jueves, 12 de enero de 2012

La tenue línea que va del castrismo al anticastrismo


Una parte del exilio en esta ciudad se aferra a la ilusión de que el gobierno cubano puede sucumbir en un futuro cercano, está a las puertas de una crisis alimentaria catastrófica, cada día aumentan las protestas y agoniza presa de su inmovilismo. No es así. El proyecto revolucionario parece agotado, pero los mecanismos de supervivencia continúan intactos.
Refugiarse en los extremos nunca es bueno. La isla atraviesa un etapa difícil y el impulso bajo el cual el mandato de Raúl Castro inició una serie de reformas limitadas ha desaparecido. El desencanto ha sustituido a una ligera esperanza en los cambios que muchos esperaban —con mayor ilusión que fundamentos reales— introduciría el actual mandatario cubano.
Cuba sigue siendo una excepción. Se mantiene como ejemplo de lo que no se termina. Su esencia es la indefinición, que ha mantenido a lo largo de la historia: ese llegar último o primero para no estar nunca a tiempo. No es siquiera la negación de la negación. Es una afirmación a medias. No se cae, no se levanta.
Cualquier estudioso del marxismo que trate de analizar el proceso revolucionario cubano descubre que se enfrenta a una cronología de vaivenes, donde los conceptos de ortodoxia, revisionismo, fidelidad a los principios del internacionalismo proletario, centralismo democrático, desarrollo económico y otros se mezclan en un ajiaco condimentado según la astucia de Fidel Castro, primero, y el olfato conspirador de Raúl ahora. No se puede negar que en la isla existiera por años una estructura social y económica —copiada con mayor o menor atención de acuerdo al momento— similar al modelo socialista soviético. Tampoco se puede desconocer la adopción de una ideología marxista-leninista y el establecimiento del Partido Comunista de Cuba (PCC) como órgano rector del país. Todo esto posibilita el análisis y la discusión de lo que podría llamarse el “socialismo cubano”. Todo ello forma parte de lo que sería la cobertura convencional y la superficie del modelo, pero en su esencia hay aspectos propios, que definen al caso cubano no como una excepción —esa ilusión notable en Cuba y el exilio de ser singulares, distintos a todos— sino simplemente como el resultado de una actuación caótica y pragmática al mismo tiempo.
Durante su décadas de mando unipersonal y omnipresente, Fidel Castro siempre se sirvió de dos gobiernos para ejercer el poder, ambos propios: uno visible y formado por las estructuras políticas tradicionales; otro paralelo y no oculto y por lo general más poderoso: un gobierno “formal” y otro “informal”.
Quienes apuestan por una transición, o al menos una “actualización”, lo hacen operando dentro de las posibilidades de este gobierno formal. Sus limitaciones están dadas en el hecho de que esta maquinaria gubernamental es corrupta, ineficiente y carente de verdadero poder. No importa que no funcione, si realmente no manda. El otro gobierno, el informal, lleva mucho tiempo apostando sólo a sobrevivir. Y lo ha hecho con un éxito total.
La elección de Raúl Castro como presidente de la nación fue el primer paso, en muchos años, para lograr un acercamiento entre ambas formas de poder, que llevaría paulatinamente a la desaparición del “gobierno informal”, para el establecimiento pleno de un gobierno o régimen más o menos colegiado. Sólo que desde el inicio se supo que esta supuesta “sucesión-tradición” estaba fundamentada en limitaciones que hacían que su desarrollo fuera lento, sino imposible.
La primera de estas limitaciones fue evidente en la declaración de que Fidel Castro sería consultado en todas las decisiones importantes, lo que ya de hecho establecía que su retiro del mando era relativo. La segunda, y más importante, tenía que ver con la forma misma de gobierno imperante en la isla, fundamentada en lo que Giorgio Agamben considera un “Estado de Excepción”, donde Raúl Castro, como nuevo presidente, estaba desde el comienzo limitado a una función administrativa, con Fidel Castro aun manteniendo la posición de soberano, pese a mantenerse alejado de la vida pública.
Este desempeño de papeles, por momentos nebuloso para quien lo ve desde fuera, tiene una claridad meridiana en cuanto a que las dos figuras que definen el panorama político nacional (los hermanos Castro) comparten un objetivo: mantenerse en el poder.
No por ello tal configuración de poder esta libre de contradicciones. Sólo que al tiempo que éstas obran a favor o en contra de los protagonistas, también confluyen en la meta común de mantener en funcionamiento la maquinaria de supervivencia: las diferencias no marcan los límite, sino más bien los límites marcan las diferencias.
De esta forma se explica lo inadecuado de aplicar a la realidad cubana los esquemas de transición a la democracia, tanto los fundamentados en experiencias posteriores al socialismo como aquellos que buscan sus claves en la ecuación caudillismo-democracia (el ejemplo español es el más evidente). En la URSS y los países socialistas existía un solo gobierno, el que desapareció por su ineficacia. Para Fidel Castro, que el Gobierno no funcionara resultó una carta de triunfo, porque le permitía la eficiencia de un mando paralelo. La salud pública podía sufrir un retroceso en la isla. Eso era un problema del gobierno oficial. Al mismo tiempo, el envío de brigadas médicas al exterior resultaba un gran triunfo. Esa era la obra del gobierno paralelo: el poder unipersonal del gobernante. Si el Ministerio de Salud Pública funcionara como un verdadero ministerio, hubiera terminado por convertirse en un obstáculo a la voluntad del mandatario. El mérito de Raúl —por cierto muy limitado— ha sido el tratar de hasta cierto punto subvertir este orden. Intentar un mínimo de eficiencia en el gobierno. Pero aquí hay que tener en cuenta que ya desde antes de su enfermedad, Fidel Castro estaba jugando en ambos polos de un mismo objetivo. De esta manera, la asistencia médica al exterior se ha convertido en una importante fuente de ingreso para la nación. Cubanos trabajan en el exterior de una forma más eficiente, para la economía de la isla, que si lo hicieran dentro del país. Esta evolución, por supuesto, no es un mérito que le corresponda al actual presidente, aunque sin duda esta función se ha incrementado en los últimos tiempo, sino algo que venía gestándose desde un tiempo atrás.
¿Dónde queda entonces la posible influencia que puedan ejercer, por ejemplo, las naciones europeas? En una apuesta más en el tiempo que en el espacio. El establecimiento de un vínculo que de seguro perdurará más allá de la permanencia física de los hermanos Castro. También en la presencia de un modelo comparativo que ayude a que los cubanos definan su realidad alejada de los extremos.
La anterior pregunta todavía es más engorrosa si se refiere al exilio que vive en Miami, donde está radicada la mayor comunidad de cubanos que reside fuera de la isla y que por su número y en especial su importancia económica debería desempeñar una labor mucho más importante, para el futuro de la isla, al que por años viene ejerciendo. En ese sentido, el aislamiento de la mayoría de los círculos de poder, que hasta ahora han ejercido su poderío sobre esta comunidad, es casi absoluto. Hay una paradoja que día a día se pasa por alto en esta ciudad: nunca un gabinete y un congreso estadounidenses contaron con mayor influencia y participación que durante la administración de George W. Bush, pero al mismo tiempo ninguna administración formuló con mayor firmeza y dejó bien establecido que los actores políticos del futuro cubano se encontraba en la isla. Lo demás fue complacencia con un grupo de ancianos reaccionarios y un vocingleo constante en la radio. Si durante casi cuatro años la nostalgia del exilio se ha hecho eco de ese vocingleo es porque no tiene nada mejor que decir o esperar.
Cualquier proyección sobre el futuro de la isla debe hacerse desde el presente. No intentando un regreso a los años cincuenta. La nostalgia ha servido para enriquecer a unos cuantos en Miami. No tiene sentido como programa de gobierno. El régimen castrista no es un paréntesis en la historia de la nación, un apéndice que se puede eliminar sin el menor rastro. ¿Quiénes de los tantos que repiten a diario su discurso estéril en la radio exiliada conocen la realidad cubana? El ejercicio de desconsuelo —el intento de vender el pasado bajo una forma de futuro— sólo ha logrado edificar altares de ignorancia y fabricar líderes de pacotilla. En un futuro que nadie es capaz de precisar, Cuba iniciará una nueva etapa. No volverá la vista a un pasado de más de cinco décadas. Será imposible borrar tanta huella y tampoco hay una voluntad nacional e internacional de que así sea.
Si inoperante es el modelo imperante en la isla, igual de obsoletas resultan las ideas de los anticastristas de café de esquina. Catalogar de demonio a ambos hermanos Castro es un ejercicio estéril para el futuro de la nación. No se trata de negarse a condenarlo. Es resaltar la necesidad de mirar más allá. La ceguera política, una terquedad sin tregua de mantener al día la industria de la glorificación del pasado republicano, alimenta a unos cuantos y proporciona alivio emocional a quienes se niegan a escuchar y ver un mundo que ya no les pertenece, del que han quedado fuera por soberbia y desprecio.
Los que sólo se preocupan por echar a un lado las opiniones contrarias y mirar hacia otro lado, frente a una nación que lleva años transformándose para bien y para mal, no tienen grandes dificultades en Miami. La radio del exilio y algunos programas de televisión siguen alentando rumores y dedicando su espacio a satisfacer el odio, la venganza y las quimeras de quienes entretienen su vida con fábulas y sueños torpes.
Este atrincheramiento se justifica en frustraciones y años de espera, pero ha contribuido a brindar una imagen que no se corresponde con la realidad de esta ciudad. Por décadas, un sector del exilio miamense se ha identificado con las causas y los gobiernos más reaccionarios de Latinoamérica. Al contar con los medios y el poder para destacar estas posiciones, no sólo se han manifestado en favor de las más sangrientas dictaduras militares, sino defendido y glorificado a quienes colaboraron con estos regímenes, incluso en los casos de terroristas condenados por las leyes de este país.
En un intercambio de recriminaciones y miradas estereotipadas, en muchos casos la prensa norteamericana sólo ha querido mostrar las situaciones extremas y destacar las acciones de los personajes más alejados de los valores ciudadanos de este país. Al mismo tiempo, los exiliados han observado esa visión con ira y rechazo, pero también con un sentimiento de reafirmación. Ni Miami es siempre tan intransigente como la pintan, ni en ocasiones tan tolerante como debiera. Sin embargo, olvidar que es una ciudad generosa con exiliados de los más diversos orígenes resulta una injusticia.
Quizá la clave del problema radica en esa tendencia a los extremos que aún domina tanto en Cuba como en el exilio, donde falta o es muy tenue la línea que va del castrismo al anticastrismo, palabras que por lo demás sólo adquieren un valor circunstancial.
De esta forma, ser de izquierda en esta ciudad se identifica con una posición de apoyo a Castro, mientras que los derechistas gozan de las “ventajas” de verse libres de dicha sospecha. No importan los miles de derechistas, reaccionarios y hasta dictadores de ultraderecha que en Latinoamérica, Europa y el resto del mundo se han manifestado partidarios del régimen de La Habana y colaborado con éste. En Miami estas distinciones no se tienen en cuenta.
En igual sentido, cualquier posición neutral o de centro es vista con iguales reservas. Resulta curioso que mientras en Cuba se ha perdido parte de esta retórica ideológica —no en la prensa oficial pero sí en las opiniones diarias y hasta en los discursos de algunos funcionarios del gobierno, sobre todo a partir de la enfermedad de Fidel Castro— aquí nos mantenemos anclados en nuestro fervor “anticastrista”.
El problema con estos patrones de pensamiento es que resultan poco útiles a la hora de plantearse el futuro de Cuba. La figura de Fidel Castro —no importa si se lo ve débil y enfermo o sano y relativamente vigoroso— actúa como un espejo en que aún reflejamos nuestras acciones y actitudes. En realidad, es un espejismo. Cierto, las conclusiones del momento son que poco o nada cambiará en Cuba hasta su muerte. Pero confundir un paréntesis con un objetivo final resulta engañoso y fuente de errores y desdichas.

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