lunes, 12 de marzo de 2012

El ejercicio estéril de ignorar el debate


Los cubanos nos hemos destacado en agregar una nueva parcela al ejercicio estéril de ignorar el debate mediante el expediente fácil de ignorar los valores ajenos. Aquí y en la isla nos creemos dueños de la verdad absoluta. Practicamos el rechazo mutuo, como si sólo supiéramos mirarnos al espejo y vanagloriarnos.
Durante años, dos tendencias conformaron las reacciones ante los artistas e intelectuales procedentes de Cuba, que acudieron a Miami hasta que el gobierno del presidente George W. Bush pusiera fin a esos intercambios. La primera era de franco rechazo, de oposición abierta, desprecio y odio. La segunda, una búsqueda pasiva de un espacio abierto que permitiera el encuentro. Ambas demostraron sus limitaciones, una pobreza de imaginación y la carencia de la fuerza necesaria para echar abajo los obstáculos, colocados por los empecinados en el pasado.
Durante la administración de Barak Obama, que retomó la línea de su predecesor demócrata Bill Clinton ―sino con mayor énfasis al menos buscando más amplitud de criterios―, el desfile procedente de Cuba se ha incrementado, mientras que algunas experiencias culturales estadounidenses han llegado a la isla, notables en el ballet y la danza, limitadas en la música, ausentes en la literatura.
No hay que olvidar que este ´´intercambio´´, propulsado pero enunciado a medias, se concibe por parte de la Casa Blanca como a realizar entre Washington y La Habana, no entre La Habana y Miami. Como los mexicanos en las muertes atribuidas a Billy the Kid, los cubanos quedan fuera del conteo.
De lo que podría llamarse la primera etapa del intercambio cultural, esa que se extendió hasta el gobierno de George W. Bush, quedó poco de valor por apuntar en ambas partes. Apocalípticos e integrados bajo las categorías de la tolerancia y la intolerancia, en el exilio se desaprovechó la oportunidad de definir una posición que evitara la manipulación del régimen castrista. La incapacidad de arrojar el lastre de un nacionalismo provinciano hizo que junto al hostigamiento contra un supuesto enemigo llegado de la isla se incrementara la sobrevaloración de la nación existente antes del primero de enero de 1959. Un fenómeno con culpables no sólo en La Pequeña Habana.
Algunos en esta ciudad y en Washington intentaron cerrar la puerta para no ver lo que ocurría en la otra orilla. A 90 millas, se optó por omitir o reducir al mínimo la labor cultural, que en condiciones adversas se desarrollaba en Miami. Pese a limitadas aperturas, se censuraron nombres y logros. Todavía en algunos casos se censuran. La prensa oficial de la isla padece un síndrome de idiotismo censor, que solo se explica a partir del apoyo de las esferas de poder. Debían padecer un bochorno enorme quienes en la prensa oficial cubana omiten los nombres de los músicos cubanos en cualquier premiación internacional ―especialmente en Estados Unidos, especialmente ambos Grammy―, y si no les ocurre, si no son conscientes del ridículo, es que el temor se los impide. Y ese temor, por supuesto, tiene nombre y casa en la isla. Este párrafo estaría incompleto sin reconocer que mucho ha cambiado en Cuba en este sentido, si se compara con el vacío existente décadas atrás. Pero no sólo se deben reconocer los avances, sino llamar la atención sobre lo mucho que queda pendiente.
En esta nueva etapa, al menos dos factores han cambiado por completo el marco del debate. Uno es la existencia del internet, una esfera de acción que en gran medida define el terreno. Si hace cinco años ocurrió una ´´guerra de los emails´´ que se desarrolló fundamentalmente dentro de Cuba, con la participación de los artistas y escritores residentes en la isla, que eran fundamentalmente los implicados, hoy igual debate y advertencia saltaría de inmediato a los blogs, las cuentas en twitter y los diversos sitios que se han multiplicado en la red.
El segundo factor es la existencia de una juventud, que en forma múltiple y con los criterios más disímiles, han llegado para ocupar su legítimo lugar en lo que hasta hace poco se limitaba mayormente a quienes estaban alrededor de los cincuenta años de edad. Tanto buena parte de la primera disidencia se distinguió por situarse en esa franja de edad, como lo que podría llamarse la generación del Mariel estuvo marcada por creadores que en el exilio iniciaron o continuaron un desarrollo relativamente tardío de sus obras, a partir de los treinta años de edad.
Sin embargo, en la actualidad los treinta años definen una generación que queda por debajo, no por encima de esa cifra. Esto le está otorgando un dinamismo nuevo a un debate que más de una vez se ha iniciado, florecido y apagado sin resultado alguno.
El encuentro de la diversidad de criterios ha quedado pospuesto. La apuesta reducida al todo o nada. Antes que discutir o aceptar diferencias, abogar por la uniformidad. Mientras tanto --y gracias al apoyo de una administración en Washington ajena a los verdaderos problemas de Cuba y poco deseosa de encontrar soluciones reales-- se han reafirmado los cotos cerrados. La política de plaza sitiada alimentando discursos en La Habana y Santiago de Cuba, complaciendo las frustraciones de los televidentes del exilio, aferrada en apoyar emocionalmente a una comunidad que en buena medida ya se resiste a esa retórica gastada.
Una de las peores consecuencias de esta política cerrada -y también errada- ha sido la divulgación de una imagen de Miami donde impera una especie de estalinismo de café, y en que determinados círculos defienden la politización del arte con mayor furor que en la época nefasta del realismo socialista. "Dentro de Miami, todo. Fuera de Miami, nada" parece ser la consigna. Para agravar aún más la situación, los que la practican se equivocan en lo que -con otros argumentos y una exposición menos estrecha- habría que aceptar como válido en buena medida, y defienden con falsedades lo que en ocasiones es cierto. Quienes para criticar al totalitarismo no encuentran argumentos mejores que la repetición de valores y estrategias caducas no hacen más que favorecer al sistema que pretenden atacar, sin otra arma que la tergiversación y la añoranza de un pasado irrepetible.
La política inquisitorial de Bush y el rechazo de los círculos de poder del exilio de Miami han llevado a la pérdida de una confrontación necesaria, por la que a veces vale la pena pasar por alto las trampas del enemigo. Al tiempo que se debe defender el derecho que tiene cualquier artista o conferencista residente en la isla de venir a cantar, o a exponer sus ideas, no hay que dejarse seducir por los silencios o las declaraciones hipócritas de los que siempre están dispuestos a vivir entre dos aguas. No existe la despolitización del arte en Cuba. Tampoco existe la inocencia del baile. Pero vale la pena apreciar la mejor música, dondequiera que se produzca.
Durante muchos años, a todo aquel que se atrevía a formular la más leve crítica en Cuba se lo tildaba de "hipercrítico". Es curioso el arraigo de ciertas palabras. La mentalidad del militante del partido comunista, que imponía su discurso; del profesor de filosofía marxista, que propagaba el dogma, y del vigilante del Comité de Defensa de la Revolución, que espiaba al vecino, se extiende más allá de la disidencia y del derrumbe de la sociedad cubana. En esta ciudad se reproducen patrones de conducta traídos de la isla, junto con otros que a lo largo de los años han proliferado en el exilio.
Es en el comportamiento cotidiano donde más tendemos a sublevarnos, cada vez que se nos señala un defecto o limitación. Nos negamos a la crítica porque pensamos que nos denigra, en vez de aprender de nuestros defectos.
El inevitable reencuentro aplazado con los escritores y artistas de la isla encierra dos trampas. Una es la consabida e inevitable nostalgia, que en lo personal puede servir de saludable catarsis si no se prolonga más allá de 15 minutos. Apelar de forma superficial a los conceptos de patria y nacionalidad es la otra.
Cuando finalmente se produzca este encuentro, ¿vamos a formar un coro para entonar de nuevo la Guantanamera? Muchos que en Cuba se sentían extranjeros --o lo que es peor, desterrados-- no estarán dispuestos a sumergirse en un baño de cubanía de quincalla. Pero vale la pena luchar por la creación de un espacio común, entre los artistas e intelectuales de aquí y allá. Hay que conquistarlo, para quienes comparten nuestros sentimientos y opiniones, y también para los que se definen por tener los opuestos.
Fotografía: Presentación de la revista Criterios, en el aniversario 40 de fundada. Foto de Jorge Luis Baños Hernández, IPS - Inter Press Service

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