domingo, 8 de abril de 2012

Reivindicación del burócrata


El burócrata es culpable de gran parte de los males que afectan a la economía cubana, según Raúl Castro. La burocracia limita que la “actualización” del supuesto modelo socialista cubano avance con mayor prontitud. Eso es lo que se desprende de los pocos discursos del gobernante, pero sobre todo de la prensa oficial de la isla. Pero cabe preguntarse cuánto beneficia al país, e incluso al propio régimen ⎯más allá de tener a mano un socorrido chivo expiatorio⎯ esta apelación constante a un culpable que, en última instancia, ni siquiera existe como tal.
La famosa lucha contra el burocratismo es un cuento de décadas en Cuba. Incluso mereció una película en 1966. Un recurso muy conveniente en manos de Fidel Castro, que siempre estableció una dualidad deforme a la hora de abordar el asunto: mientras que para alcanzar cualquier cargo público ⎯incluso el de cuidador del farol de la esquina⎯ se exigían una serie de requisitos políticos, a la hora de juzgar al funcionario éste aparecía como un extraño sujeto ajeno al aparato político. La figura de servidor público, lo que es en realidad un burócrata, no existía en la isla ⎯y parece que aún no han llegado a la comprensión de este concepto⎯ y todo se limitaba a mencionar al “compañero” cuando estaba en buenas y al “burócrata” cuando le tocaba la mala.
Este tratamiento resultaba esencial en Fidel Castro, por su afán de gobernar desde el caos, pero ahora que Raúl lleva unos cuantos años ya al mando, poco se ha hecho para revertir el problema, aunque en principio el ideal del actual mandatario es establecer un sistema eficiente de control y mando.
El problema para Raúl es que tanto el limitado sector privado como el amplio sector de economía estatal están en manos de personas que conspiran contra esa eficiencia por razones de supervivencia. La fragilidad de un aparente socialismo de mercado radica en que su sector privado, si bien en parte está regulado por el mercado, en igual o mayor medida obedece a un control burocrático. Por su parte, este control burocrático lleva a cabo muchas de sus decisiones a partir de factores extraeconómicos: políticos e ideológicos principalmente, en el caso de Cuba.
Una solución parcial a este dilema sería aumentar el papel del mercado y concederle mayor espacio a las actividades legales, de forma legal y dejando la vía abierta a la competencia y la iniciativa individual. Sólo que entonces, el éxito en el mercado tendría un valor superior a la burocracia. Esto es lo que algunos temen en la isla y otros ansían. En la lucha entre estas dos fuerzas se decide en gran parte el futuro del país.
Sin embargo, uno de los errores del régimen cubano es no admitir de forma amplia y pública la renuncia al ideal político a la hora de administrar el país, y devolver al concepto de burocracia la acepción que le daba Max Weber, al considerar que en los estados modernos existen dos tipos de funcionarios: los administrativos y los políticos. El funcionario burocrático debe desempeñar sus tareas de manera imparcial, mientras que el dirigente político debe tomar partido y mostrarse apasionado.
Una "rutinización" de la política convierte a las resoluciones de gobierno, en lo que se refiere a la mayor parte de los asuntos de administración nacional, en decisiones de rutina administrativa, que se llevan a cabo de acuerdo a patrones establecidos, los cuales cumple un funcionario de forma burocrática, y que son fundamentalmente ajenos a las demandas de la acción política. De esta forma, un político se reduce a un administrador que gobierna con honradez un país, un estado o una ciudad, y que se limita a cumplir con eficiencia un horario normal de trabajo y luego se retira a la tranquilidad del hogar como un ciudadano cualquiera. En la vida diaria, el protagonismo político pierde grandeza, se transforma en actividad cotidiana. farsa de feria pero no por ello deja de implicar una acción desafortunada.
Nada más lejos de ese ideal que la actual situación cubana y la forma en que Raúl Castro dirige su gabinete. El caudillismo mesiánico de Fidel Castro ha sido sustituido por el compadraje.
Si Hannah Arendt se refería a la banalización del mal, en el sentido de que quienes enviaron a morir a millones de judíos no fueron entes diabólicos de existencia única sino simples funcionarios, también podemos hablar de una banalidad del poder, que se da a menudo en quien tiene un cargo y lo desempeña de forma autoritaria e inescrupulosa, sometiendo a quienes le rodean a un pequeño reino del terror.
El caudillismo constituyó uno de los fundamentos ideológicos del régimen de Fidel Castro y de la actitud "militante y combativa" exigida a sus ciudadanos. Con Raúl este caudillismo se ha transformado parcialmente en la mentalidad de patrono inmisericorde, que rige la conducta de los tantos que desempeñan puestos administrativos en instancias gubernamentales y empresas. Pero en todos los casos, del control de un país a la gerencia de una fritería, el poder aún se ejerce de forma caprichosa y personal. El barniz autoritario, que busca sustituir el totalitarismo y permite ciertos espacios de mayor libertad económica, no puede desprenderse de la irracionalidad que impide gobernar de forma imparcial. No es que en Cuba existan muchos burócratas ⎯como lo dijo Fidel y lo repite Raúl⎯, sino que el país carece de ellos. No se trata de una cuestión retórica ni de un aspecto sociológico. Es una prueba más de la ignorancia de quienes gobiernan la isla.

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