lunes, 26 de marzo de 2012

La república de Miami-Dade


Una vez más, los legisladores de la Florida confunden su función e intentan jugar en las “Grandes Ligas” políticas de la nación. Ese afán republicano ―y no me refiero en este caso al partido político sino al deseo de fundar y creerse república independiente― reaparece con notable énfasis en Tallahassee, no por desconocimiento de las leyes sino como escalera fácil para mantenerse en el candelero.
El proyecto de ley que prohíbe contratar compañías con vínculos de negocios con Cuba no solo es inconstitucional sino un desperdicio de dinero de los contribuyentes, ya que en caso de ser aprobada terminará en las cortes. Mejor sería que nuestros representantes dedicaran su tiempo a enfrentar los graves problemas económicos que enfrenta el estado, pero ellos no están para minucias: su lucha es contra el comunismo, como si fueran una reencarnación de los Halcones Negros, aquellos comics de la época de la guerra fría, ahora cómicos del pasado.
La cuestión aquí no es mostrar un férreo anticastrismo. De lo que se trata es de ocupar la función que le corresponde a una legislatura estatal y no estar siempre aparentando ser nación cuando no se pasa del ámbito provinciano, de los comentarios de esquina y de estar inventando leyes a la medida de unos cuantos. Si bien algunos objetivos le han salido bien a estos legisladores, como son el fabricar distritos a la medida de los candidatos republicanos, otros solo le sirven como propaganda.
En tres ocasiones anteriores los tribunales han echado abajo medidas destinadas a restringir las relaciones de negocios en la Florida con compañías vinculadas a regímenes represivos. Dos de los casos están relacionados específicamente con la Florida y Miami-Dade. No es que nuestros bravos legisladores sean unos férreos opositores al comunismo y el resto del país esté en manos de liberales izquierdosos. Es, sencillamente, que quienes nos representan en el estado de la Florida son unos entrometidos, que se meten en asuntos que nos les corresponde, en lugar de dedicarse a mejorar la educación, crear mecanismos para incentivar el empleo, luchar contra la corrupción y mejorar los sistemas de salud, índices todos en que la Florida obtiene calificaciones bien bajas.
No es casual que este proyecto de ley aparezca en un año electoral. Por una parte evidencia un interés renovado en Miami, que se extiende a toda la Florida, de mantener una política hacia Cuba mucho más rígida que la acordada en Washington. Con un presidente demócrata en Washington, los legisladores que responden al sector más fanático del exilio cubano están incrementando sus esfuerzos para sacar a Barack Obama de la Casa Blanca.
El objetivo no sólo es una vuelta a las normas establecidas por el gobierno del expresidente George W. Bush, sino convertir la política estatal en una avanzada de los objetivos nacionales, en lo que respecta al tratamiento del caso cubano. Esto se ha hecho muy evidente con relación a los viajes a Cuba, el envío de remesas y los llamados ´´intercambios culturales´´, pero no son éstos los únicos aspectos que preocupan a los legisladores republicanos de la Florida. Hay un objetivo primordial de largo alcance: consolidar el poder político en uno de los estados más importantes para las elecciones presidenciales, de forma tal que la política norteamericana hacia la isla no esté influida sólo por la labor de cabildeo y los poderosos contribuyentes cubanoamericanos del sur de la Florida, sino por una maquinaria republicana que puede resultar clave a la hora de elegir al próximo mandatario de la nación más poderosa del planeta.
No hay que olvidar que miembros de este grupo ya desempeñan un importante papel en la confección de la política norteamericana hacia la isla, al formar parte del cuerpo legislativo federal. El objetivo es continuar ampliando una política que es compartida por una buena parte de los votantes cubanoamericanos con más años en el exilio. En última instancia, lo importante para ellos no es la efectividad de esa política, en lo que se refiere a poner fin al régimen castrista, sino que ésta ejemplifique su influencia política.
Considerar que medidas como este Proyecto de Ley de la Cámara de la Florida 959 (Florida House Bill 959) tienen solo que ver con la libertad de Cuba es realmente ingenuo. Quienes buscan imponer normas de este tipo responden al interés de volver a los años de Bush, cuando el territorio de esta nación estaba definido por líneas ideológicas convertidas en verdaderas fronteras. El centro y el sur dominados por una mentalidad provinciana, aislacionista por principio, apegada al fanatismo religioso y hostil hacia la inteligencia. Por otra parte, a lo largo de la costa oeste y al otro extremo —en la costa noreste— una zona donde impera el cosmopolitismo, la tolerancia sexual y religiosa y el culto al conocimiento.
Este contorno delineado a brochazos ha definido en buena medida a Estados Unidos. Los ocho años de gobierno de Clinton fueron un paréntesis, logrado por el carisma y la habilidad de un político astuto, y los dos períodos de Bush hijo su manifestación más clara. Los resultados de la crisis que permitió la elección de Barack Obama podrían convertirse en una parada momentánea.
Es en estos términos que hay que juzgar este nuevo proyecto de ley, más allá del rechazo que inspira el gobierno cubano. La demagogia republicana hacia Cuba está en plena campaña.

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