lunes, 27 de febrero de 2012

¿Qué nación? ¿Qué emigración?


A comienzos del mandato del general Raúl Castro, cuando todavía se especulaba sobre la vuelta de Fidel Castro al poder y el uso de los términos pragmatismo y reforma albergaban una ligera esperanza ―vaga, ingenua y confusa, es cierto, pero al mismo tiempo una pequeña ilusión casi desesperada― comenzó a circular el rumor de que era casi inminente la celebración de una nueva reunión, al estilo de las conferencias anteriores, tituladas pomposamente “Nación y Emigración” y celebradas en La Habana, pero que ahora sí por fin tendrían una agenda más completa y una participación amplia. El rumor, que nunca trascendió más allá de estrechos círculos, murió casi al nacer. En su lugar, se llevó a cabo en Cuba uno de tantos encuentros en que los de siempre ―conocidos como “el coro” incluso entre las esferas del poder castrista― acudieron a la cita y recitaron la monserga de “abajo el bloqueo” y ´“liberen a los cinco héroes antiterroristas condenados por el imperio”. Otro fin de una ilusión y una nueva espera. Ahora el Gobierno de La Habana “convoca” a lo que será un selecto grupo de cubanos residentes en Estados Unidos, y el escueto anuncio parece destinado a dejar claro que no tienen cabida nuevas ilusiones.
Para comenzar, una aclaración necesaria. En esta ocasión no se trata de algunos escritores hablando desde La Habana, sobre la necesidad imperiosa de incorporar la literatura del exilio “dentro del corpus de la literatura nacional”; de un columnista hablando a favor de “abrir la muralla” al turismo del emigrado o de expertos que instan a preparar paquetes especiales de esparcimiento para emigrados cubanos residentes en Estados Unidos. Esto es un llamado desde el centro de mando. Cabe considerar que todo lo anterior forma parte de una campaña de preparación ―según el gusto que cada cual tenga por las teorías conspirativas― o decir simplemente que se trata de una cuestión que desde hace largo tiempo gravita sobre el extenso y complejo problema de los vínculos y desencuentros entre la isla, Estados Unidos y el exilio o la diáspora cubana. Pero lo que sí deja bien claro la nota de prensa es que quien convoca, escoge y determina es el régimen. Las únicas opciones que quedan son acatar o rechazar.
Coincido con Haroldo Dilla ―en su excelente artículo publicado en Cubaencuentro― que quien decida asistir al encuentro “no cruza un rubicón ético, ni se convierte en un impresentable político. Pero si acepta debe saber que estará legitimando un proceso que no lleva a la normalización, sino a la perpetuación de la separación, del ostracismo y de la explotación de los emigrados por un Estado parasitario y autoritario”.
De entrada, una lectura rápida de la nota de prensa deja claro que el deseo manifiesto es un encuentro con el coro de siempre, aquellos que son llamados a vincularse con lo que el Gobierno de Cuba define como “su país”, aunque a estas alturas hasta sus más cercanos acólitos ya son ciudadanos norteamericanos, “de manera respetuosa, conscientes de la urgencia de defender su soberanía e identidad nacional”, y están dispuestos a desarrollar un intenso cabildeo en contra de “los efectos de la política norteamericana de hostilidad y bloqueo hacia Cuba y su manipulación del tema migratorio, así como la situación de los ‘Cinco luchadores antiterroristas’, presos injustamente en los EEUU”.
No creo que exista urgencia alguna, por parte de los inmigrantes cubanos, de defender la soberanía e identidad nacional. Tales conceptos los aplica el Gobierno cubano apelando a sus significados más arcaicos y con un remedio oportunista ante el desmoronamiento de la ideología leninista que declaró profesar y sólo llevó a la práctica en sus esenciales aspectos represivos. Si el régimen castrista está tan preocupado por el “nacionalismo” debería reflexionar sobre los miles de cubanos a los que no les ha importado una peseta el recobrar la ciudadanía española, y echar a un lado las luchas independentistas. En cuanto a los “Cinco” ―que de antiterroristas tienen nada más que el sonsonete castrista―, hace rato que algunos de ellos debían haber sido devueltos a comer chicharos en Cuba, pero eso no quiere decir que sean algo más que unos vulgares espías.
El problema que tiene que enfrentar el gobierno cubano, si de verdad está interesado en un mejoramiento de las relaciones con quienes viven fuera del país ―no solo en Miami, o Estados Unidos en general, sino en todo el mundo― es la abolición de las barreras que impiden entrar y salir de la isla sin mayores problemas; el diferenciar la cuestión migratoria del orden político y represivo y el permitir el regreso a la patria de forma permanente, sin que en ninguna de estas categorías intervenga un “código político”, de forma más o menos explícita, que lleve a quienes viven en el extranjero a actuar por sus hábitos y convicciones, y no por  el temor a “buscarse problemas”.
 La solución tiene que partir de Cuba y ha de venir sin restricciones. La entrada libre al país y la posibilidad del regreso si alguien lo desea. Abandonar la excusa de repetir una y otra vez la justificación del embargo para mantener una represión sin tregua y la cantinela de la soberanía cuando escucha una opinión contraria. Hay que ser demasiado optimista para pensar que este nuevo encuentro logre un avance significativo en este sentido. Si se puede considerar al anuncio de prensa como un comienzo, no es otra cosa que un mal comienzo.

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