para el abastecimiento y placer de los funcionarios y diplomáticos extranjeros acreditados en el país. Supermercados iguales a los que hay en Miami y con precios similares y restaurantes exclusivos. Por ejemplo, en el restaurante View, en Pétionville, se disfruta de una comida gourmet similar a la que uno encuentra en Nueva York. Todo ello puede resultar insultante para los haitianos, y hasta cierto punto lo es moralmente, pero también hay que reconocer que forma parte de una estructura de dependencia de la que la nación no ha podido salir.
No hay dictadura en Haití tampoco un gobierno establecido, pero explicar este hecho desborda esta columna aunque sí existen aún secuelas de la dictadura de los Duvalier. Esta demora en avanzar se ha visto reforzada por el terremoto del 2010. No es que el cataclismo sacara la miseria a las calles, sino que la ha extendido de una forma asfixiante. Donde en una época hubo parques, ahora hay villas miserias construidas con tiendas de campaña sucias y malolientes, donde tras más de un año continúan hacinadas las víctimas del sismo, en un ambiente de promiscuidad, podredumbre y enfermedades. Cuando más o menos Haití comenzaba a avanzar, la tierra tembló y lo interrumpió todo. El mundo lo ha olvidado, los haitianos lo siguen sufriendo.    

Bouguereau, sociedad y erotismo

La obra de William-Adolphe Bouguereau recorre con facilidad y simpleza dos mundos afines y contradictorios: la pintura de la segundad m...