lunes, 21 de mayo de 2012

El otro Castro

Si usted viaja a San Francisco y menciona el apellido Castro a uno de los residentes del área, lo más probable es que su interlocutor, si no es cubano, no asocie el nombre con Fidel Castro, ni Raúl Castro y mucho menos Mariela Castro.
El distrito Castro, al que por lo general se le conoce simplemente como The Castro, es un vecindario en el valle Eureka, en San Francisco, California, donde vive la mayor concentración de gays en Estados Unidos. Se le reconoce además como uno de los símbolos del movimiento LGTB, que agrupa a lesbianas, gays, bisexuales y así como lugar de celebración de eventos y punto ideal para entrevistas y el lanzamiento de noticias y planes de activismo homosexual.
Aquí el nombre Castro no tiene nada que ver con Cuba ni su gobierno actual, sino con José Castro (1808-1860), una de las tantas figuras singulares de la historia de cualquier país, en este caso dos naciones y si hubiera sido por Castro quizá hasta tres.
Castro nació en Monterrey y en su juventud su ideal era lograr un status de semi independencia para Alta California. Después de varios y arrestos y triunfos políticos y militares contra el gobierno mexicano de Alta California, y de derrocar a más de un gobernador, terminó dirigiendo a los californianos en su lucha contra las tropas estadounidenses. Tuvo que marchar a México, residió en Sinaloa y luego volvió a California. Terminó regresando a México y fue nombrado gobernador y comandante militar de Baja California. Nunca renunció a su ciudadanía mexicana y a sus grados militares. Siendo gobernador de Baja California, fue asesinado por un bandido en 1848.
El vecindario que ahora lleva su nombre surgió en 1887, cuando el ferrocarril unió al valle de Eureka con el centro de San Francisco. La zona siempre mantuvo un cierto aire “marginal”, extranjero más bien. Primero se le conoció como “La Pequeña Escandinavia”, por la presencia de inmigrantes suizos, noruegos, daneses y finlandeses y luego, hasta mediados de la década de 1960, fue un barrio de obreros irlandeses.
Fue durante la Segunda Guerra Mundial que las fuerzas armadas norteamericanas situaron a miles de homosexuales en San Francisco, tras darle la baja de servicio debido a sus preferencias sexuales. Muchos se asentaron en Castro, y así comenzó la llegada de los gays al distrito y sus vecindarios.
En la actualidad, la zona no es solo el lugar de asentamiento de una comunidad, sino un centro de actividades y lugar de conmemoración. Todo un conjunto de eventos se celebran en este barrio, donde incluso existe un parque en que se recuerda a los homosexuales víctimas de la represión nazi.
Es por ello que el viaje de Mariela Castro a San Francisco adquiere una importancia especial, que trasciende al congreso de LASA. Ya se ha anunciado que se reunirá con grupos LGTB de esta ciudad y el aspecto “académico” de la visita quedara opacado por la labor de propaganda.
No hay que negar la importancia del trabajo de la hija del gobernante cubano en favor de los derechos de los homosexuales. Sólo que esta labor no puede verse aislada, y en este sentido hay también dudas ⎯decir sospechas quizá sea demasiado partidista⎯ sobre su desempeño.
El primero tiene que ver con esa duplicidad de la que Mariela Castro no puede desprenderse, y que le llega como herencia familiar. No se trata de echarle a los hijos la culpa de los padres, pero en la persecución a los homosexuales en Cuba hay tanta culpa del gobierno cubano, el mismo que se mantiene en el poder, que no puede limpiarse con un rostro agradable y una labor meritoria pero limitada.
El cambio de actitud del régimen de La Habana hacia los homosexuales, que precede en gran medida a la labor de Mariela Castro, fue un paso de avance, pero no una rectificación de errores. Más bien una tergiversación de errores. Con echar para atrás una política establecida por el centro de poder, mediante el otorgamiento de cargos, viajes y premios literarios a un grupo de homosexuales perseguidos fundamentalmente durante el mal llamado “quinquenio gris”, se quiso equiparar a la represión y la censura con un problema temporal de rechazo a una tendencia sexual. La política de closet abierto mantuvo cerrada la puerta al debate sobre otros actos represivos, y convirtió a la condena de la represión pasada en una excusa para no hablar de la represión presente.
A esto se une que siempre es sospechosa ⎯aquí sí cabe esta palabra, porque se refiere a la tarea emprendida por un régimen⎯ la actitud de un victimario, cuando se convierte en un proveedor de refugio para las víctimas. A veces las comparaciones históricas resultan odiosas y desproporcionadas, pero no deja de saltar a la mente que el papel de Mariela es similar al de una supuesta hija de Hitler repartiendo cemento y ladrillo, y un poco de pintura, para reparar sinagogas.
Por último, y para no hacer la lista muy larga, uno de los problemas fundamentales con Mariela Castro es que trata de ser y no ser, a la vez, la hija de papá. Y la cuestión es que de papá, y del tío, desde hace años está harto el pueblo cubano. Esa mentalidad de gobernar el país como una hacienda ⎯compararlo con una dinastía es un insulto a la Historia⎯ desde hace rato debió haber cedido el paso. La directora del CENESEX debería comprender que ella no puede pretender ser la solución de un problema cuando todavía forma parte del mismo. Y es en el punto de independencia donde radica su posición más cómoda, pero también más vulnerable.
No es exigirle a Mariela Castro que sea una hija rebelde. Es más bien, creer que debe ser algo independiente. En ni siquiera intentar esto anula todo valor que pudiera otorgársele, más allá de una labor limitada y una exhibición por momentos exagerada.
El problema del exilio es que no trata de enfrentar la avalancha propagandística del régimen de La Habana, de la que forma parte el viajes de Mariela Castro, con una respuesta que vaya más allá de un acto de censura: patalear por un otorgamiento de visa. A diferencia de lo que está ocurriendo en Cuba, donde por ejemplo el Observatorio Cubano de los Derechos LGBT (OBCUD LGBT), organización independiente, denunció la represión a la que han sometido a varios de sus miembros en el marco de la V Jornada contra la Homofobia, organizado por el CENESEX, en Miami se adopta la política del avestruz: si no se puede impedir que la hija de Raúl Castro venga, reducir todo el problema a la lipidia y el pataleo.
Hay un hecho significativo en la reunión de LASA de este año.  Mientras en ocasiones anteriores han participado en el evento académicos, investigadores y escritores representantes de la diáspora, en su sentido más amplio, ahora este grupo ha quedado reducido a unos pocos. Es decir, el grupo de investigadores procedentes de la Isla, junto a otro que viene de la academia norteamericana ⎯y está formado fundamentalmente por estudiosos de origen cubano, pero nacidos en este país o traídos aquí a edad muy temprana⎯ domina la reunión. Esto obedece en buena medida a mayores facilidades en el otorgamiento de visas bajo la administración demócrata, pero no deja de ser un dato preocupante que esa cuña que formaban los investigadores exiliados se reduzca. Que La Habana esté ganando terreno en el campo de la propaganda, sino en el ideológico, no deja de causar preocupación. El mensaje que trae Mariela Castro es fácil de imaginar: estamos haciendo lo posible para que los homosexuales sean felices en Cuba. Pero por favor, devuélvanos a los Cinco. Como siempre repite un discurso rayado, no es de esperar audacia alguna, como decir que los espías, también luchaban en Miami contra la homofobia.
Una versión más amplia de este post forma parte de un artículo que hoy publica Cubaencuentro.

Bouguereau, sociedad y erotismo

La obra de William-Adolphe Bouguereau recorre con facilidad y simpleza dos mundos afines y contradictorios: la pintura de la segundad m...