viernes, 27 de abril de 2012

Literatura e historia en Cabrera Infante (I)


A partir de la publicación en 1963 de Un oficio del siglo XX, la obra de Guillermo Cabrera Infante busca siempre superar la contradicción entre realidad y ficción, no mediante la recreación de un mundo desaparecido —La Habana anterior a 1959 y durante los primeros años de la revolución— sino inventando otro propio donde la palabra rige soberana; edificando una realidad que el autor desarrolla y fundamenta en similitudes que busca de forma obsesiva, para unir fragmentos que aparecen y reaparecen conformando un ciclo narrativo único en la literatura cubana. Un cuerpo literario presentado bajo formas diferentes desde el punto de vista formal, pero que se unen de acuerdo al objetivo de lograr que el lector siempre participe de esta construcción, según el orden otorgado a cada palabra, cada fragmento y capítulo; auxiliado por la memoria y guiado por las diversas claves que debe y tiene que descifrar para disfrutar a plenitud de la lectura.
Una lectura —y aquí aparece una de las características que permiten afirmar su carácter único dentro de la narrativa de la Isla— que es necesario emprender con el dominio de al menos dos idiomas (español e inglés), y en algunos casos sin poder prescindir del francés. No solo por la presencia de algunos trabajos escritos originalmente en inglés, sino porque las versiones al inglés y francés de sus libros más importantes constituyen verdaderas variaciones, sin las cuales no se puede apreciar a plenitud el esfuerzo por desarrollar una narrativa que rompió demasiadas barreras para limitarla a un esfuerzo vanguardista o al empleo de otros idiomas cuando no encontraba en el español los medios de expresión necesarios.
Aunque los recursos utilizados por Cabrera Infante —la música popular cubana, la parodia, el juego de palabras y los propios del cine, del comic y la novela negra entre otros— han sido descritos en más de un ensayo y comentados en multitud de entrevistas, queda por desarrollar un análisis global que abarque la totalidad de su narrativa, misión imposible hasta que concluya la publicación de textos que han quedado inéditos tras su muerte, y que felizmente al parecer se irán incorporando a la edición de sus Obras Completas. El punto de partida de este análisis debe ser el desechar la división superficial entre un Cabrera Infante crítico de cine, otro periodista y un tercero narrador.
Un primer paso en esta dirección lo dio Enrico Mario Santí, al señalar que Cabrera Infante no fue un pensador político como Octavio Paz, sino un narrador político. En igual sentido G. Caín, en Un oficio del siglo XX se niega a “hacer estética” y le dice a su alter ego: “Deja eso a Bazin y a Boileau y a Buffon”. Será luego Cabrera Infante quien afirme en una entrevista que lo que menos le interesaba del libro eran las críticas o “crónica” de cada película —es decir las opiniones cinematográficas—, y que éste podía leerse como si fuera una novela.
Esta imposibilidad de separar no solo la realidad de la ficción, sino incluso la ficción de la no ficción, está presente en su libro más político. La primera edición de Mea Cuba (Plaza & Janés Editores/Cambio16) incluye la sección Vidas para leerlas, que van más allá del testimonio y la biografía de un grupo de escritores cubanos, y pueden ser consideradas recreaciones literarias en que los autores aparecen tratados como personajes. Si bien luego en las posteriores ediciones de Alfaguara esta parte del libro se desprendió y adquirió categoría propia, volvió a estar incluida en la edición estadounidense de la obra, realizada por Farrar Straus Giroux.
“Nadie me considera un escritor político ni yo me considero un político”, dice Cabrera Infante en la misma Mea Cuba, y justifica sus trabajos como una “actividad ética”.
Una y otra vez repetirá que en sus obras narrativas fundamentales no hay referencia alguna a la política, pero ésta lo persiguió siempre, y la necesidad de enfrentar el problema desde el punto de vista literario es una de las claves aún por descifrar. Antes hay que volver a repasar los otros temas que dominaron su narrativa.

Desencanto y amor
La mayoría de las obras literarias de Cabrera Infante —Así en la paz como en la guerra (1960), Tres tristes tigres (1967), La Habana para un Infante difunto (1979) y Delito por bailar el chachachá (1995)— fueron tablas de salvación diversas y dispersas, en las cuales se evoca el amor, y en las que las situaciones aparecen envueltas bajo el disfraz del juego, la burla y la ironía, pero donde nunca desaparece —es más, en ocasiones resulta preponderante— un sentido agónico, latente o pronunciado, que por momentos deja un sabor más amargo y más seco que una misa de difuntos sin música. Por ejemplo, un desengaño que en Delito por bailar el chachachá comienza siendo amoroso en los dos primeros relatos del libro, termina siendo político en el último.
Narraciones unidas bajo varios denominadores comunes —la música popular, La Habana, las mujeres— no solo resultan importantes por la calidad literaria de los textos, sino por ejemplificar lo que hay de común en las obras de un escritor que siempre quiere ser distinto y a la vez único.
Los relatos reunidos en la compilación Todo está hecho con espejos (1999) —y que no forman parte de los libros mencionados— no hacen más que confirmar esta regla. Se apartan de esta normativa los textos breves agrupados en Vista del amanecer en el trópico (1974), cuya importancia obliga a tratarlos en detalle más adelante.
Lo que tienen en común el narrador de La Habana para un Infante difunto, el alter ego Silvestre de algunos de los cuentos de Así en la paz como en la guerra, el personaje de igual nombre de Tres tristes tigres y el protagonista de dos de los relatos de Delito por bailar el chachachá es que al tiempo que busca la felicidad a través de una relación sentimental duradera, teme alcanzarla. No puede vivir sin las mujeres, pero a la vez no puede vivir con ellas. El cinismo no hace más que ocultar una debilidad romántica.
Este empeño por momentos neurótico no puede existir sin estar dominado por pasiones insatisfechas, donde el amor, la locura y la pérdida aparecen enmascarados en un juego verbal que los parodia pero no logra ocultarlos. El sentimiento trágico de la vida convertido en su sentimiento cómico, siempre empecinado en ocultar la verdad: “María Cristina me quiere gobernar”. ¿Me quiere gobernar? Me gobierna. Lo que pasa es que no quiero que lo digan. Que lo sepan.
La relación con las mujeres es similar, en otro plano, a la relación del autor con La Habana. La parodia de Cabrera Infante al célebre verso martiano: “Dos patrias tengo yo: La Habana y la noche” es también: Dos mujeres tengo  yo, una es La Habana. Es esencial en este sentido aclarar que los libros de Cabrera Infante no son, como muchos confunden, evocaciones de un pasado, sino reconstrucciones verbales, creaciones literarias. Alguien que sabe que “la nostalgia es la puta del recuerdo. Siempre hay que pagarle por sus favores” no es presa nunca de sentimentalismos fáciles.

La historia sin H
Durante años Cabrera Infante se negó a la reedición de Así en la paz como en la guerra. No tenía nada en contra de la mayoría de los relatos que formaban el libro, sino contra el libro mismo, hecho “bajo la influencia perversa de Sartre y su idea de que el escritor no solo debe escribir sobre un momento de la Historia (como Marx él siempre ponía la palabra en mayúscula), sino también comentarla en su escritura”. El repudio a este punto de vista lo llevó a reescribir y cambiar de título a Tres tristes tigres, ganador del Premio Biblioteca Breve en 1964. El título original y las viñetas que acompañaban a Tres tristes tigres pasaron a formar parte de Vista del amanecer en el trópico.
Si Tres tristes tigres trata sobre la amistad y la traición y La Habana para un Infante difunto es sobre el amor y la búsqueda de la felicidad en medio de la soledad, ambas tienen en común el triunfo del desengaño; algo que —como ya se señaló— también ocurre en Delito por bailar el chachachá.
En Vista del amanecer en el trópico, el desengaño adquiere carta de nacionalidad: la tragedia de la Isla es que siempre ha imperado en ella la violencia. La literatura debe olvidar la política, pero todo político aspira a la Historia, a trascender la vida cotidiana y convertirla en una eternidad.
Desde la ironía del título, Vista del amanecer en el trópico no aspira a otra cosa que a quitarle la mayúscula a la palabra Historia. A primera vista parece una recreación literaria de la historia de Cuba, pero es más que eso. Integrado a partir de las viñetas de la época de la insurrección contra Batista, el recorrido que se inicia con el surgimiento de las islas y culmina con el régimen de Fidel Castro omite nombres y fechas y acumula situaciones que ejemplifican una actuación malvada por parte de muchos de los participantes de las viñetas. Aquí la misión del escritor no es mostrar el mundo que le ha tocado vivir, ni tampoco recrear el pasado ni imaginar el futuro. La historia queda reducida al chisme y al incidente fortuito, rebajada de categoría.
Para lograr su objetivo, Cabrera Infante recurre a libros de historia, grabados, fotografía y narraciones. Pero a la vez que despoja de sublimidad a las batallas y de brillo a los héroes, su narración no deja de humanizar a los personajes, algunos de los cuales ya estaban convertidos en sus enemigos políticos en el momento de la publicación de este libro. Lo que pierde la historia lo ganan los hombres. No deja de resultar significativo que varias de las viñetas de mayor calidad literaria son precisamente las referidas a la lucha contra Batista.
Vista del amanecer en el trópico — uno de los mejores libros de Cabrera Infante—  está dividido de forma natural por una viñeta que no es tal, sino en realidad un cuento, donde un mulato desafía temerariamente al poder, en este caso el ejército batistiano, desde la ironía y la burla. La profesora y ensañista Nivia Montenegro considera que el personaje del mulato representa al escritor y simboliza al cubano. Me parece que es la clave para entender la vision ironica de la historia que tenía Cabrera Infante, una persona y un autor donde hay que hacer una distinción que quizá sea más fácil establecer en inglés, entre los conceptos de fun y joy.
Cabrera Infante trataba de ser funny en ocasiones, pero siempre fue una persona triste. El concepto de alegría, por otra parte, implica una concepción religiosa, la felicidad. Al triunfo del 1 de enero de 1959 se habló de que Fidel Castro y los rebeldes habían devuelto la alegria al pueblo de Cuba, pero poco después se vió que la revolución empezaba a eliminar la diversión. De hecho, la diversión se volvió algo negativo, “pecaminoso” si queremos emplear términos de la Iglesia. Ese fue precisamente uno de los problemas con el documental PM, que mostraba a la gente divirtiéndose, mientras el concepto revolucionario era, por ejemplo, estar alegre mientras se realizaba trabajo voluntario. Mientras que el mulato del cuento es todo lo contrario, una especie de juglar ¾al decir de Montenegro- que se burla de autoridad.
En este sentido un aspecto a destacar en Vista del amanecer en el trópico son las diferencias entre las fuentes visuales y las sonoras, en particular entre el papel de las fotografias y la canción del mulato o el testimonio de la madre al final. Las fotos permiten un distanciamiento mayor, y que por otra parte dan pie a algunos de los mejores textos desde el punto de vista literario.
Al parecer Cabrera Infante pensó en algún momento dar una visión más amplia al libro, presentar un concepto de la Historia que trascendiera a Cuba. Eso, y la calidad literaria del texto, podría explicar la permanencia de una viñeta se refiere a la famosa foto de Capa durante la guerra civil española. Por otra parte, en los archivos de la Universidad de Princeton hay otras inéditas, entre ellas una referida a la guerra civil de Estados Unidos. Solo agregar que las ediciones en otros idiomas de Vista del amanecer en el trópico — la inglesa, la norteamericana y la francesa—  difieren en la cifra de textos contenidos.

De nuevo la historia
Otra vuelta a la rueda de la historia, incluso más personal, que en parte permaneció inédita hasta la publicación póstuma de Cuerpos Divinos, tiene que ver con la participación de Cabrera Infante en la lucha contra la dictadura de Batista ¾unas pocas viñetas de Vista del amanecer en el trópico adelataban algunos hechos, pero mediante una vinculación anónima¾  e incluso hay una experiencia posterior, que expande su frustración y rechazo ante a la situación imperante a los pocos años de triunfo del régimen castrista. Un libro fue escrito como testimonio de lo que vio al regresar a la Isla para asistir a los funerales de su madre. Su publicación fue demorada por diversos motivos en vida del autor, desde el temor a las posibles represalias que pudieran sufrir algunos de los personajes incluidos, aún viviendo en Cuba, hasta la necesidad de encontrar el tono justo que lo librara de sentimentalismos. En un principio se llamó Itaca vuelta visitar. No “Itaca vuelta a visitar”, para así dar la idea de volver, pero también de ciclo, de algo que comienza y termina en el mismo punto. Ahora se llama Mapa hecho por un espía.

El libro de una vida
Mallarmé decía que se vive una vida solo para terminar en un libro. Ese libro en Cabrera Infante puede que sea Tres Tristes Tigres, pero durante décadas sus lectores estuvieron a la espera de una obra cumbre, siempre anunciada y siempre pospuesta. Cuerpos divinos era una especie de mito, una eterna referencia en las entrevistas al escritor y un desfile de excusas para justificar su demora en darlo a la imprenta. Esa demora siempre alimentó la esperanza de encontrar allí la solución literaria a la reticencia del autor por incluir la política como parte de su narrativa, al tiempo de verse imposibilitado de prescindir de ella.
Para amparar esa esperanza, resultaba significativo que la narración Delito por bailar el chachachá —uno de los cuentos de Cabrera Infante donde está más presente la política— se anunciara en una época el primer capítulo o prólogo de Cuerpos divinos (después Cabrera Infante se encargó de negarlo). Entre las contadas referencias dadas por el escritor sobre esta “novela” (palabra que siempre rechazaba emplear para referirse a sus obras mayores), estaban que la narración transcurría entre fechas muy precisas: el 13 de marzo de 1957 y una semana de octubre de 1962. El fracaso del asalto al palacio presidencial convierte al movimiento insurreccional de Castro en la fuerza decisiva para el derrocamiento de Batista y la culminación de la  Crisis de Octubre garantiza la supervivencia del régimen con respecto a la amenaza de Estados Unidos.
Este trabajo aparece en la edición de Cubencuentro del viernes 27 de abril de 2012. La segunda parte de este artículo aparecerá próximamente.

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