lunes, 23 de abril de 2012

La ilusión de la impotencia


Entre la denuncia de actos represivos y el anuncio de planes o propuestas de unidad transita el estancamiento del movimiento disidente en Cuba. Muchas denuncias tienen que ver con actos y acciones ocurridos en el oriente de la isla. Por lo general, estas informaciones no pueden ser verificadas de forma independiente y los reporteros de las agencias de prensa extranjeras no muestran el menor interés en investigarlas o se ven impedidos de hacerlo.
Tras la liberación de los presos políticos, se ha creado un doble rasero a la hora de cubrir estos hechos. Lo que ocurre en oriente no llega a los cables, y en La Habana sucede bien poco. Todo ello crea una zona de incertidumbre, donde la impunidad de los agentes del régimen podría estar dada, en buena medida, por su lejanía de los centros del poder o incluso su aislamiento. Sin embargo, cabe también la duda de si esos hechos que se denuncian nos llegan en versiones exageradas, incompletas o incorrectas.
Nada de esto impide considerar que la esencia del gobierno cubano se define por su capacidad represora. Lo que se trata es de buscar cierta objetividad en la información, una tarea bastante difícil. La Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional (CCDHRN) registró en el mes de marzo más 1,150 detenciones de opositores, la cifra más alta de la que se tiene constancia en los últimos cincuenta años. “En marzo de 2012 verificamos al menos 1,158 detenciones arbitrarias por razones políticas, el número más alto para un mes en las últimas cinco décadas, sólo comparable con las grandes redadas realizadas en todo el país en abril de 1961, a raíz de la invasión por Bahía de Cochinos”, destaca un documento de la organización.
Tan solo en el primer trimestre de este año se documentaron un total de 2,393 detenciones contra opositores y activistas de derechos humanos, una cifra que supera los 2,074 arrestos ocurridos en todo el año 2010. Más de la mitad de los arrestos de disidentes se produjeron pocos días antes y durante la visita de Benedicto XVI. Algunas eran “reclusiones domiciliarias extrajudiciales bajo custodia de agentes policiales y parapoliciales”, agrega el documento.
Uno de los problemas que enfrenta la disidencia es que la táctica represiva puesta en práctica por el gobierno de Raúl Castro resulta muy eficiente a la hora de implantar el terror: reprimir de forma limitada, solo lo necesario, pero al mismo tiempo no permitir que se olvide o se pierda el miedo.
A la vez, a la hora de la denuncia, queda clara la naturaleza abusiva del régimen, pero lo ocurrido no logra despertar una alarma internacional o desencadenar una activa repulsa mundial.
La cualidad represiva del régimen queda amparada tras la búsqueda de cuantificaciones: ¿cuántos muertos, cuántos desaparecidos, cuántos torturados? Y salen a relucir los casos de nutridas manifestaciones dispersadas a balazos, chorros de agua o bastonazos de los destacamentos antimotines en cualquier lugar del mundo.
Esa vendría a ser la mitad de la ecuación. La otra mitad radica en la existencia de horizontes alternativos, que hace que todo cubano lo piense dos veces, y hasta cuatro y cinco, antes de unirse a un grupo disidente.
Para neutralizar o acabar con sus enemigos, el régimen castrista nunca ha dudado en ejercer la represión, pero también ha desarrollado hábilmente la práctica de dejar abierta una puerta de escape a los opositores —siempre que existiera esa posibilidad— y de anticiparse a las situaciones límites. La alternativa entre la cárcel y el esperar la oportunidad de partir hacia Miami u otro país define desde hace décadas la realidad cubana.
El 17 de abril pasado Ernesto Hernández Busto escribió un artículo en su blog, Penúltimos días, en que destacaba “la profunda brecha entre cubanos con intereses diferentes frente a la perspectiva de un cambio radical, y del inevitable precio que éste implica”.
Se trata de una característica que en buena medida define a la sociedad cubana. Frente a la evolución del movimiento opositor, de una disidencia tradicional e ilustrada ―y cuyos líderes superaban los 50 años de edad― a un grupo menos encerrado en categorías, embriones de partidos políticos y organizaciones de nombres presuntuosos, el enfoque represivo del régimen continua similar al patrón reafirmado con violencia en la primavera de 2003.
Los cambios que ha experimentado ese enfoque han sido más bien de adecuación de un modelo ⎯mientras mantiene intacta su esencia⎯, que es castigar con dureza cualquier acción que considere va en detrimento de “la independencia del Estado cubano´´ así como de la ´´ integridad de su territorio”.
Si bien no puede negarse que en la actualidad el régimen es más permisivo en actividades de denuncia o periodismo independiente ⎯labores que llevaron al encarcelamiento de muchos opositores en 2003⎯ mantiene la barrera de impedir que llegue “a la calle” cualquier manifestación de crítica o rechazo, por leve que sea.
¿Existe una salida democrática en el caso de Cuba? La efectividad de la represión y el peso de la indolencia en la isla hacen que no se vislumbre en el movimiento disidente.
Desde el exilio, la única posible parece radicar en una apuesta hacia un futuro incierto, determinado por la muerte de los hermanos Castro, lo que puede ocurrir en uno, cinco, diez o más años. Entregar el destino del país a la biología no deja de ser la ilusión de la impotencia.
Fotografía: leyendo una información sobre uno de tantos encuentros entre Fidel Castro, Raúl y Hugo Chávez.

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